Nick Srnicek y Alex Williams, 
Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo
Barcelona, Malpaso, 2017, 336 pp.
Traducción de Adriana Santoveña.


Nick Srnicek y Alex Williams afirman que la izquierda debe recuperar el futuro, la dimensión temporal colonizada por ella desde su constitución como fuerza política en el siglo XIX. Lograrlo, sin embargo, supone construir una hegemonía alternativa a la neoliberal. Ésta, a su vez, se enseñoreó demoliendo el consenso intelectual en torno al keynesianismo incapaz de ofrecer respuestas prácticas a la estanflación (estancamiento con inflación) de la década de los setenta. Pero esto no ocurrió de un día para otro, los neoliberales desplegaron su proyecto 30 años antes de asaltar el poder. Ello requirió gran talento, una cuidadosa estrategia, la optimización de las oportunidades y una idea de futuro, idea que abandonaría la izquierda con las grandes derrotas que cerraron el siglo xx.

Inventar el futuro. Poscapitalismo y un mundo sin trabajo (Malpaso, 2017) analiza muy bien el proceso que condujo a convertir en sentido común los postulados neoliberales, esto es, la formación de una hegemonía intelectual —después política— a partir de la constitución de un consenso sobre la verdad de aquéllos mediante la alquimia que transforma la ideología en ciencia. Lo que comenzó en París en la antesala de la Segunda Guerra Mundial como un coloquio para analizar las razones de la crisis del liberalismo clásico y la amenaza del colectivismo, continuó con el rechazo del estatismo comunista y socialdemócrata que enajenaba la libertad de acuerdo con Hayek, siguió con la conformación de una red intelectual (Mont Pelerin) encabezada por el economista austríaco, hasta filtrar lentamente hacia la academia, los medios y los centros de decisión a partir de la posguerra. Esto fue posible porque el neoliberalismo capturó los medios (empresarial, político, académico, educativo, etcétera) para conseguir presencia pública, porque verbalizó las aspiraciones de mejora de distintos grupos sociales (no únicamente expresó los intereses de las élites) y porque adoptó una lógica universalista que reverberó en la conciencia de la gente común. De esta manera, hoy en día “el neoliberalismo constituye nuestro sentido común colectivo, por lo que nos convierte en sus sujetos, creamos en él o no” (p. 97).

Mientras el socialismo del Este entraba en su fase terminal, el neoliberalismo en Occidente lograba su mayor victoria al doblegar a los sindicatos industriales y cambiar radicalmente la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo en favor del primero. El triunfo fue tan contundente, y los peldaños de la escalera neoliberal tan hábilmente colocados desde décadas atrás, que la exploración de rutas alternativas prácticamente quedó clausurada. Más que una teorización “el fin de la historia” era un diagnóstico del presente, de la historicidad reducida al transcurrir del tiempo y a la repetición, castrada de la posibilidad de ofrecer futuros distintos, incluso de concebirlos.

Frente a la derrota la izquierda se atrincheró en los viejos reductos participando en las batallas múltiples y fragmentarias contra la globalización. Más heroica que eficaz, logró cuando más oponer alguna resistencia al despliegue de aquélla, pero sin alterar el curso de la modernización, concepto que también logró capturar el neoliberalismo al punto que ésta es impensable sin sus premisas. Srnicek y Williams llaman a esta conducta reactiva de la izquierda “política folk”. Le reconocen sus méritos, pero constatan su manifiesta incapacidad de modificar el statu quo, de recuperar el universalismo que tuvo por mucho tiempo la izquierda y de configurar una estrategia global que posibilite una contrahegemonía. Poco ayudan a ésta los presupuestos de la política folk de acuerdo con los cuales “lo pequeño es lo bello, lo local es ético, lo simple es mejor, la permanencia es opresiva, el progreso ha terminado” (p. 71). Menos aún si consideramos que “el capitalismo es un universal que se expande de manera agresiva y los esfuerzos por segregar un espacio respecto de aquél están destinados al fracaso” (p. 101). No queda entonces más que oponer una estrategia global a una hegemonía (neoliberal) y a un sistema (capitalista) también globales.

Marcuse consideró el fin de las utopías dado que la tecnología podía hacer realidad las más osadas fantasías. Srnicek y Williams asumen una perspectiva similar en cuanto a la tecnología pero extraen una conclusión distinta: la tecnología es la precondición de un utopismo renovado. Para que sea viable, el proyecto de la izquierda en el nuevo milenio habría de asirse en tendencias concretas de la realidad —como la “utopística”, de Wallerstein, o las “utopías reales”, de Ollin Wright— a fin de “constituir una economía en la que la gente ya no dependa del trabajo remunerado para sobrevivir” (p. 253), esto es, la abolición del trabajo asalariado adelantada por el comunismo y el anarquismo. Ello sería posible con la plena automatización de la economía por lo que la izquierda, en lugar de demandar la conservación de puestos de trabajo inútiles bien podría ahondar en el empleo de máquinas que ahorren esfuerzo a la mano de obra. La segunda demanda es la reducción de la semana laboral (desde hace dos años se implantó la jornada laboral de seis horas en Suecia, lo cual muestra que se puede trabajar menos tiempo sin reducir la producción). La tercera un ingreso básico universal independientemente que se trate de un trabajador en activo o de un desempleado. La cuarta consiste en menoscabar la ética del trabajo, no para vivir del sudor ajeno, sino para disponer todos por igual del tiempo y dinero suficientes que nos permitan disfrutar de la libertad sintética que es la suma de los derechos con los medios que permiten su ejercicio efectivo.

Pero ¿cómo hacerlo? El problema cardinal de la política de izquierda a lo largo de 200 años (la persuasión de Fourier, los revolucionarios profesionales de Lenin, etcétera). Inventar el futuro propone una estrategia contrahegemónica que se mueva en tres planos y tenga un pivote. Los planos son posicionarse en los medios de manera tal que se pueda configurar un nuevo sentido común, revivir la imaginación social utópica y reorientar las infraestructuras tecnológicas y hegemónicas en sentido favorable a las mayorías. El pivote lo constituiría “un movimiento populista de masas” (p. 223), diverso y con amplia base social, que daría unidad a las demandas sectoriales englobándolas en reivindicaciones universalizables. No sabemos si lograremos eso, lo que sí sabemos es que todos los sistemas sociales son históricos y, en consecuencia, no durarán para siempre. En consecuencia, concluyen Srnicek y Williams, “nuestra tarea hoy en día es inventar lo que está por venir” (p. 264).

 

Carlos Illades

 

Un comentario en “Inventar el futuro

  1. Interesante visión que engloba estos procesos sociales. Busco explicaciones que me ayuden a entender como el hombre es el lobo del hombre para crear hegemonías universales y de ahí el dominio sobre los demás. Gracias