En uno de los inventarios de 1977, irónicamente titulado “Memorias del subdesarrollo”, José Emilio Pacheco narra, como excepción en este género que le pertenece, pero que no es marcadamente autobiográfico, una experiencia de infancia en unas vacaciones en Lerma, Campeche, en 1951, que significaron para él el descubrimiento del mar y la felicidad, por un lado, y el de la desigualdad y la pobreza, por el otro: “Aspiré el olor salino y yodado. Sentí que mi sangre se llenaba de otro ritmo para el que sólo encontré un nombre felicidad… La primera semana no viví sino para el mar y no me interesó nada que no fuera la playa enfrente de la casa.… Una tarde me decidí a explorar el interior de la aldea. Subí por una calle de piedra que conduce al cerro y me asombré al ver que las casas no eran como la mía… Sentí un vago deseo de volver sobre mis pasos. Sin embargo me pareció importante conocer ese nuevo mundo: la pobreza y seguí cuesta arriba”. En esta experiencia de paraíso y de pobreza, empedrada y cuesta arriba, está la semilla de la tensión que mueve la vida y la obra de José Emilio Pacheco; siempre entre la estética y la ética, entre la poesía y el periodismo, entre lo lírico y lo histórico. Ese niño, que ya escribía a los 11 o 12 años, fue desde entonces y para siempre, José Emilio Pacheco, el mismo que se dedicó con toda su alma a hacer durante 40 años el tipo de textos, llamados inventarios, cuya reunión antológica celebramos hoy. En ellos realizó una proeza: acercó la literatura y su núcleo, la poesía, a la prensa y al público. Inventó y cubrió la fuente de la poesía en Excélsior, primero, y en Proceso, después. Le dio a un libro de poesía, a un poema, a un poeta la atención de una noticia, sin quitarle nada de lo poético ni de su grado de historicidad, independiente que como hecho estético hubiera surgido en el siglo XV, XVII o XX.

En un inventario de 1974 dedicado a la celebración del primer centenario del nacimiento de Chesterton, José Emilio Pacheco consagra un párrafo a rendir homenaje a la gran tarea de periodismo cultural del escritor católico inglés, que yo no puedo dejar de vincular a la incansable y fecunda labor del mexicano: “… fue toda su vida un gran periodista literario”. El periódico le parecía “una escuela de trabajo y humildad” a la que el poeta exquisito no tenía derecho a despreciar desde el silencio de su estudio porque el diario es “la mayor obra publicada anónimamente desde que se erigieron las grandes catedrales cristianas”. En el fondo, no menos cristiano que Chesterton, es José Emilio Pacheco y también, no menos entregado a la labor periodística de la que hizo, sino una catedral, sí como liberal, una universidad popular, a la que asistimos muchos de oyentes y a la que debemos goces y conocimientos, que a veces reconocemos, debido a su calidad homogénea y duradera, como una marca registrada, que habla por sí sola de la madurez alcanzada por nuestra literatura, cifrada en unas iniciales: J.E.P.


Ilustración: Pablo García

En otro inventario que trata fundamentalmente de la prosa de José Martí, José Emilio Pacheco se refiere, esta vez, a la labor periodística civilizatoria y estética de la primera generación de modernistas hispanoamericanos, que pensaban que la lucha por la belleza y en contra de la fealdad era una labor social importantísima: un asunto público de nuestra época. Pacheco cita un pensamiento de Martí que está en la raíz del espíritu que anima Inventario y del que es heredero su autor: “… hace bien a los hombres quien procura hermosear su existencia, de modo que vengan a vivir contentos con estar en sí”. Esto también lo expresa Antonio Machado en las siguientes palabras: “Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas como son; aún más abiertos para verlas otras de lo que son; más abiertos todavía para verlas mejores de lo que son”. También Antonio Machado, con su Juan de Mairena, ejerció el periodismo en publicaciones republicanas y de la guerra civil española, esto lo trata José Emilio Pacheco en otro inventario que celebra los 100 años del nacimiento del poeta español. A la estirpe de poetas y periodistas que como Chesterton, Martí y Machado luchan por embellecer nuestro mundo éticamente, a la de los buenos, pertenece José Emilio Pacheco.

La buena voluntad que nuestro autor puso toda la vida en ser un buen escritor y buen poeta es extraordinaria; dedicación aliada a talento, buen gusto, rigor, honestidad, al trabajo responsable y bien hecho. Ahora que tenemos el privilegio de leer reunidos inventarios escritos entre 1973 a 2014 y la desgracia de ya no poder recibir uno nuevo, nos salta a los ojos el prodigio de su continuidad, de su amenidad, de su excelencia artística continua, además de su unidad de estilo y de propósitos. Antes los inventarios eran notas periodísticas, ahora, en estos tres tomos, pertenecen al mismo libro, como entradas de una obra de consulta aleatoria, a modo de pequeños ensayos, cuentos, escenas de teatro minúsculas que tienen en común la misma pluma informada y legible. Entre los inventarios que a mí me hubiera gustado haber leído, hay uno que quizá Pacheco nunca escribió: su reacción al libro de Bioy Casares, Borges, grueso volumen de conversaciones malévolas que deja, entre otros muchos, a Reyes mal parado. Me imagino, a la luz de esta lectura de Inventario, a José Emilio, que tantas veces escribió sobre la devoción del argentino por el mexicano, adolorido y desilusionado.

