El odio a la economía informal es un sentimiento de cuidado, que pide una crítica pública severa. El espacio urbano necesita ser regulado, de eso no cabe duda alguna. Es indispensable que haya mecanismos para determinar quiénes pueden vender qué mercancía o servicio, en cuál plaza, calle o banqueta. Es también cierto que si el gobierno no colabora en esta clase de mecanismo regulatorio deja la selección de vendedores enteramente en manos de un libre mercado, que será regulado finalmente por el ejercicio informal de la coerción y la violencia.


Ilustración: Víctor Solís

La existencia de un mercado de trabajo informal regulado informalmente por caciques y golpeadores da pie a una fantasía: que es que un buen gobierno, atenido a los ideales del “Estado de derecho”, podría, si se lo propusiera, “limpiar” las calles de la economía informal. Es la fantasía, francamente peligrosa, de que el gobierno tendría que declararle una guerra sin cuartel a la economía informal. La regulación, mejoría y ordenamiento de la economía informal en los espacios públicos es una tarea legítima de gobierno, pero “limpia” del ambulantaje no lo es. Veamos por qué.

La revista The Economist publica un indicador que inventó hace como 30 años, llamado el “Índice Big Mac”, donde compara el promedio de número de horas de trabajo necesarias para comprar esa hamburguesa a nivel internacional. Aunque el indicador fue elaborado para descubrir la sobrevaloración o subvaloración de la moneda, puede servir también como un indicio crudo de la dependencia que pueda haber de la economía informal en la economía formal. Así, por ejemplo, en Hong Kong un trabajador puede ganarse una Big Mac con nueve minutos de trabajo, lo que indica que puede depender fácilmente de la economía formal para su reproducción diaria, comparado con un trabajador en la ciudad de Manila, que necesita 87 minutos de trabajo para comprarse esa misma hamburguesa.

En la Ciudad de México, 2015, se requerían en promedio 78 minutos de trabajo para comprar una Big Mac, de modo que en un día de trabajo de ocho horas un trabajador podía comprarse arribita de seis hamburguesas, lo que equivale a unas tres mil 300 calorías. Si pensamos que una mujer trabajadora requiere ingerir un promedio de dos mil 200 calorías diarias, y que un hombre requiere unas dos mil 800, concluimos que los trabajadores promedio no pueden alimentarse sino ocasionalmente con comidas preparadas por la industria del fast food.

Sin embargo, esos mismos trabajadores difícilmente pueden evitar comprar comida durante sus jornadas laborales, que frecuentemente se extienden a 10 o 12 horas, y a las que hay que sumar largas horas de transporte. Muchos de nuestros trabajadores —muchísimos— ven pasar 14 o 16 horas entre que el momento en que salen de sus casas y en el que regresan.  No es fácil llevar suficiente comida y bebida para sostenerse durante 16 horas, y comprar aunque sea algo afuera se convierte así en un suceso inevitable. 

Todo ello significa que las empresas que contratan en México pagan sueldos que requieren que exista una economía informal. La informalidad es producto necesario de la economía formal. En esas condiciones la fantasía de “limpiar” el espacio público de ambulantes es un sueño imposible. Así, los trabajadores que laboran en centros comerciales no pueden consumir los alimentos que se venden ahí. Necesitan, al contrario, cruzar la calle y comprarse mejor un refresco y unas garnachas enfrente. Tampoco hay ninguna zona de hospitales en México que no tenga sus proveedores de tacos y quesadillas afuera, para alimentar a médicos internistas y enfermeras. No les alcanza bien para comer diario en la cafetería del hospital. Ni tampoco hay fábricas, escuelas, ni oficinas de gobierno que no tengan lo mismo. Y eso sin contar el ambulantaje, altamente regulado, que se da al interior de las oficinas mismas: ventas discretas y con horarios señalados de refrescos, tacos de canasta, chambritas o artículos de belleza para las secretarias.

Y todo esto apunta sólo a ventas de consumo. El sector formal también genera informalidad de otras formas. Entre los empleados de clase media, por ejemplo, las labores de reproducción social tienden a transferirse a la economía informal, a modo de trabajo doméstico, cuidado de niños o de viejos, o transporte. Finalmente, los sueldos para la clase media tampoco son tan elevados; mejor dicho, son más bien bajos, y resulta difícil contratar una empleada doméstica con los derechos contractuales y prestaciones que la colocarían en la economía formal. Tampoco resulta barato sustituir su trabajo con guarderías infantiles o servicios de limpieza contratados.

Por último, los bajos sueldos contribuyen también al consumo de productos piratas que son, por otra parte, criminalizados por las mismas industrias que pagan bajos sueldos. Así, un cajero al que se le pide “excelente presentación” como requisito, y que gana seis mil pesos mensuales, tenderá a comprar marcas falsas cada vez que pueda.

En una sociedad en la que el trabajo es mal pagado, la economía formal genera la informalidad para su propia reproducción. La fantasía de la eliminación del ambulantaje de las calles es un deseo imposible, que tiende a apoyar políticas de “limpieza social”. Los gobiernos deben concentrarse en modos de regulación y mejoramiento de las condiciones de quienes laboran en la economía informal, para evitar así que priven las prácticas más crudamente extractivas de “la ley de la calle”.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

6 comentarios en “Trabajo formal, reproducción informal

  1. Nunca lo había pensado de esta manera, pero este texto tiene a reforzar la teoría de ac dependencia. Muy buen artículo.

  2. Aunque quizá es muy obvio, se le olvidó mencionar a Claudio que la mayor parte del trabajo reproductivo/doméstico/de cuidados lo realizamos las mujeres y que si hablamos de trabajo extradoméstico informal las mujeres son mayoría. ¿Coincidencia? No. Discriminación y desigualdad entre hombres y mujeres. No hay un culpable en sí, sino que toda la estructura social está pensada para que funcione de esta forma y se nos educa para seguir dicha estructura.
    Aunque es interesante su planteamiento de que “en una sociedad en la que el trabajo es mal pagado, la economía formal genera la informalidad para su propia reproducción”, las políticas de trabajo por sí solas no resolverían el problema si no toman en cuenta las desigualdades de género.

    • Excelente observación, aunque a todos se les olvido mencionar el factor principal y causa fundamental de la economía informal: Un gobierno corrupto, ignorante e incapaz de estar a la altura para administrar el país.

  3. Había leído yo este articulo y me pareció muy cierto, luego vi la nota donde sorprenden a Gustavo Madero comprando cargadores en un puesto ambulante, parece que los que ganan enormes sueldos no le hacen el feo al ambulantaje. Bueno, quien dijo lo contrario?