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Ed. Joaquín Mortiz. México, 1977. 294 pp.

Reloj de Atenas «no es una novela, sino un diario. Y ni siquiera un diario íntimo; y ni siquiera un todo orgánico. Engloba materiales más externos que interiores; a veces busca la objetividad; no vacila incluso en remedar la historiografía. Llámesele como se quiera, (…) Lo cierto es que nada me preocupa menos que la definición del género. Me contentaré con repetir la fórmula del autor de los Ensayos: «A faute de mémoire naturelle, l’forge de papier.» (A falta de memoria natural, la forjo de papel.)

Reloj de Atenas ha sido tejido en tres líneas fundamentales: 1) Las minutas del diplomático; 2) el diario del poeta; 3) la memoria, exposición y respuesta al enigma de la Grecia moderna (recuento de visitantes y ciudadanos ilustres, análisis de las sobrevivencias helénicas, acopios estadísticos de la hora, registro de algunas expresiones populares, buceo en el elemento bizantino, etc.). El excipiente de esos flujos es el registro de la experiencia cotidiana, el testimonio obligado de un espectador lateral: «Yo permaneceré en mi sitio, aunque no sé muy bien por qué. Quizá porque la historia demanda espectadores de toda laya. Junto a las grandes crónicas de conclusiones apodícticas, aparecerá la mía, escrita como por casualidad, casi en secreto, con más silencios que voces; visto desde un rincón olvidado del anfiteatro. No es humildad ni es orgullo, sino una suerte de quietismo impuesto por mi ambigua postura: diplomático y filheleno; el escritor y el funcionario condenados a la servidumbre recíproca.»

Cuando el primer registro de experiencias no muestra al testigo indignado por la brutalidad de los generales golpistas y sus secuaces, exhibe a un observador inspirado por «la musa del tedio». El cronista -un civilizado entre bárbaros de lujo- pierde cuando diluye en discreción su natural virulencia y se encuentra vencido de antemano donde se limita a consignar sus encuentros con otros notables.

El diario sólo llega a ser fresco social si describe un clima de incertidumbre, censura y persecuciones. En los otros casos- toda la primera mitad del libro-, la historia se atomiza y descompone: desfile de retratos, procesión de gestos significativos de personas igualmente significativas, cadena de excepciones y sucesión de insignificancias sorprendentes. La petulancia se atenúa hasta desaparecer cuando el poeta y el escritor curioso le quitan la palabra al memorialista mundano.

Reloj de Atenas es algo más que un simple diario o una memoria hecha de papel. Las modestias del tono menor – escribir pecho tierra- no sólo encubren una palabra serpenteante y cuando quiere cáustica. El libro es una selecta guía (comentario y traducción) a la literatura griega moderna (léanse de corrido y como un sólo ensayo las diversas notas sobre Kavafis); una relación de los civilizados ilustres que han habitado, imaginado o recorrido Grecia en los últimos ciento cincuenta años (Byron, Shelley, Flaubert, Yeats, Pound Miller, Durrell, Fowles y, entre los autóctonos, Solomós, Kavafis Elytis, Seféris). Hay también incursiones en el análisis del ser griego moderno y un largo, intermitente, afectuoso testimonio sobre la presencia que anima centralmente estas páginas: el poeta Giorgos Seféris. Reloj de Atenas puede leerse como el imposible epílogo, el postfacio nunca escrito a la pasión helenística de Alfonso Reyes. Pero el crítico siempre tiene algo que lamentar. Esta vez lamenta que Jaime García Terrés no sea también su improbable homólogo griego, que su cronómetro no marque una hora más cercana en el espacio y en el tiempo.