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Ed. Joaquín Mortiz. México 1977.

Las primeras páginas de Los ángeles llegaron a Sodoma, de Carlos Elizondo, exhiben la enorme capacidad narrativa de un novelista nato. Sin embargo, esta capacidad que en la «Invocación» (pp. 9-18) nos predispone a leer una novela que seguramente nos interesará poco a poco conforme leemos las evocaciones de la primera parte, se va desvaneciendo para dejar paso al único móvil que sostiene el texto: la sensación de un misterio aún no revelado. En efecto, la historia de un amor adolescente poco accidentado se mantiene porque Carlos Elizondo nos anuncia que la relación culmina en algún punto secreto y que el hecho de escribirlo no está exento de una justificación de mayor trascendencia.

Elena aparece como la imagen hermética que es necesaria explicar la imagen de la amada idealizada que pretende adquirir una realidad a través de la escritura. El narrador da vueltas una y otra vez alrededor de recuerdos un tanto confusos que apenas si sugieren los espejismos de la imagen. La visita en su casa, le declara su amor le propone matrimonio y, ante las respuestas evasivas de Elena, desespera: se separa de ella la vuelve a encontrar después de algún tiempo, hacen el amor (previamente anunciado por un aparato retórico), y finalmente vuelve a desaparecer la imagen. Y lo único que ha sucedido es una larga serie de acontecimientos poco significativos contrapunteados por triviales reflexiones. Llega el momento en que la historia se altera: el misterio queda revelado cuando el narrador se entera de que su querida Elena es, y fue durante todo el tiempo que la conoció, lesbiana.

Los ángeles llegaron o Sodoma concluye con un epílogo en el que sólo queda rescatar algunas cuantas reflexiones rezagadas convencerse del espejismo, intentar un último y doloroso diálogo con Elena y transformar la novela en una carta íntima: «Y eso es todo, Elena. Me despido. Te dejo sola entre tu niebla, entre tu bruma. Y ya que no tuve potestad para impedirlo, sigue tu propio camino.

Francisco Hinojosa