7 nov. 1939. Tripulo un enorme toro. Ni lo cabalgo en paseo dominical, ni tampoco es el toro negro del destino imposible. Por el tamaño me parece que voy en un hipopótamo, pero más veloz, un enorme toro, hinchado, pero no en el ensanchamiento pasajero, sino en infladura que va a durar tranquilamente muchos años. Mi cuerpo impulsado hacia los cuernos, por la impulsión frenética del animal, se asoma al abismo un tanto frío, pues las rocas parecen grandes y geométricos trozos de hielo. Doy un salto en el momento en que el toro hinchado se precipita, y yo no sólo me aseguro en el terreno frío pero firme, sino que contemplo con frialdad el lento descenso del animal. Ya tiene todo el cuerpo sumergido en el agua y la boca desesperada busca una ventana para el aire y se va acomodando, haciendo su suerte más posible. Yo arriba, frío y contemplativo.

Ahora el toro empieza a rodearse de su propia sangre, el pobre animal ya acepta los hechos. De vez en cuando me asomo, y me horroriza el que yo también podría precipitarme… Se va reduciendo, a un punto de sangre vivicísimo, que queda como un ojo, testigo o eternidad bestial.

Es esto todo lo que he podido recoger de mi último sueño, que me horrorizó con una frialdad que es una de las formas más acusadoras de lo terrible.

Fuente: José Lezama Lima, Diarios. 1939-49 / 1956-58 (compilación y notas de Ciro Bianchi Ross), Ediciones Era, México, 1994.