En su poema “A manera de canción”, William Carlos Williams dejó estas líneas:

Que la culebra aguarde
bajo el yerbal
y la escritura sea
de palabras, lentas rápidas, prontas
al ataque, quietas en la espera,
insomnes.

—por la metáfora reconciliar
gente y piedras.
Componer. (No ideas:
cosas.) ¡Inventa!
Saxífraga es mi flor y abre
rocas.

No ideas but in things, había escrito el poeta entre los paréntesis. No hay ideas más que en las cosas. Sólo en la materia reside la idea. Si no son palpables, si no pueden sujetarse en la mano, si no huelen, si no tienen peso, no son. En la abstracción se disipa la idea, en la materia vive. La poesía es una fábrica de objetos, una máquina que da plomo a la imaginación. Productora de imágenes, comprime la complejidad para darle la simplicidad de una silla. Sólo en las cosas que la poesía inventa hay ideas, dice Williams. Y el ensayo es un cristal roto. Octavio Paz, de quien he tomado la traducción que abre esta nota, celebró los ensayos de ese médico que escribía entre consultas. “Irradiaciones de su poesía”, llama a estos ejercicios que merecen muchos más lectores de los que ha recibido. En su ensayo tanto como en su poesía, las palabras libran una lucha contra la abstracción. Son imágenes, no símbolos. Cuando dice que las palabras son ostiones, llegan al paladar, las olemos. Al abrirlas, sus navajas nos hieren los dedos.


Ilustración: Adrián Pérez

En su escritura no hay barda que separe prosa de verso. Primavera y todo lo demás es un libro que medita sobre la imaginación, una colección de poemas cortos, un juego de tipografías, un manifiesto artístico, una mirada al presente. Poemas intercalados con prosa: improvisaciones. Un abrazo a la vida. Los reportes médicos fueron su mejor lección literaria. Aprovechando los paréntesis de su consultorio, escribiendo en papeles sueltos, daba forma a las palabras que aparecían en su tinta. Los poemas son la puntuación del ensayo. Los ensayos, una reescritura del poema. El flujo espontáneo de sus letras hace de la imaginación el único realismo posible. Escribir no es ver lo que no existe. La obra escapa del plagio cuando inventa, cuando escapa del mundo, cuando crea otra naturaleza. El arte por eso no bautiza: crea. El portento de la imaginación sirve para apreciar el mundo que la realidad apenas insinúa. La imaginación es una fuerza, una energía sobre la naturaleza. No hay retrato. El arte aparece cuando crea un nuevo objeto, dice Williams. A crear o a destruir está llamada la imaginación: si no es arte, lo advierte ese poeta que tradujo Quevedo, sería crimen.

Desde su origen el ensayo se otorga el derecho de girar por capricho. En cualquier momento puede dar un rodeo, perderse. Porque carece de plan, el momento que elija para detenerse será el correcto. El pediatra ve el ensayo como un niño que camina, brinca y corre. ¿Quién habría de reprocharle que se siente donde le da la gana? El arte es invento, es juego, es un baile que no es espejo de la naturaleza sino… No es un reflejo del mundo, es… ¿Qué es? El ensayista no responde. Se detiene, calla. No encuentra la palabra que busca. No descubre la imagen y consigna la bruma. No es esto sino… Es el pasmo de la inteligencia. Si la claridad desfallece a la mitad de la frase, ese es el final de la frase. Es estúpido dilatar la idea muerta solamente para buscarle punto. Pero lo acompaña bien el silencio.

El arte no es, como proclama Hamlet, espejo del mundo. Shakespeare no es reflejo de la naturaleza, es un rival de la naturaleza. Si el ensayo es un espejo roto, es un espejo hecho añicos. En Un ensayo sobre Virginia, William Carlos Williams pinta esos destellos fragmentarios, esa luz quebrada, esa fisura claridosa. El arte del ensayo es un arte irremediablemente dislocado. La unidad del pensamiento, dice ahí, “es el engaño más superficial y más barato en cualquier composición artística. En ningún otro rasgo, insiste, se manifiesta la banalidad de la inteligencia”. Tiene razón: el ingenio del ensayo no se extravía en las vanidades de la coherencia. Su gracia está en otro sitio: en la multiplicidad, en la fractura, en el entrecruzamiento de fuerzas opuestas, en la expresión pasmada. En ese apunte Williams habla de los ríos de Virginia y de los tiempos superpuestos de su historia, de sus pájaros, del higo y del tabaco, del jamón y de los árboles, es decir, del ensayo mismo. “No solamente hay que probar el cristal, el cristal mismo ha de probar su permanencia en su fractura”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.