Nunca sueño que tiembla. Sueño que tengo nueve años y un raspón en la rodilla. Cosas así. Sueño que tuve la piel plateada y que subo una escalera de múltiples tramos breves que termina en un puerta abierta a no sé dónde. Nunca he llegado al final, pero hay luz al fondo.

Sueño que nadie se ha muerto. Y que somos un mundo de gente, cantando, no sé por qué, un himno que habla de la selva y el mar. Sueño que tengo veinte años y que rescato a mi madre de un diluvio. Será porque la noche anterior tuve que tapiar las puertas con periódicos para detener el agua que iba entrando sin tregua a instalarse en la sala.


Ilustración: Gonzalo Tassier

Nunca sueño que tiembla. Tuve epilepsia. Sé que los sueños sirven para indagar. Sueño con un chal. Me lo compré en el lago de Como, en donde nunca he estado. Mi papá tenía allá un amigo y su amigo un velero y una novia. Su amigo murió en la guerra a la que no debió ir, como no debió ir nadie. Y antes de volver a México mi papá encontró en Génova a la novia. Emilia, se llamaba. Estaba trabajando para una naviera de los americanos. Había sido muy rica. Por eso hablaba inglés. Creo que en Italia sólo siendo muy rico alguien hablaba inglés en los primeros cuarenta. Emilia era hija de quien fue dueño de una naviera. Le avisó a mi papá que el Liberty Ship en el que viajaría de regreso a México era de fondo plano. Y a eso atribuyó, su amigo, el que todos, la tripulación y los pasajeros, anduvieran mareándose la primera semana del viaje. No sabemos qué pasó en las otras semanas del trayecto porque del diario sólo quedaron nueve días. Sueño con el lago de Como. El lago en que sucede Los novios, la novela de Alessandro Manzoni. El lago de Stendhal, de Liszt, de Verdi, de Leonardo Da Vinci y quizás de la Mona Lisa. Fuera del sueño, mi amiga Elena fue quien me compró el chal. También fuera del sueño terminó la pesadilla en que se perdió su hijo. De la que ha vuelto con la sonrisa que nunca tuvimos al pensarlo y una fortaleza para el perdón y la intemperie que asombra y ennoblece a quienes lo abrazamos. 

No sueño que tiembla. Sueño otras barbaridades. Soñé hace días con una gallina y un pollo perseguidos por los guardias de la patrulla fronteriza. Adivinar por qué los persiguen. Sólo yo sé que los persiguen, porque los dos, con todo y plumas, están sentados, muy tranquilos, tomando un café con leche, riéndose. No sé cómo se ríen los pollos, pero puedo jurar que están riéndose. Y en la mesa de atrás están los de la patrulla, vestidos como los narcos de la película El infierno y hablando de sus cosas. Damián Alcázar está oyendo la amenaza del capo más fiero. Y se le ve afligido, pero yo, que entonces me descubro en la gallina, oigo la conversación y sé que no han de matarlo porque eso pasó en la película, hará como siete años, y hace poco él estaba en un festival de cine en San Miguel Allende y entró a ver la de mi hija. Lo que me puso muy contenta cuando no era gallina y también durante el sueño. Yo, con mi cresta pequeña y rudimentaria, yo blanca, común y corriente, iba a decirle que no se preocupara por las amenazas, pero ¿qué haría una gallina hablando de amenazas? Además se acabó el sueño y desperté al temblor que hay en mi casa. Un temblor que se ha ido volviendo sereno.

