A Enrique Jaime, que ya no podrá leerlo

Oigamos una voz juvenil, haciéndonos un cuento que se mantiene cándido y cálido a través de los años: “Ésta fue la relación que una vez me hizo mi amigo Ernesto y yo la publico hoy, seguro de que no disgustará a las simpáticas lectoras ni a los bondadosos lectores de El Ensayo”. Así concluye el primer cuento que publicó Rubén Darío. Hasta donde sabemos es su único texto firmado con pseudónimo (“Jaime Jil”); el autor tenía 14 o 15 años. Ya se arriesgaba a enlazar narradores en cascada. Estaba destinado a ser un clásico de nuestra lengua.

¿Rubén Darío cuentista? Sí, no sólo poeta sino cronista, ensayista, memorialista y autor de ficción, notablemente de una centena de cuentos que ejercieron gran influencia en la modernización del género corto en español. Darío mismo, en su momento, compartió la Historia de mis libros (1909); imaginemos que esta breve crónica es la “Historia de uno más de sus libros”. Pues este nuevo título, Rubén Darío: Retrato del poeta como joven cuentista, FCE (Tierra Firme), 2016,1 no es una antología más de un sector de la obra dariana. Responde a una inquietud íntima y solitaria que ahora busca a los lectores: el primer éxito editorial y cultural de Darío fue Azul… (1888 y 1890). Hay una escritura en español antes de Azul… y otra después. Es un joven Moisés partiendo las aguas de nuestras literaturas. Una de las peculiaridades de Azul… es tratarse de un volumen compuesto: 14 “cuentos en prosa” (como él los rubrica) seguidos de una sección más breve que deberemos llamar “poemas en verso”, concluyendo, como apéndice, con 34 valiosas notas proporcionadas por el joven autor. El librito empieza no por los poemas sino con los cuentos. Valiente arranque. Son 14. Pero había más… de hecho otros 15 publicados en órganos nicaragüenses, guatemaltecos y chilenos. Es decir, tanto en los poemas como en los cuentos el escritor ejerció una intensa selección de qué presentar en Azul… Enuncio mi inquietud: ¿son deleznables los 15 relatos que descartó? Entre los 14 incluidos hay varias joyitas que siguen enorgulleciendo a nuestra lengua, culminando con el ejercicio naturalista a la Zola que corre el riesgo de ser el primer (o uno de los primeros) short story en español con todas las de la ley, según el modelo de Poe, Hawthorne y aun Chéjov. Me propuse allegarme ediciones decorosas de los 15 eliminados y leerlos en secuencia, como si el autor hubiese gozado en vida de ávidos editores que le publicaran su obra en marcha sin contratiempos ni obstáculos. Cosa por supuesto muy ajena a la realidad: después de Azul… Darío no dejó de escribir y publicar cuentos en la prensa; y nunca se reunieron en libros (¡son casi 100!). Fue así que me inventé, impregnado lo más posible de ambiente parisino, que era su modelo como prosista, un libro con esas 15 ficciones primerizas. Invito al lector a que comparta mi esfuerzo de despojarnos de prejuicios: ni examinarlos por encima del rabillo como novatadas ni hacerles el pésimo favor de un entusiasmo que se exacerbe en suponerlos “obras maestras”.


Ilustración: Ricardo Figueroa

Estamos ante una ocasión espléndida, imaginemos que Darío hubiese llevado una vida ordenada y sedentaria, que realmente hubiera contado con un secretario (y quizás una viuda) que en su edad final le hubiera auxiliado a guardar en limpio los borradores y todos sus materiales, como pide o anhela Ezra Pound. En silencio, aventurémonos en su estudio, sin descorrer por completo las cortinas, pues la demasiada luz suele ser cruel; mantengamos la penumbra donde sigue murmurando la voz del maestro. Con el consentimiento de la viuda encendemos la lamparilla de noche, escuchando que podemos abrir un cajón del escritorio. Uno sólo —nos advierte autoritariamente la voz.

Escogí el primero. Surge y regresa, cada vez más legible, el manojo de breves ficciones; volvemos a leerlas como si se renovasen las páginas de los diarios de León de Nicaragua, ciudad de Guatemala, Valparaíso, Santiago de Chile. Conforme avanzamos en la lectura (ahora imaginémonos como aquel periodista impetuoso a quien se ha  concedido media hora para husmear en los anaqueles de Charles Foster Kane), las ficciones —tímidas e impetuosas a la vez— trazan un sólo perfil: el del joven autor. Citizen Kane, James, Pound y Borges pueden guiarnos en la silente lectura gracias a la cual tendremos entre las manos el más nítido retrato del poeta como joven cuentista. Nadie, antes de nosotros, se ha interesado en observarlo con detenimiento. No seamos fetichistas mas tampoco indiferentes. Estamos ante un Ícaro adolescente que quiere volar.

¿Qué joven autor no se proyecta en sus textos? El candor de arreglar cuentas y rabias, pero también ilusiones y pasiones, todo se transparenta en el librito. Los lectores de paladar sutil pronto empiezan a reconocer el bouquet Darío: la marca de autor diseminada en predilecciones y abusos por ciertas cadencias de frase, sustantivos y verbos reiterados; ecos de lecturas veneradas; temas recurrentes como queridos fantasmas de sobremesa. El tiempo ha volado, pero esta vez a nuestro favor; la juventud delinea un rostro particular, que empieza a llamarse, inolvidablemente, Rubén Darío; un joven de ojos penetrantes, melancólicos, por supuesto, insertos en un cráneo firme, el arco de sus cejas delata alguien tenaz que no cederá ante los caprichos de su suerte; que será errática, aventurera sí, porque lo rige la inestabilidad; una rabiosa bondad que repetidamente se estrellará contra las convenciones. Podemos decir, al rezumar las fantasías de sus ficciones, que ama con dolor y es fiel a sus temores.

¡Y un talento y olfato de escritor envidiables! Cuántas veces, ya en estos 15 cuentos, acierta con el punto de vista, eligiendo al personaje central o lateral para narrar, cuántas veces hay ritmo inspirado y timing certero al optar por minuciosidad en tal pasaje o cortar elípticamente en otro. Está naciendo pero es un escritor. En primer lugar porque sabe que lo leerán en las páginas del diario. Darío a diario es un maestro de cómo vincular a su lector. Coloquialidad que es cordialidad que emula el paso de los días.

Comparto algunos ejemplos; ejemplos que como amanuense o secretario post mortem de este volumen me son tan queridos. “Bouquet”. Difícilmente es un cuento. Siete páginas lo contienen (quizás cinco si le quitáramos todo el peso de mis notas). Consumarlo es un reto vencido: narra el joven galán; inventa que ha ido a visitar a la señorita por quien suspira. Ella es maestra de parvulitos, y esta mañana la clase será al aire libre, como los pintores impresionistas de la época (estamos en 1886), pues es clase florida. Irán al parque a la vuelta del jardín de niños (no me queda claro si estamos en León de Nicaragua, por ciertas referencias esenciales, o en el esplendor art-nouveau de Santiago de Chile, donde escribió y publicó el juguete). El cuento es un juego de cajas chinas cada una con su flor adentro. Bueno, no hay cuento: el hilo de la trama es apenas que Stela le pida a su enamorado que explique las flores a los chiquillos. (“¡Sirva usted de algo!”) Él se luce. Cada flor es un pasaje del mínimo relato; un paseo por el jardín entre azucenas, rosas, violetas, lilas, hortensias y un breve etcétera. El impresionismo, cuando es prosa en español, se llama modernismo. Rubén Darío, a través de su galán, empezaba a ser el Monet de nuestra lengua, por decirlo así.

Su lucimiento de erudición es abrumador; claro que sin perder un tono ligerísimo (¿cuántos tuvimos un profesor así en la primaria?). Espero no haberme excedido en mi pasión de anotar el preciosismo de sus lecturas. Tan alto que no comprendo cómo destacados editores previos del relato (Mejía Sánchez y José María Martínez a la cabeza), con muchos más latines y saber clásico enciclopédico que yo, no desnudaron las lecturas del narrador. Por cierto, Darío tenía 19 años. Para presentar la rosa, en gran tono, parafrasea a Aquiles Tacio y a Anacreonte, con tal cualidad de castellano que muchos latinistas que torturan nuestra lengua podrían tomar la lección. Para hablar de la azucena, nuestro escritor se habrá basado en la entonces muy reciente versión del Cantar por parte del erudito don Francisco Rodríguez Marín: “¡Flor santa y antigua! La Biblia está sembrada de azucenas. El Cantar de los cantares tiene su aroma halagador”. Incluso hay pifias que sólo ahora mi lectura exhibe. Como la mayor parte de la gente europea culta de su tiempo, nuestro fabulista supone que “la hortensia lleva el nombre de la hija de aquella pobre emperatriz Josefina”, siendo que en la primavera de 1771 el botanista Philibert Commerson le dio tal nombre en homenaje a Mme. Nicole-Reine Lepaute (el porqué la flor es “hortense” y no “nicole” es delicioso tema de mi amplia nota sobre la cuestión). En suma, volvamos a pensar en términos plásticos de la época: el joven escritor sale muy airoso del ejercicio de pintar un jarrón de coloridas y diversas flores, todas con sus matices, su simbolismo sentimental y su blasón heráldico. Y no, el joven Darío no incurre en excesos de pedantería. Se mueve en su jardín que es biblioteca con la soltura de un connaisseur.

Un aire francés, naturalmente, en esta prosa narrativa; el autor lo sabía y nosotros lo constatamos; su hazaña fue que la alquimia de su escritura asimilara plenamente los nuevos estilos galos. En sus palabras: “los modelos son los cuentos parisienses de Mendès, de Armand Silvestre, de Mezeroy” y Daudet, y Zola para “El fardo”.

