La prosa es la continuación de la poesía por otros medios. Lo decía Joseph Brodsky pensando en los ensayos de Marina Tsvietáieva pero no se quedaba en su ejemplo. La prosa es, históricamente, derivación del canto poético. En el principio fue la poesía. La maestra, la fuente de todas las literaturas. Habría que advertir que, en asuntos de arte, el disidente ruso no era un demócrata. Miraba los otros géneros por debajo del hombro. En el trono de las letras se sentaba, sin competencia alguna, el poeta. Debajo de él, los novelistas, los dramaturgos, los cuentistas. La poesía no es un entretenimiento, dijo alguna vez. No es siquiera un arte. “La poesía es nuestra finalidad como especie. Si lo que nos distingue del resto del reino animal es el habla, entonces la poesía como la forma superior del habla es nuestra diferencia genética”. No había forma de equiparar el genio de la poesía con los prosaicos oficios de la novela. Y, sin embargo, bien sabía Brodsky que cuando el poeta incursionaba en la prosa podía elevarla hasta sus alturas.

¿Qué le enseña la poesía al ensayo?, preguntaba Brodsky. El poeta tiene una báscula que nadie más tiene. Sólo él sabe que cada palabra tiene un peso único, que cada sílaba tiene una voz irrepetible. El poeta le ordena también al prosista omitir lo obvio y cuidarse de los peligros de la grandilocuencia. Lo invita siempre a rendir tributo a la música. El oído es el órgano de la escritura. Brodsky tenía claro que el trato no era recíproco. La prosa muy poco tiene que enseñarle a los poetas. Tal vez un buen novelista puede invitarnos a prestar atención al lenguaje común, a registrar las palabras de la calle. Pero en realidad la lección auténtica está en otro lado. Un poeta puede sacar más provecho escuchando un cuarteto de Haydn que leyendo Dostoievski.


Ilustración: Adrián Pérez

En su celebración de Marina Tsvietáieva, Brodsky examinaba esas relaciones entre poesía y prosa. Al disponerse a escribir un ensayo, la poeta servía al mismo amo de los versos. En sus memorias y en sus reflexiones, en sus apuntes literarios y en sus crónicas de la revolución se entregaba al lenguaje poético como lo hacía en sus poemas. Se sometía gustosa al dictado de la melodía. La cadencia del canto rige el ensayo cuando es un poeta quien escribe. De ahí proviene su tecnología ensayística. Más que en una narración fluida y clara; antes que una exposición imaginativa y comprensible, su prosa es tono. “El timbre de su voz era tan trágico que aseguraba una sensación de ascenso, independientemente de lo que durara el sonido. Ese carácter trágico no era exactamente un producto de su experiencia vital; existía antes de ella. Su experiencia coincidió simplemente con él, reaccionó ante él como un eco”. El brillo del ensayo no está en la idea bien pulida, está en la hondura del timbre.

La poesía ordena descartar lo superfluo. Una palabra que sobra es una palabra que ensucia. Anhelando el silencio, el poeta prescinde de todo —menos de lo esencial. El sonido de tu nombre, dice Tsvietáieva en un poema, es una piedra arrojada a un lago silencioso. En esa precisión económica escucha Brodsky el llanto naciente de la poesía. Al cortar el cordón, el llanto primordial. La sabiduría trágica del primer instante. Es en ese momento cuando “comienza el predominio del sonido sobre la realidad, de la esencia sobre la existencia, es el origen de la conciencia trágica”. El poeta no es un diestro ordenador de palabras. Su arte consiste en conquistar para la expresión, la mayor gravedad que pueden alcanzar las palabras. Al mismo tiempo es lo contrario: la emancipación de la tiranía del peso, negación de la masa del lenguaje: la evaporación de un yunque. En el ensayo del poeta, la flotante tonelada.

Fluir pero también retumbar. ¿Hacia dónde? Hacia cualquier lado. Lecturas, cacharros, historia, muerte. No importa el tema. Lo que cuenta para el poeta es tocar el límite. Nada puede quedar a la mitad. Alcanzar la nota más alta, acceder a la idea más plena. La poesía anima al paso siguiente, al escalón ulterior: llevar todo a la plenitud expresable. La admiración de Brodsky, de nuevo: “Ni en su poesía ni en su prosa hay algo que quede colgando en el aire, no hay nada que deje una sensación de ambivalencia”. Al poeta no le interesa nada a medias.

La poesía puede ser, en última instancia, látigo. “Mientras más se lee poesía, menos tolerante se vuelve uno a cualquier tipo de verbosidad, sea en el discurso político o filosófico, en historia, estudios sociales, o en el arte de la ficción. El buen estilo en prosa es siempre esclavo de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. Hija del epitafio y el epigrama, concebida como un atajo para cualquier tema, la poesía es la gran disciplinaria de la prosa. Le enseña no solamente el valor de cada palabra sino también los patrones de la especie, las alternativas a la composición lineal, el sabor de omitir lo evidente, el énfasis en el detalle, la técnica del anticlímax. Sobre todo, la poesía desarrolla en la prosa un apetito metafísico que distingue la obra de arte de las belles lettres”.

No le bastaba a Brodsky el elogio de su estirpe. Sentía necesidad de remarcar el contraste: “Habrá que admitir que la prosa ha resultado un alumno bastante flojo”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *