El primero de noviembre de 1755 un gran terremoto destruyó la ciudad de Lisboa y mató entre sesenta y cien mil personas. La escala de la destrucción llevó a Voltaire a cuestionar el optimismo ingenuo de filósofos como Leibniz y poetas como Pope. Escribió un famoso poema en el que se lamentaba: “¡Oh infelices mortales! ¡Oh tierra deplorable! ¡Oh espantoso conjunto de todos los mortales!, ¡De inútiles dolores la eterna conversación! Filósofos engañados que gritan: ‘Todo está bien’, Vengan y contemplen estas ruinas espantosas! Esos restos, esos despojos, esas cenizas desdichadas, Esas mujeres, esos niños, uno sobre otro, apilados, Debajo de esos mármoles rotos, esos miembros diseminados”.


Ilustración: Belén García Monroy

A unas cuadras de mi casa está el edificio de Ámsterdam y Laredo. En la contraesquina se encuentra una pizzería. Ahí fueron rescatados cuerpos y sobrevivientes de los escombros. Un mundo transformado. De ese mismo edificio fue rescatada una tortuga por los voluntarios. Difícil no concordar con el pesimismo de Voltaire. En las calles contiguas a la mía están mis afectos, todos tocados por el sismo. Sin embargo, la tortuga, un bicho empolvado, era muestra de que no todo estaba mal en la sociedad mexicana. Como el reptil, esa sociedad a menudo sólo deja ver su duro caparazón y esconde la cabeza y las patas. Sin embargo, en ese aniversario de la otra tragedia el animal volvió a desenterrarse y a mostrar su resistencia y solidaridad frente a la adversidad. Algo de eso debió pensar Rousseau cuando leyó con descreimiento el poema de Voltaire. Si los filósofos optimistas eran ingenuos, el autor de Cándido se había pasado al extremo opuesto. Le escribió una difícil carta, antes de su rompimiento definitivo, en la que le exponía sus objeciones al poema del terremoto de Lisboa. Voltaire nunca respondió: no tomó bien la crítica.

Miro a la tortuga polvosa en la palma de mano de un brigadista, con el cuello extendido al mundo y pienso en la objeción de Rousseau. “Recarga tanto el cuadro”, se quejaba el ginebrino, “de nuestras miserias que agrava su impresión y, en lugar del consuelo que esperaba, sólo consigue usted angustiarme… No se engañe usted: resulta  todo lo contrario de lo que pretende. Ese optimismo que tan cruel le parece, me consuela sin embargo hasta en los dolores que usted pinta como insufribles”. La poesía de Pope aliviaba los males de Rousseau y lo conducía a la paciencia. Los males son producto de la naturaleza, decía Leibniz.

“Usted”, objetaba  Rosseau, “habría querido —¡y quién no!— que el terremoto hubiera tenido lugar en lo más recóndito de un desierto antes que Lisboa. ¿Puede dudarse de que no los haya también en los desiertos? Pero de ésos no hablamos porque no causan ningún daño a los señores de las ciudades, únicos hombres que tenemos en cuenta: incluso poco mal causan a las bestias y a los salvajes que, dispersos, habitan esos remotos lugares y no temen ni el desplome de los techos ni que se les abrasen las casas; pero ¿qué significaría semejante privilegio? ¿No sería tanto como decir que el orden del mundo debe cambiar a nuestro antojo, que la naturaleza debe someterse a nuestras leyes y que, para prohibir un terremoto en cualquier lugar, no tenemos más que construir en él una ciudad?”.

Hemos tapado el sol con un dedo al creer que porque desecamos el lago, el lago ha desaparecido. Es un milagro que no hayamos expedido un bando solemne, como la Constitución de la Ciudad de México, que prohibiera terminantemente los terremotos. Pienso eso al mirar infinidad de vidrios rotos en las fachadas de los edificios, del mío propio. En los días siguientes al temblor se advertía por doquier un éxodo de esa colonia que por años había sido el epítome de lo hipster. Si Rousseau se paseara por las calles de la Condesa el 20 de septiembre de 2017 habría dicho: “¡Se los dije!”. En efecto, a Voltaire le espetó: “convendrá usted en que la naturaleza no había reunido ahí veinte mil casas de seis a siete pisos, y en que, si los habitantes de esa gran ciudad hubiesen estado distribuidos por igual y alojados más livianamente, el daño habría sido mucho menor y hasta puede que nulo. Todo el mundo habría huido a la primera sacudida y al día siguiente se los habría visto a veinte leguas de ahí tan contentos como si nada hubiese ocurrido”.

 Tal vez Rousseau tenga razón: nos lo buscamos tercamente. Sin embargo, nuestro mundo está constituido de manera imperfecta, a veces sobre los cimientos del absurdo. Ese barrio que ha sido otra vez golpeado por la naturaleza es la mezcla de lo racional y lo irracional, de lo nuevo y lo viejo. De lo que somos y de lo que fuimos. Pienso esto caminando por la avenida Ámsterdam. Me detengo frente al restaurante Rojo Bistrot y pienso en todos los anhelos que están aquí: en estas calles, en estos edificios, los indemnes y los dañados. Y, como Rousseau, encuentro esperanza en el poema de T.S. Eliot: No cesaremos en la exploración / Y el fin de todas nuestras búsquedas / Será llegar a donde comenzamos, / Conocer el lugar por vez primera. [Versión de JEP.]

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.