Nuestra media hora hurgando el primer cajón del maestro empieza a terminarse. Pasemos a otra página; observemos y anotemos. Por ejemplo, un textito de tan pocas páginas (ahora que están de moda el cuento breve y cortísimo). Es un divertimento bíblico que estoy seguro hubiera enorgullecido la obra madura de sus sucesores Torri, Arreola y Monterroso (todos ellos darianos confesos): “Hebraico” o de cómo volver amenísimas las tediosas listas de productos koscher que el Señor dictó a su vocero, el patriarca Moisés. Rescatemos también el detalle de que Mejía Sánchez propone que para este cuento pasó a apoyarse en otra versión bíblica, la de Scío de San Miguel, adaptándola a su antojo, claro. Saltemos hacia las páginas finales: “La matuschka”, relato de guerra a la rusa pues hay de todo en la viña de este joven señor. El tiempo va dejando atrás sus años verdes, ahora tiene ya 22. Es un relato sentimental al gusto de la época, con el que podemos ser tolerantes o rigurosos. Una especie de La fille du régiment (1840) a la eslava escrito por el delfín del modernismo. Por supuesto que el título emplea doblemente el término: matuschka como “madrecita rusa” y como el souvenir que se empolvan en tantas casas de turistas. Precocidad de Darío: esa artesanía rusa, cuando él publicó su cuento en 1889, todavía no gozaba del éxito kitsch global de nuestros días; de hecho Occidente empezó a conocerla cuando se presentó en la Exposición Universal de París de 1900 (nuestro autor aún no había pisado suelos europeos). ¿Cómo le hace alguien para estar siempre tan adelantado?

Ciertamente no podemos defender la pequeña historia esquemática como gran literatura sobre los horrores de la guerra ni sobre estrategias bélicas ni sobre el sentido de las confrontaciones armadas entre Rusia y Francia. Simplemente es un textito hábil para enhebrar el sentimentalismo de una madrecita protectora (Darío experimentó una infancia de madres y padres sustitutos) con los tópicos de una guerra decimonónica. Con lo que vuelven las sorpresas sobre su precocidad libresca. La guerra y la paz es de apenas 1865-69 (Darío estaba naciendo); muy probablemente la primera edición más o menos completa en español será la de Eusebio Heras para la casa Maucci de Barcelona, en el futuro año de 1902. (Darío vería la segunda edición, la corregida y aumentada, de sus Raros en la misma Maucci, en 1905.) Claro, pensemos siempre en él como lector en francés (mucho más que en inglés o italiano): la primera es la de 1879 (apenas 10 años previa a “La matuschka”), que ostenta la bella leyenda: “La Guerre et la Paix, roman historique traduit, avec l’autorisation de l’auteur, par une Russe” —que muy pronto se supo que era la princesa Irène Ivanovna Paskevitch. Subrayemos que entre la obra maestra rusa y el cuentito no hay escenas ni personajes paralelos directamente relacionables. Sólo la moda y el prestigio de la guerra a la rusa.

Con lo que sí hay paralelismos inquietantes, evidentes, es con una obra de consumo popular: La guerre de la pareja de pluma Erckmann-Chatrian. En ambos casos comparece una vieja protectora, que desahoga su instinto materno preferentemente en los soldados púberes. Y el uso de la voz matuschka usado sobre la madrecita aprovechando la imagen de las muñequitas concéntricas. El folletón tuvo éxito inmediato entre los lectores francófonos; apareció apenas en 1883… seis años antes que el cuento que Darío escribió al final de su etapa chilena. Instalado en Guatemala, él solo le hizo correcciones y cortes pertinentes, volviéndolo a publicar al año siguiente, a sus 23.

Se nos acaba el tiempo, cerrando el legajo demos la voz a la solapa del primer intento de editar los Cuentos completos del autor (1950, FCE): “un nuevo Darío, preocupado por el arte de la ficción en prosa, experimentador, renovador y autocrítico, y siempre, y por encima de todo, ‘poeta lírico incorregible’ […] Darío frecuenta los más diversos caminos de la prosa de su época, y aun abre otros nuevos. La tradición española e hispanoamericana, el cuento exótico, realista o fantasista, las recreaciones arqueológicas de temas y ambientes lejanos, la página autobiográfica, el suceso humorístico, la tradición colonial, la mitología y la hagiografía, lo sonriente y lo macabro, la denuncia social, el misterio y la fantasía hallaron adecuado lugar y expresión en su obra de cuentista”. Seguramente el autor de estas declaraciones es el propio Mejía Sánchez. Honrémoslo en su ausencia, leyendo ahora este nuevo y siempre joven título del gran nicaragüense: Rubén Darío: Retrato del poeta como joven cuentista.

 

Alberto Paredes
Investigador de la FFyL y escritor. Autor, entre otros, de Las voces del relato y Rubén Darío: Retrato del poeta como joven cuentista.


1 Volumen prologado por Alfonso García Morales y preparado (edición, cotejamiento, notas, estudio) por quien firma estas páginas. Ahorro a los lectores de nexos las precisiones y notas, las cuales encontrará en dicho libro.