Mis hijos tuvieron que refugiarse en esta casa que los creció porque las suyas se averiaron con el temblor. La hija trajo con ella su desolación del momento y el futuro al que correría después. El hijo llegó con la valiente de su mujer y con sus hijos, dos niños de nueve meses que tienen la casa tomada por la ilusión de saberlos desentendidos de todo menos de sus pequeñas vicisitudes: los dientes brotándoles, las horas del sol, de las manzanas, del baño, la perrita, los cantos de quien se ofrezca a pasearlos cuando lloran. Y un modo de reírse que los adultos sólo recuperamos a veces. A su casa le cayó una parte del edificio que se colapsó a sus espaldas. Su madre acababa de ensayar la salida con la alarma sísmica del simulacro. La segunda no sonó, pero ella al primer movimiento levantó a sus bebés del tapete en que jugaban y corrió por las escaleras que se movían como un carrusel enardecido. A medio camino encontró a quien comparte con ella los cuidados de la dupla. Gloria le quitó de los brazos a uno de los dos niños mientras se oía sonar el edificio de junto y los pedazos de ladrillo caer sobre las ventanas de su cocina y su estancia, rompiéndolos al tiempo que a las puertas. La perrita no quería salir. Fue a esconderse a un rincón y ellas tuvieron que dejarla detrás y escapar al aire del Parque México y la consternación que lo tenía tomado. ¿Quién va a soñar con esto? En cuanto la tierra dejó de moverse Greta volvió a la casa en pos de la bien llamada Sofía. Al poco llegó Mateo y entró a buscar las cosas esenciales. Luego todos caminaron desde la desolación de los alrededores hasta cruzar a Tacubaya en donde todo estaba tan incólume que un grupo de albañiles seguía trabajando, como si nada, en la construcción de una casa vecina.

Con el temblor del otro 19, el de 1985, tampoco sueño. Pero las imágenes de aquel desamparo sí regresan de pronto. Hoy no las voy recordar. Espanto de mi memoria su espanto. Para quienes hoy penan, no es consuelo saber que entonces todo fue peor.

Sueño en cambio que la casa de Avenida México se levanta en vilo y sale volando rumbo a Puebla. Cae bajo los volcanes. Se está poniendo el sol. Al mismo tiempo, sus cuatro habitantes aparecen sentados en el sillón de mi recámara, viendo jugar a Messi. Luego regresan los volcanes y se apaga la tele. Ya sabemos que los sueños son raros.  

Sueño también que el departamento de Catalina se ilumina por dentro y endereza el edificio. Al mismo tiempo, por este sueño cruza la realidad que es otro sueño y Catalina puede sacar su ropa y dos sillas del lugar ya inhabitable en que vivía.

No sueño con hormigas. Ellas han aparecido entre la ropa porque han sido las únicas cuyo rumbo no se alteró. El lugar en que mi hija puso los restos de su naufragio y la cama de su adolescencia llevaba un tiempo convertido en el paso hacia el jardín. ¿Qué iban a hacer las hormigas más que seguir en la necia de pasar por ahí? No fueron ellas quienes corrieron a Catalina, sino el correr de Catalina lo que la libró de ellas. Mi hija siempre está yéndose y ahora volvió a Los Ángeles como el pollo, pero sin la gallina.

No sueño que tiembla. He tenido que hacer dos mudanzas, he acompañado cinco. Y oigo el temblor de los otros. A Conchita se le cayó el librero que había sobre la cama en que hacía diez minutos estaba leyendo. Por fortuna le dio por salir a comprar unas tortillas y gracias a eso anda viva, conversadora e incólume. Su casa, por lo pronto, está metida en cajas. A Lola sí he tenido que soñarla, porque no sé cómo hacer para enmendar su preocupación. Y tengo más, mucho más que contar del temblor. La iglesia de Husquechula perdió las torres y la bóveda. Por fortuna no era domingo, así que no perdió un solo feligrés. La mamá de Rosita vive en San Pedro Teutila Cuicatlán, su pueblo está aislado, le cayeron encima los montes y el río. Nadie puede pasar, ni para un lado ni para otro. Les va llegando ayuda por un tambo atado a una cuerda que columpian de un lado a otro del río. Todo lo que oigo es más grave de lo que cuento. Por eso no sueño que tiembla. Oigo el temblor. Y me estremezco. Como todos ustedes. Y como cada quien.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

4 comentarios en “Nunca sueño que tiembla

  1. Como siempre un placer entrar en la lectura de sus narraciones, que lo van envolviendo a uno hasta quedar por completo atrapada en su imaginario ! Muchas gracias.

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