Erizo en la moral y zorra en sus opiniones literarias; rígido en su disciplina de escritura; ligero en su estilo y su tono; siempre informado y respetuoso de las autoridades en la materia; nunca profesoral y engolado; es difícil encontrarle a José Emilio Pacheco saltos y heterodoxias, ni una arbitrariedad genial, ni incluso un juicio personal que no haga acopio de opiniones fundadas en el conocimiento de los expertos. Lo sorprendente es que, siempre tan correcto y buena persona, en el transcurso de 40 años, semana a semana, a juzgar por la antología, en el espacio de casi dos mil páginas, nunca sea pesado y rígido sino, al contrario, ágil y divertido, hasta el punto de inventarse ficciones tan extremas como un diálogo de ultratumba entre Gabriela Mistral y Alfonso Reyes o un monólogo de Rousseau, a 200 años de su muerte, donde arremete contra Voltaire desde la Ciudad de México. Ambos inventarios son piezas maestras del género narrativo con sustancia didáctica. En estos y otros textos José Emilio Pacheco hace milagros con el tiempo y la información; se sitúa en muchas épocas simultáneamente, aprovechando aniversarios y efemérides o, incluso, nos acerca a contemporáneos lejanos, descubriéndonos afinida-des profundas, por ejemplo: nos habla de Jorge Manrique, Villon y, de este lado del Atlántico, de Nezahualcóyotl, todos del siglo XV, unidos por el cultivo de la elegía, unos años antes del descubrimiento de América. En el caso de la poesía del rey de Texcoco José Emilio Pacheco se vale de la traducción de su descendiente, Fernando Alva Ixtlilxóchitl, ya poeta mestizo, influida por la lectura de las coplas de Manrique y por las liras de Garcilaso de la Vega.

Estos son el tipo de los rizos entre continentes y épocas que abundan a lo largo de las páginas de esta antología. José Emilio Pacheco es un maestro de los entrecruzamientos significativos basados en obituarios y de las correspondencias literarias e históricas. Para el autor de los inventarios “los centenarios son interactivos. Las grandes obras del pasado no resultan letra muerta sino invenciones en movimiento que se actualizan en el presente perpetuo de la lectura. Al hacerlo nos interrogan y nos obligan a vernos a nosotros mismos”.

En una serie de inventarios muy sólidos e imaginativos, dedicados a Laforgue y a su legión de influidos (Lugones, Herrera y Reissig, Ramón López Velarde, T.S. Eliot, Manuel Machado, Ezra Pound, etcétera.), Pacheco, mencionando a Baudelaire y sus “correspondencias”, compara estrofas de Laforgue y de muchos de sus “discípulos”, al mismo tiempo que nos habla de las influencias como llaves para que salga lo más íntimo y personal de cada poeta en diferentes idiomas y estilos, y no como meras obediencias e imitaciones. También en otro inventario nos descubre correspondencias insospechadas entre Hijos de la ira y Los hombres del alba. Ambas obras, la de Dámaso Alonso y la de Efraín Huerta son de 1944 y en las dos orillas del Atlántico, unen a dos poetas en apariencia muy diferentes en una misma experiencia de época.

Una de las obsesiones de José Emilio Pacheco desde sus primeros a sus últimos inventarios es que la literatura y mucho más la poesía están fechadas, son históricas, que sólo son comprensibles con todos sus matices por sus contemporáneos y dentro de la misma lengua, pero que vale la pena intentar transportarse por los siglos y leer haciendo acopio de datos y de imaginación, traduciéndolas, como forma de intentar detener con palabras el paso del tiempo y de disminuir las diferencias entre los hombres. Otra de sus obsesiones más dolorosas es la distancia entre la valoración de la poesía y de su oficio por parte de sus practicantes y devotos y del resto de su sociedad y la época: “El abismo entre la importancia crucial que daban a su oficio y la indiferencia burlona con que los recibía la sociedad para la que trabajaban (nótese el verbo) llevó a Laforgue y a Corbière a la depresión sin fondo y a la muerte prematura”. Pero al cabo de la serie de tres inventarios dedicados a Laforgue, al compararlo una vez más con el autor de Zozobra, al final de estas tristezas nos dice exaltándolos: “Jules Laforgue y Ramón López Velarde bebieron ‘la copa del espanto’ a orillas del horror que es todo poder. Hoy tanto el káiser como Obregón se han desvanecido en la nada. En cambio los dos poetas siguen con nosotros y nos acompañarán mientras vivamos”.

José Emilio Pacheco a lo largo de muchos años, como muestran estos tres tomos, jamás desfalleció en su tarea y en sus convicciones de escritor, lector y ciudadano y de creer que la literatura puede convertir lo terrible en belleza. Sintió extraordinariamente la fealdad y el horror del poder que perpetúa desigualdad y miseria, lo mismo que el paso del tiempo y el futuro de nada de todas las cosas, pero siempre encontró en la escritura su fuente de cordialidad y cortesía con la que se dio a manos llenas, en fragmentos legibles y sabrosos.

 

Antonio Deltoro
Poeta y ensayista. Ha publicado Poesía reunida (1979-2014), Los árboles que poblarán el Ártico y El gallo y la perla. México en la poesía mexicana.