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México. Ed. Joaquín Mortiz, 1977.

Audacia no le faltaba al señor Gilberto: «Los negocios del señor Gilberto».

El último libro de José Agustín reúne ocho relatos -uno de ellos autobiográfico «Quién soy, dónde estoy qué me dieron»- de los cuales se conocen tres de antemano: la autobiografía antes publicado en la serie respectiva de Empresas Editoriales; «Luz externa» que forma parte de El rey se acerca a su templo, y «Punto decisivo» publicado en la Universidad. Los cuatro primeros componen una sección titulado «Los Sentidos» y los restantes otra: «El sentido»; a su vez los ocho textos se acomodan en cuatro secciones que llevan los nombres de los puntos cardinales.

Estos relatos, que cubren doce años de labor (1964-1976) aún flaquean y de lo que más son evidencia es de la voluntad de decir algo que no está muy claro: la mirada desafoca en momentos y el centro se mueve demasiado cuando no es que, definitivamente, se evade. Así, la percepción y lo percibido son tan contundentes como lo blasona el título del volumen.

La autobiografía: sigue siendo lo mismo: el mundo aquel, ya en una caducidad que hace presentir que siempre fue caduco, del hacer y el decir en el que nunca fuimos los tuertos del dicho.

Cuentos como el que nombra al volumen y «Luz externa» agobian, tristean, con su candente estereofonía psicodélica. Entre esa verborrea sofocante, excesiva, se diluye lo literario como azúcar en agua; el vitalismo anhelante, ese vivir requerido con tan sospechosa insistencia se evapora; lo que queda es el estertor, el pujido creativo absorto y agotado por lograrse a pesar de la gritería de su (en cierto momento) neoretórica.

El irigote de la experimentación nos ha hecho olvidar sobre qué se experimenta; la escritura se delata y se desenmascara sola; el placer de la lectura se atora en la faringe de la más cristalina verosimilitud.

A la larga esta clase de textos resultan más ágilmente pesados que un tomo sobre moral como éstas quieren imponer visiones, educar; su tono irritante y mordaz, en la lectura, hace lo mismo que la moral o el análisis costumbrista: siempre dicen «Yo soy aquello» (y en esto incurre, también incluso la prosa más ondera de Agustín: «yo soy la realidad más espontáneamente atrapada y menos eufemística y culturalmente determinada»). Pero en eso se queda, en guiños, porque, fatalmente, subraya su sentido, supuestamente oculto, de evidencias, de señales, de requeridas (e imposibles) complicidades: «convertirse en una beata hipócrita, chismosa, argüendera, hazladepedo, mezquina, viril, fricoteada y admiradora de GDO en vez de LSD».