“En las laderas del monte Egon en Kenia, el guardia Winter tuvo que matar a finales de 1964 a tres animales de una manada de treinta machos, hembras y elefantes jóvenes para evitar su proliferación. Cuando se produjeron los disparos letales, se desató el infierno entre los supervivientes. Agitaron sus macizos cuerpos, barritaron y gritaron terriblemente. Luego intentaron levantar del suelo a sus compañeros muertos”. El guardia Winter escribe, literalmente: “Los animales, enloquecidos, empujaban con enorme fuerza los cadáveres. Encajaban los colmillos entre los de los muertos y trataban de levantarlos de esa manera. Esto duró poco más de un cuarto de hora. De repente, una hembra grande galopó hasta uno de los machos muertos, se arrodilló a su lado e introdujo los colmillos bajo su vientre. Luego intentó incorporarse junto con el muerto. Se tensó su cuerpo por el enorme esfuerzo. De repente se produjo un gran estruendo, y su colmillo derecho salió volando en un amplio arco hasta una distancia de diez metros”. (Para ayudar al macho, que era quizá su marido, la elefanta sacrificó uno de sus colmillos.) “Poco después de este suceso, la manada abandonó el lugar haciendo un ruido terrorífico y trituró cuantos árboles encontró en el camino. Pero luego, de pronto, volvieron esos gigantes, barritando y gritando sin parar, y de nuevo trataron de levantar a sus compañeros muertos. Tres veces repitieron sus trabajosos intentos. Por último, el líder de la manada adoptó una pose mayestática y soltó varias señales sonoras, como si quisiera hablar con las víctimas. Al no lograr nada, barritó con fuerza, y la manada se retiró definitivamente”.

Fuente: Elias Canetti, El libro contra la muerte (traducción de Juan José del Solar y Adan Kovacsis), Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017.