Haciendo un esfuerzo para perdonarme a mí mismo me referiré a una, según mi opinión, de las características o cualidades mayores —aunque no exclusivas— del ser humano: la curiosidad. Lo haré de manera vaga porque un tema de esta envergadura requeriría más páginas que cualquier discreta enciclopedia. Una persona curiosa es aquella que empujada por su deseo de conocimiento se entromete en terrenos a los que no necesariamente se halla invitada. Incluso creo que el hecho de no estar invitada es precisamente una condición, o más bien un estímulo, para que dicha persona arriesgue las narices en la casa ajena. María Moliner define —en su diccionario por todos conocido— la “curiosidad” como un vicio, y añade que el curioso es quien “está preocupado por enterarse de los asuntos de otros”. Es un chismoso, puesto en palabras algo distintas. ¿A dónde conducirá un vicio semejante? Quisiera pensar que se trata de un vicio benigno y que su cultivo apunta hacia la supervivencia. Me imagino también que un curioso legítimo es alguien que no tiene intenciones de suicidarse porque al hacerlo se perdería de un conocimiento que presiente se halla a la vuelta de la esquina. La curiosidad mató al gato, pero salvó al ser humano. El niño de cinco años que merodea en el relato de Arthur Miller, Ya no te necesito, observa lleno de curiosidad los hábitos de los adultos, esos seres intratables y atados a costumbres que al pequeño le resultan incomprensibles: “¿Por qué las madres dejaban de hablar o cambiaban de tema cada vez que él entraba en una sala? Bajo sus faldas reinaba la oscuridad”. La curiosidad actúa como un sentido más con el que el niño del relato se aproxima al mundo que lo contiene y que es a la vez extensión de sí mismo.


Ilustración: Sergio Bordón

Cuando pensé que ese mínimo entusiasmo requerido por un ser humano para continuar vivo se había extinguido y que, por lo tanto, el hecho de vivir se transformaría en un vía crucis, en un tormento que perduraría hasta la aparición de la muerte, entonces, tímida y encorvada, la curiosidad ha levantado la mano para preguntar: “¿Es en realidad hora de marcharse? Yo todavía tengo trabajo que hacer”. Uno ha preparado sus maletas y ha respirado aliviado ante la perspectiva de abandonar la casa, cuando esa incansable e ingenua inquilina te cierra la puerta y te dice: “Antes de atravesar la última puerta existen otras puertas que debemos abrir”. ¿De qué se trata una pulsión e inclinación semejante? ¿Es un hormigueo filosófico; un enfermizo deseo de saber algo más? Nada detendrá a esta inquilina incómoda que afecta al matemático que no desea morir porque no ha resuelto un problema que ha ocupado casi toda su vida; al escritor que se niega a partir porque no ha encontrado o escrito la obra que presiente inminente; al ser humano que insiste en alargar su vida para ser testigo de los límites a los que puede llegar la impudicia, el dolor, la enfermedad o el deterioro. ¿El morbo es una pasión insana, una curiosidad torcida?: ¿Un vicio que tiene vicios? Frente a estos descaros del alma es imposible no pensar en el Bartleby, de Melville (o en el Melville, de Bartleby) y en su invariable respuesta a la posibilidad de realizar un acto: “preferiría no hacerlo”. Bartleby no deseaba cruzar los márgenes que le imponía una prudencia insólita, un desgano excepcional y una inmovilidad sabia e impenetrable. ¿Y qué tal si lo que busca el curioso no se encuentra en esta vida? Es posible, pero yo sería cauteloso a la hora de hacer una pregunta de esta clase. Apenas la hago pública me han llegado varios folletos de iglesias y religiones desechables que están dispuestos a satisfacer esa tullida curiosidad y a ofrecernos respuestas. Caray, en tales casos lo más sensato es exclamar: “¡Por favor! ¡Que Dios me maldiga!”.

Es posible que en sus aspectos esenciales el conocimiento humano esté fundado, como pensaba Hume, en una especie de fe animal que poco o nada tiene que ver con un orden real, predecible o calculable. J.G. Hamann caminaba por los mismos senderos que Hume cuando ponía en duda la posibilidad de conocer a fondo lo que nos acontece en un mundo en donde el caos y el desorden reinan y tornan nuestra necesidad de conocimiento científico o analítico una especie de pasión inútil. Sólo nos resta esperar que algo de cuya naturaleza no tenemos la menor idea, suceda. Entonces ¿para qué tanto método, imperativo categórico, causalidad o racionalidad si parece evidente que estas son formas o marrullerías lógicas que imponemos a lo “real” para creer que lo comprendemos o dominamos? Los hechos no pueden ser comprendidos más que desde nuestra visión o particular manera de enredarnos con las cosas, le espetaría Hamann a esa señora intrusa y agobiante que denominamos curiosidad. Y no obstante que mi desvanecida persona posee simpatías y lazos con el pensamiento del excéntrico sabio alemán, creo que sin el impulso curioso que arremete a una buena parte de la humanidad yo, al menos, me aburriría tremendamente y mi cuerpo se transformaría en el más grande bostezo del que ustedes hubieran tenido noticia.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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