Veo por enésima vez en la televisión Los hijos de Don Venancio; la sensiblera y entrañable película dirigida y actuada por Joaquín Pardavé. Un migrante asturiano, viudo, tiene que lidiar con las vocaciones y caprichos de sus hijos: uno desea ser futbolista, el otro compositor y poeta, la más pequeña sueña con las estrellas del cine y la mayor se fuga con un novio holgazán. Sólo el hijo ingeniero parece tener los pies sobre la tierra. Todos los elementos del melodrama se encuentran presentes y desde la primera vez que la vi supe que además de una buena vacuna contra la xenofobia, la “vibra” anímica oscilaba entre la sonrisa y el pañuelo. Ahora me doy cuenta que el hilo conductor es la dolorosa tensión entre la modernidad (de entonces) y la tradición (de entonces). Filmada en 1944, todos (o por lo menos la inmensa mayoría) los que en ella aparecen han muerto. Y sin embargo, no sólo sus sombras, sus imágenes, sino aquella historia y sus encrucijadas me acompañan. Enciendo el televisor, y ¡pum!, me encuentro instalado en otra época, otras modas, otros usos y costumbres, otro lenguaje e incluso otra sensibilidad, que siendo previas a mí, forman parte de mis recuerdos y de alguna manera me acompañan.


Ilustración: Jonathan Rosas

Los que han desaparecido siguen presentes. De la misma forma que los hombres primitivos eran acompañados por los relatos de los más viejos de la tribu o nuestros bisabuelos o tatarabuelos se maravillaron con el entonces descubrimiento de la fotografía, que sirvió para construir un arcoíris de recuerdos, así nosotros, rodeados de toda la parafernalia tecnológica forjamos todos los días nuestro repertorio de memorias. En nuestro pasado, es decir, en nuestro presente, están las experiencias y creaciones de otros. La película, la melodía, el libro, de todos aquellos que pueden estar muertos, pero que siguen en nuestra existencia.

Por supuesto el olvido hace también su tarea. Se trata de un sumidero por el que fluye y desaparecen mil y un recuerdos. Es una trituradora eficiente y al final, repito a Milan Kundera, el olvido siempre será más fuerte que la memoria. Pero mientras estemos vivos, los recuerdos nos crean y recrean.

Vivimos con nuestro pasado a cuestas. Somos ese pasado. Él nos conforma y modela. Nos conduce. Se nutre de todo: de una representación teatral reciente lo mismo que de un añejo partido de futbol, de una cinta de Pardavé o de una colorida marcha sindical. Todo puede convertirse en recuerdo y por ello en pasado significativo: una mujer esperando el camión bajo la lluvia, una atrapada magistral del Diablo Montoya en el extinto parque del Seguro Social o doce mil policías entrando a Ciudad Universitaria para romper una huelga. En el recuerdo las jerarquías son anárquicas: un libro entrañable resulta más vivo e interesante que la expedición más exótica.

 Existen, como dicen los boleros, recuerdos imborrables, los episodios a los que ofrecemos un significado especial o que resultan cruciales para explicar nuestra existencia: las amistades con las que hemos compartido proyectos, descalabros y hasta desgracias; las buenas, malas y/o tensas relaciones familiares o amorosas. Todo lo que está en la memoria como fruto del ayer y no ha sido borrado ni por el tiempo, ni por la inercia, ni por su carácter anodino, es lo que nos hace ser lo que somos. Quizá por ello la enfermedad más terrible sea el Alzheimer: la pérdida de la memoria y de la identidad. Escuché a un médico decir que ese flagelo consistía en que el cuerpo seguía vivo mientras uno estaba muerto.

Los miles de jóvenes que se lanzaron a las calles después del terremoto para auxiliar en las labores de rescate, en la preparación de alimentos, en la administración de los albergues; los que tendieron la mano a un vecino, transportaron herramientas, se organizaron para llevar agua o alimentos a los lugares más remotos; los que donaron sangre, hicieron largas hileras para agilizar el traslado de provisiones; los que alzaron el puño para demandar silencio mientras acompañaban las labores de rescate, los que ayudaron a los heridos o a los sin techo; todos ellos han construido una página de su pasado que los acompañará, para bien, en el futuro.

Un buen número de jilgueros hablan ya del despertar de un nuevo México, que esos comportamientos anuncian una era de movilización y participación ciudadana, una “buena vibra” expansiva y contagiosa. Hablan y escriben como si conocieran el futuro. Ojalá así fuera y que lo que hemos observado sea un anuncio del porvenir. Pero creo que hemos estado frente a una nueva construcción de pasado. Lo que hemos visto será en el recuerdo una serie de estampas cargadas de cálido significado. La solidaridad sustituyendo por unos días a la mecánica individualista, la ayuda en lugar del egoísmo. Y eso no es poco.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

Un comentario en “Construyendo el pasado

  1. Tiene razón. Los mexicanos no despertamos del pasado, siempre ha sido mejor, que vivir el presente, en todos los ordenes de la vida… nos energetizamos viviendo el pasado… y por ello nunca construimos el presente, y por supuesto, ni cuando el futuro nos alcanza.

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