Todo el mundo tiene una tía inolvidable. A mí la fortuna me dio varias. De la última nos despedimos hace poco. Se llamaba Maicha. Y fue sin duda excepción entre excepcionales. Ella, sola, era cientos en una. Y siempre daban ganas de besarla.

Sin duda en los años recientes, cuando ir de visita a sus ojos era hurgar en ellos en busca de la chispa inteligente con que solía ver hacia donde mirara. La fue perdiendo en aras de la desmemoria. ¿Se acordará de mí?, nos preguntábamos. Y quién sabía. A veces sí y a veces no. Luego nunca. Y pasaban los años sobre la pena de sus hijos, y la de los otros que empezamos a extrañarla mucho antes de que se fuera, en definitiva, a la luna y sus alrededores.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Ella siempre tuvo un pie en la luna. Quizás por eso mi madre, que era tan de la tierra, decía de pronto, a propósito de mi voluntad fantasiosa: “cómo te pareces a tu tía Maicha”. Yo eso lo vivía igual que un elogio, pero ahora creo que también era una pregunta. “¿Por qué saliste tan amiguera? ¿De dónde te viene la destreza con que te acercas a los otros, como si los conocieras de siempre? ¿A dónde vas a estas horas y tan de prisa? ¿Por qué no te has dormido?”. Y luego su respuesta: “Cómo te pareces a tu tía Maicha”.

Un pie en la luna tuvo ella siempre, como yo, pero aquí estuvo más que nadie, mirándonos, asida a la vida porque, a pesar de su fe desmedida en las cosas del otro mundo y en el cielo de sus muertos, quería seguir entre sus vivos. Por eso no murió de pronto, fue poco a poco perdiéndose camino a la madrugada, a donde siempre le gustó que el día la alcanzara porque era más amiga de la noche y los desvelos privados que del día yéndosele como un suspiro. Tuvo diez hijos y un marido bondadoso. Pero demandante. Un marido que me enseñó a decir la Salve antes de que alguien me enseñara el Ave María.

Nos llevaba al colegio a mí y a sus primeros cuatro hijos, en la camioneta de su papelería. Y mientras hacíamos el camino entre el barrio de Santiago y el de San Francisco repetíamos con él los raros versos de esa oración. Cosas como: …a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Raras cosas para ser memorizadas por los niños. Yo tenía cuatro años y me sonaban bien todas esas palabras incomprensibles que hasta la fecha repito cuando no entiendo nada: …vida dulzura y esperanza nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos… Es un ensalmo que alcanza para todo. Yo lo digo pensando en la naturaleza, ellos en la virgen María. Cada quien se ayuda como puede. Y ella sobrevivió a muchos prodigios, pero también al peor de los abismos. Perdió a dos hijas. Una audaz e inapelable, la otra inapelable y audaz.

A partir de entonces empezó a apuntar los nombres de sus nietos cada vez que los veía. “Yo a ti te conozco, ¿cómo te llamas?”. Tenía una libreta con la que iba a todas partes y en la que buscaba si ya los había escrito con su estilosa caligrafía de piquitos.

Toda ella estaba tocada, como su letra, por la gracia. Qué más querría yo que habérmele parecido en tanto. A veces no sobran los adjetivos. Era bonita, generosa, alegre, incólume. Cierto, también era indecisa. Y tenía esto, que a tantos nos disgusta tener, se juzgaba de más. Le hubiera gustado ser perfecta. Y vivía en eso. Tenía una fe como de niña y una vocación de libertad y madurez que no siempre pudo hacer suya. “¿Tía no te querrías volver a casar?”. “Sí, mi´ja, pero ¿con quién?”.

Estaba tan guapa cuando esto me respondió. Debía tener sesenta y algo, el pelo azulado, los ojos como de capulín, la nariz juguetona de una diosa. Y un deseo enorme de que la vida le durara para siempre. Guerreó hasta cerca de los cien. Y aún ahora, aunque sea en nuestra cabeza, se niega a irse de la fiesta.

