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México, Joaquín Mortiz, 1977, 163 pp.

Esta novela registra la historia de un niño engendrado por ancianos y amamantado por una cabra vieja aficionada a pastar en un plantío de marihuana. Según la historia avanza, el personaje se desdobla, improvisa nuevas versiones del Génesis, modifica la teología, se autocelebra, se describe hipnotizando discípulos y jugando «un poco a lo Sócrates con la diferencia de que Alí sí sabía mucho». Alí-autor padece logofilia sin saberlo y esta más o menos enamorado de su imagen de profeta apantallante pero afable y simpático. «Soltaba las palabras como si salieran de un fusil de alto poder, al grado que podía sentirse el impacto físico y psíquico que causaban; producían moretones en quien las recibía. Honrado hasta la perversión. Sincero como un niño de dos años podía decir todo lo no decible, lo inaudible (…); pero hablaba mucho y eso era definitivo: donde ponía el ojo ponía la lengua y donde eso ocurría, escocía, levantaba ámpula.»

El autor es un hombre simpático, el médico de cuerpos y almas inquieto por los progresos del farireísmo, la corrupción y la mentira. La novela es también una suerte de examen social: el autor pasa lista a la política, el clero, algunas ciudades europeas, las ventajas de ser burgués, etc. Aunque el autor tiene «muchas ideas», éstas son moralina o divagación teológica tanto más descabellada cuanto más ferviente. Los personajes no son más reales. Están hechos de la misma pasta que los del teatro alegórico: antes que personajes verdaderos son entidades mitad falsos y mitad evanescentes con los que el autor discute y deriva.

Aniceto Aramoni resulta un chistoso prescindible cuando se pone a debatir con las fuerzas morales; parece menos insoportable cuando le da por recordar algunos momentos de su juventud e infancia. El volumen se lee rápido y deja en el lector una imagen bastante confusa. Quienes conozcan al autor léanlo; quienes lo han editado, léanlo de nuevo. Y que los lectores no teman. Nadie pierde nada no leyendo Alí el maldito.