Epaminondas Remundakis desembarcó en la isla de Spinalonga en 1936. Iba a pasar allí los siguientes 20 años. Spinalonga, en el golfo de Mirambello, en Creta, es un pequeño islote, un peñón en el que se confinaba a los leprosos griegos desde 1904. Llegó a haber alrededor de 500, viviendo en lo que quedaba de las casas abandonadas por una antigua colonia turco-cretense.

La lepra ha inspirado siempre miedo. Los prejuicios se acumulan en estratos de siglos, empezando por la idea de que sea un castigo divino, que se transmite de una generación a otra. A la repulsión física que inspiran las deformidades, los cuerpos destruidos, se ha sumado casi siempre una repulsión moral. El hecho de que no hubiese cura contribuía al aislamiento de los leprosos: estaban condenados, sin remedio. Y por eso durante siglos se pensó que para que desapareciese la enfermedad había que hacer desaparecer los enfermos. En Grecia se decidió deportarlos a lugares remotos, aislados, como la isla de Spinalonga. El diagnóstico significaba una condena a cadena perpetua, sin remisión.


Ilustración: Estelí Meza

En el caso de Remundakis, los primeros síntomas aparecieron cuando tenía 10 años: unas pequeñas manchas sonrosadas en los antebrazos. A partir de entonces vivió presa del terror: “El niño despreocupado que era yo, envejeció de golpe, y desaparecieron la risa espontánea, la alegría de vivir”. Mientras pudo, disimuló los síntomas, y siguió estudiando, comenzó la carrera de derecho. La simple acusación de cualquiera bastaba para poner al sospechoso bajo custodia de la policía y de las autoridades sanitarias: el leproso no tenía ya ningún derecho, dejaba de existir para los vivos. Incluso se borraba su nombre del registro civil. Llegaron la denuncia, el arresto, los exámenes y la deportación.

En Spinalonga faltaba casi todo. Buena parte del año faltaba agua potable. No había medicamentos para las enfermedades más sencillas. No había más que un médico en el islote para atender a 300 o 400 enfermos, y era además el administrador del leprosario. No había teléfono.

En los primeros años los leprosos se habían rebelado contra las condiciones en que se les obligaba a vivir, contra la crueldad innecesaria de los guardias. Hubo más de un motín, un guardia asesinado. Epaminondas se encontró con una población absolutamente desmoralizada, abatida, que se dejaba morir sin esperar nada. Y decidió organizar a los enfermos, pelear por otra vida. Con 160 de ellos creó la Hermandad de Enfermos de Spinalonga, San Pantaleón. Exigieron materiales para encalar las casas, para retirar la basura, para que el peñón dejase de ser una ruina pestilente. Y exigieron después aplanar las calles, porque muchos de los enfermos estaban ya ciegos, y les resultaba muy penoso caminar aunque fuese unos pocos pasos.

Algunos médicos griegos sugirieron entonces que la lepra seguramente provocaba lesiones en el cerebro que distorsionan la capacidad para razonar de manera sensata, y que a eso se debían las constantes protestas de los leprosos de Spinalonga.

El estigma moral, confundido con el estigma físico, condiciona la manera de mirar la enfermedad. La idea de que se transmitiese por herencia no era un descubrimiento científico, sino una derivación de la fantasía de la maldición bíblica que pasa de padres a hijos. Por eso se pide, son médicos quienes lo piden, a mediados del siglo XX, que se esterilice a los leprosos. Una mezcla de las ideas del pecado, la culpa, el castigo divino, la herencia, lleva a una extraña asociación entre la lepra y la sexualidad. El miedo a los leprosos, a la descendencia de los leprosos, inspiró la idea de que están poseídos de un apetito sexual inagotable, bestial —que justifica tenerlos aislados.

El 18 de enero de 1948 llegaron a la isla las primeras dosis de Diasona, el primer medicamento eficaz contra la lepra, que detiene el desarrollo de la enfermedad y neutraliza el bacilo de Hansen. Es decir, que hace imposible el contagio. En seis meses había 230 reclusos de Spinalonga “limpios” de lepra. La expectativa de verse en libertad los obligó a enfrentarse al hecho de que después de años, décadas de encierro, no tenían ningún modo de ganarse la vida. Necesitaban ayuda. Pero había algo más: no existía un procedimiento administrativo para autorizar la salida de los leprosos, porque nadie había imaginado que pudieran salir.

El 23 de septiembre de 1955 el parlamento griego anuló las leyes que sometían a los leprosos a la autoridad de la policía. Pasarían todavía dos años más para organizar el traslado de los reclusos de Spinalonga. En el recuento final se descubrió que había dos decenas de gentes encerradas por error, que nunca habían padecido de lepra. Los prejuicios eran más difíciles de desarraigar. Muchas familias pidieron a los enfermos que no volviesen. Estaba prohibido para ellos cualquier trabajo que tuviese que ver con alimentación o vestido.

Poco después se decidió cambiar el nombre de la isla, que se rebautizó como Kalydon. Epaminondas Remundakis murió por un fallo cardiaco el 24 de enero de 1978.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.