De niña su padre la llamó María Encajes, porque era capaz de conseguir lo que mejor se lo ocurriera, tras haberlo pedido con una naturalidad sólo propia de quien se sabe bien amada. Fue la primera de cinco hermanos. María Luisa, como su mamá, una mujer de ojos color agua marina que sin duda la quiso igual que a todos, pero que en su inocente franqueza escribió, en sus memorias, algo inconcebible. Tras haber ido contando las dichas de su viaje de bodas, llega a un repentino dolor de cabeza, a una consulta al médico y a decir: “entonces tuve la desgracia de enterarme de que estaba embarazada de mi hija Maichita”. La tía nunca dijo que eso la hubiera turbado, pero sus hijas declaran que un rasgo de inseguridad persigue desde entonces a toda su prole. 

Lo que sí se sabe es que fue la fascinación de su papá. Y que una noche él, que había estudiado medicina en Chicago, a donde lo mandaron a hacer la carrera y lavar platos por ahí de 1914, se disfrazó de Santaclós. Nadie sabía en Puebla de semejante invento y los niños no tenían idea de su existencia sino hasta que su padre se puso una panza de almohadas y unas botas que usaba para ir de cacería y entró a la sala de la casa dando grandes pasos y carcajadas teatrales. Sus hermanos corrieron a esconderse tras los sillones. María Encajes, con su falda plisada y su suéter rojo, cruzó la estancia y se paró frente al desconocido extendiendo la mano: “Muy buenas noches señor Don Santaclós”, dijo con la sonrisa que tantos amores le consiguió. Porque Maicha era bien amada por muchos. Lo sabíamos de siempre pero, por si nos faltara comprobarlo, el día de su funeral, murió después de casi todos sus contemporáneos, el gentío era de todas las edades, porque en todas puso ella unas gotas de la ensoñación con que vivía.

Una de sus nietas empezó la ceremonia cantándole Muñequita linda, después hubo misa y luego más cantos. Y tantas conversaciones como cuantos acudimos a honrarla.

Estoy segura de que ella le hubiera gustado lo que hicieron sus hijos cuando tuvieron la generosidad de abrazar y abrazarnos en medio del rumor, a veces alegre, de quienes nos encontramos ahí, gracias a ella. Muchos no nos habíamos visto en años, quizás no volvamos a vernos, porque vivimos lejos, porque no nos da el tiempo, porque hasta se nos había olvidado que existíamos. Y ahí, donde ella estaba quieta, en su caja de madera, con su larga decisión tomada al fin por la inclemente madre naturaleza, hubo, en medio de la tristeza, una especie de fiesta.

Mi tía Maicha. Me acerco dócil al afán de recordarla. No sé con cuál quedarme. He dicho ya que era inquieta y leal, que fue valiente. Digo que tuvo diez hijos y que no sé cómo hizo, porque ahora con dos no nos da el tiempo. Digo que tendré siempre en la memoria la Navidad en que horneó un pavo durante nueve horas, mojándolo a cada tanto con la coquetería de un cucharón plateado. Y que toda la vida he usado el perfume que ella me regaló esa noche. Digo que no la olvidaré, parada frente al atril en que pintaba un horizonte, con un pincel en la boca y otro en la mano, mientras los niños dábamos vueltas a su alrededor y ella ponía su pie en la luna para librarse del bullicio. Digo que, ya mayor, bajaba las escaleras hacia atrás para que no le dolieran las rodillas y que ahora he empezado a pensar que eso habré de copiárselo dentro de no mucho tiempo. Digo que evoco su entereza decidiendo qué hacer frente a un acantilado. Digo que su hija Adriana me ha mandado una foto en que la veo montada en un caballo, a los ochenta y cinco años, mirando a quien la mira con una serenidad envidiable y contagiosa. La serenidad es un trofeo difícil. Ella, con tanto ardor encima, con tantos pidiéndole tanto al mismo tiempo, con la mente en el cielo, en la tierra y en todo lugar, con el arduo quehacer de quien va perdiendo la memoria y lo sabe como nadie, alcanzó a tenerla en la mirada. Una visión de la serenidad. ¿Qué mejor legado pudo dejarnos Maicha?

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

3 comentarios en “La misericordiosa serenidad

  1. Qué emotivo homenaje a una mujer, que sin duda, era merecedora de él. Y la suerte de tener una sobrina que tan magistralmente nos la presentado.
    Un abrazo grande, querida Ángeles.