La trayectoria como narrador excepcional de Vladimiro Rivas Iturralde quedó sellada con la aparición de Visita íntima. Sus relatos, bien calibrados, transportan a un mundo inmediatamente cautivador y complejo y se afanan en entender la decepción, el desamor, el desengaño, las ilusiones inútiles. Practicante de la narración larga, lo que los anglosajones llaman el short story (en oposición al tale), el autor prepara un libro de relatos más cortos y electrizantes. El siguiente texto inédito es un intento por crear una cinta de Mœbius narrativa.

Extraña conjunción de un viaje en tren con un film checo y un niño prisionero del vagón restaurante. Budapest-Bratislava. Sólo examinando un mapa de la región podré recordar que Komárom es el pueblo húngaro fronterizo con su gemelo eslovaco Komarno. El paso de un pueblo al otro al caer la noche supuso un cambio de estilo, acaso más imaginario que real, en el sistema ferroviario de ambos países. Entrar a la húmeda y neblinosa Eslovaquia despertó en mí el feliz recuerdo de un film checo, con sus grises estaciones, tercos guardagujas, señales de linterna en la densa niebla y acompasados silbidos del tren. Apoyado en la ventanilla abierta a la noche de otoño, recibía ese aire frío en la cara y escuchaba con emoción el traqueteo de las bielas, el rechinar de fierros en las curvas, y aguardaba en la estación próxima al testarudo guardagujas que nos recibiría con su ya cinematográfica linterna. Nunca, en ningún tren europeo, tanta lealtad a la memoria, a un film. Podía adivinar, en esa oscuridad, los Malé Karpaty a la derecha, los campos cultivados a orillas del Danubio.

Fui a buscar algo de comer. Tambaleándome en los vagones sucesivos, di por fin con el restaurante, en la cola del tren. No había sino dos comensales checos bebiendo cerveza. Era tarde ya, porque la gorda camarera sólo pudo ofrecerme una salchicha, un pan y una cerveza. Vi a un niño sentado a la mesa del fondo, adonde la mujer se había retirado luego de atenderme. Se puso a tejer mientras el pequeño, que no tendría seis años, armaba con visible aburrimiento un modesto rompecabezas cien veces armado y desarmado. Harto de aquel juego, se dirigió a una mesa vecina, tomó tres vasos idénticos y se dio a la tarea imposible de colocar uno dentro de otro como esas cajas chinescas. Algo le decía ocasionalmente la madre en impenetrable checo. Volvía el niño a su rompecabezas. Ponía las piezas al revés, se sentaba en la silla opuesta, contemplaba sin asombro el resultado por enésima vez y regresaba a los vasos idénticos. La noche se rasgó de pronto al paso vertiginoso de un tren que corría en sentido contrario por la vía paralela. Me quedé mirando aquello con asombro y constaté al mismo tiempo que el niño parecía no haberlo advertido. Le era indiferente. La madre tejía, y el hijo mataba el tiempo, inclinada la cabeza sobre su mano. Era la dueña del restaurante y su hijo vivía con ella en el tren, al menos mientras fuera menor para la escuela.

Porque una vez mayor, mochila al hombro, se dirigía el niño a la escuela entre los sembradíos de coles y remolachas y las industrias vinícolas de la región. Su casa estaba apenas a unos doscientos metros de la vieja escuela de paredes grises que sobrevivieron a la guerra. Era su primer día clase, y la mañana, luminosa y cálida, pese a que ya corría septiembre. Los viejos rieles atravesaban el camino entre su casa y la escuela. Anduvo en equilibrio unos cuantos metros sobre una de las líneas. Abría los brazos como alas de mariposa para no caerse de esa línea bordeada de hierba rala que había crecido entre los rieles. El paso del tren se había clausurado en este villorrio donde las legumbres cosechadas, la cebada y la uva se transportaban en camiones hacia la estación de aquella fábrica distante pero visible, adonde también tenía que trasladarse la gente para tomar el tren o recibir a los pasajeros que llegaban. Anduvo perezosamente otros pasos de regreso por la línea paralela y de repente se fue corriendo hacia la escuela.

En el aula fue descubriendo el carnaval de las letras y los números. Sentado en uno de los últimos pupitres, interrumpió bruscamente su escritura, porque advirtió que sus compañeros la habían interrumpido. Pasmados de repente, las cabezas atentas, pestañeando apenas, se consultaban con las miradas. Se aproximaba un ruido familiar. Familiar, sí, pero los había paralizado. Se oyó el cada vez más cercano silbido del tren, que corría a toda velocidad. Vio que los demás consultaban a la maestra con  miradas tan insistentes que la obligaron a ceder. Se levantaron de sus asientos y dejando sus útiles como estaban salieron en estampida hacia el camino que conducía a la estación. Él se quedó sentado, sin comprender, hasta que la curiosidad y una orden de la maestra lo hicieron salir. Fue con ellos. Todos corrían por donde él había venido dos horas antes. Ni una palabra entre ellos, no se podía perder tiempo. Volaban por los aires los largos y urgentes silbidos del tren, el traqueteo de las bielas, el rechinar de fierros. El niño corrió como sus compañeros para seguirlos, para saber qué, por qué esa incomprensible alegría. Los niños se detuvieron junto a los rieles. Vieron pasar aquel prodigio de hierro a toda velocidad, pitando y traqueteando frente a sus ojos maravillados, y entonces el niño comprendió que ignoraba el paso del tren porque había vivido en sus entrañas, porque cien veces lo había visto cruzarse a toda velocidad con aquel que lo encerraba en su vientre, otras cien lo había visto llegar a las estaciones y partir de nuevo, y que la vida le había privado de ese asombro, ese misterio y esa magia, esa otra vida.

A las nueve de la mañana, en un pueblo vinícola cerca de Brno, una algazara de niños salió a recibir al tren en que yo viajaba.

 

Vladimiro Rivas Iturralde
Escritor y profesor-investigador de la UAM-Azcapotzalco. Es autor, entre otros, de: Visita íntima, Música para nadie y El amante y el artefacto soviético (de próxima distribución).