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México, Ed. U.N.A.M. Serie Imágenes No. 2. 1977, 142 pp.

80 años de cine en México concentra por primera vez un amplio acervo de documentos, carteles, fotografías, objetos e indumentarias. El libro es como un testimonio o sección permanente de la primera exposición retrospectiva sobre el cine mexicano que hizo posible la reconstrucción de lo que podría llamarse, sin metáfora, su aventura. El cuaderno contiene tres textos: un ensayo de Aurelio de los Reyes sobre el cine mexicano desde sus orígenes hasta 1930 y los artículos complementarios de David Ramón y María Amador que comprenden desde esa fecha hasta los primeros años de esta década.

De los Reyes eligió un periodo altamente significativo para la historia de nuestra cinematografía. Su ensayo se inicia con la llegada a México de los primeros aparatos Lumiére (1896) y concluye cuando el cine sonoro hace su aparición desatando sobre el país la primera y perdurable invasión del cine norteamericano.

Si bien el cine no es invento nacional y nuestros primeros cinematografistas sufren profundo influjo de las producciones italianas y francesas, no se puede afirmar que hayan recibido verdaderas cátedras de lenguaje cinematográfico. Y es que nuestros pioneros sólo pudieron realizar intentos más o menos torpes por manejar un nuevo medio. Pero cuando el cine norteamericano invade la cartelera a principios de los treintas lo hace ya como una forma cabalmente estructurada y cerrada en sí misma.

En los años que corren entre esos cruciales momentos, De los Reyes ubica el nacimiento y caída del primer cine mexicano. Son los años en que los cinematografistas se ven obligados a resolver de un modo peculiar, propio y necesariamente derivado de una concepción del quehacer cinematográfico, las necesidades expresivas que les plantea su circunstancia. En una de las cintas de Enrique Rosas, el más notable de los pioneros cinematográficos mexicanos, De los Reyes encuentra un buen ejemplo para caracterizar el primer cine mexicano:

«Lo más importante de la película sobre las fiestas presidenciales es que hasta ese momento es la producción mexicana más ambiciosa. En ella Rosas adoptó un criterio que continuaría algunos cinematografistas mexicanos: con anterioridad (…) las películas mexicanas equivalían a un vistazo a la vida de las poblaciones. Eran escenas breves y eran un mero pretexto para atraer al público. La película sobre el viaje del presidente era una combinación alternada de 50 vistas fijas y 7 en movimiento, que reconstruían el viaje del presidente a Yucatán; la novedad es que Rosas respetaba la secuencia geográfica y cronológica de los hechos» (p. 28).

Al hablar de una forma mexicana de hacer cine, el ensayista considera imprescindible esa fidelidad. Recurre en apoyo de su tesis muchos otros ejemplos entre los que sobresalen los referidos a producciones no documentales como el Aniversario del fallecimiento de la suegra de Enhart que, si bien se presenta como una película de ficción se apoya en la realidad cotidiana y «continúa el concepto de cine verdad como se le entendía entonces». La película culminante del mismo Rosas, El automóvil gris, está en el mismo caso pues, según el autor, se trata de «la última película que posee un cierto carácter documental al modo del primer cine mexicano». El automóvil gris representa también «la última manifestación del primer cine mexicano, es muestra del que éste será en el futuro y expresa las dos influencias que en ese año se percibían en el ambiente cinematográfico: la italiana y la norteamericana».

La idea rectora de la investigación está en delimitar el alcance y terreno de nuestra primera y olvidada manera de hacer cine. Con ese propósito de los Reyes compone una crónica de los personajes que jugaron un papel decisivo en la fundación del cine en México. Tanto los sucesos políticos de la época como todo aquello que de los Reyes averiguó sobre la moda, las costumbres la ideología de entonces, sirven para explicar mejor esa realidad de la que el cine sería un reflejo.

Para desgracia del lector, la buena impresión que dejan la claridad y sencillez de este ensayo se diluye tan pronto se emprende la lectura del trabajo adjunto. «Lectura de las imágenes propuestas por el cine mexicano de los años treinta a la fecha», de David Ramón. ¿Estamos frente a una aventura literaria muy moderna, audaz, cosmopolita o lo único que pasa es que el autor padece ciertas dificultades expresivas?. Las ideas se atropellan, las referencias se confunden con las opiniones más subjetivas. Prestando atención se llega a entender que Ramón intenta reducir a su mínima expresión la iconografía del cine nacional de las últimas cinco décadas. Quiere demostrar que con algunas variantes el cine nacional sólo ha generado cuatro imágenes fundamentales: el charro, la madre, la prostituta y el cómico. «Hace unos años, con menores impulsos reduccionistas y pretensiones narrativas, otro autor, Ayala Blanco, intentó estructurar también un inventario de las formas en que nuestro cine puede ser dividido para su estudio. La diferencia es que aquella tentativa obtuvo una rica gama de posibilidades y encontró una manera distinta de rendir homenaje al cine nacional proponiendo de paso clasificaciones genéricas novedosas.

El cuaderno cierra con uno reseña de Ma. Luisa Amador sobre la exhibición en México entre 1930 y 1970. Se trata apenas del esbozo de un trabajo en curso. Se incluye además un anexo sobre la nacionalidad de las películas que han figurado en nuestras carteleras. A pesar de que era previsible, sorprende el número abrumador de producciones norteamericanas frente al número de producciones de cualquier otro país.