Reproducimos un texto de Luis Miguel Aguilar referente a Bob Dylan, publicado en el diario Milenio el 25 de mayo de 2016. Lo preceden unas palabras que Aguilar envió al mismo diario años atrás cuando el nombre de Bob Dylan “sonó” para el premio Nobel.

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I. ¿Dylan Nobel?

 

Primero, a Bob Dylan debían darle el premio Nobel de la Paz por cuatro o cinco canciones: “Blowin’ in the Wind”, “Masters of War”, “A Hard Rain’s Gonna Fall”, “The Times They Are A-Changin’ ” y (como contribución pionera al tema de “género”), “All I Really Want to Do”.

Ahora, espero que si algún año le dan el premio Nobel de literatura a Dylan, no sea como a un posterior “compañero de ruta” de la Beat Generation, igual que casi se lo dieron a Vicente Aleixandre como a un “quedado” de la Generación del 27 o a Claude Simon como “espécimen” del nouveau roman. En ciertas ediciones del premio no queda claro si la Academia Sueca escoge a sus premiados por sus méritos, como debía ser en el caso de Dylan, o para compensar tardíamente sus “traspapeleos” con otros autores.

Tengo varias canciones predilectas de Dylan, no necesariamente (o junto con) las mencionadas. Tienen virtudes literarias más allá de la música, pero no me las imagino sin música. Sólo mencionaré “All Along the Watchtower”, pero así, como en un pastel de tres leches y en un transcurso de años: primero Dylan con guitarra, armónica y discreta batería. Luego, Jimmy Hendrix rockifica o “espesa” la rola. Luego, Dylan en el Budokan de Japón (1978) como en un homenaje a Hendrix ya muerto o a su versión de la rola. Dice Dylan en vivo “This is from the Mojave desert” mientras oímos los primeros acordes, ya más rockeados que en su primera grabación, y un requinto decisivo; y (en el papel de la armónica) un super-violín “salvaje” cruza ahora toda la canción hasta enloquecer al final y girar sobre sí mismo o sobre la atalaya-watchtower y sobre los versos del cierre “dos jinetes se aproximaban./El viento empezó a aullar”. Inolvidable. Gran literatura. Por cierto, Bono la incluyó en Rattle & Hum para presentar a U2 en vivo. Bono es “global” y concernido; ojalá pudiera presionar a la Academia Sueca: Un Nobel para (Lay Lady-Di Lay)  Dylan

 

II. Viejas decepciones

 

—Te traigo—me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—el texto de Xavier Quirarte (MILENIO, 23/5/16) sobre el modo en que Bob Dylan, quien cumplió 75 años este 24 de mayo, sigue siendo inalcanzable y multigeneracional. Quirarte recuerda que la gira “never ending” de Dylan “comenzó el 7 de junio de 1988 y no ha concluido… una larga cruzada que lleva sus canciones por todos los rincones posibles del planeta, y que por fortuna hemos escuchado varias ocasiones en México”.

—Te confieso que estuve la primera vez que Dylan vino a México. Para un simple fan como yo el concierto fue decepcionante; esperaba oir sus canciones clásicas “como en el disco” (o al menos como la grabación en vivo en el Budokan de Tokio) y sólo concluí que Dylan abominaba tanto de sus viejos éxitos como para desfigurarlos y pasar sobre ellos con prisa o bien con un monótono y acre gangueo, como el jarocho de Díaz Mirón. Creo que hasta hice la broma: el Palacio de los Deportes tenía tan mal sonido (en ese tiempo empezó su apodo de El Palacio de los Rebotes) que había hecho de “Blowin’ in the wind” un indistinto soplar de vientos. Me juré que nunca más y volví a los discos. Igual, no era Dylan, era yo, por villamelómano: por ser el tipo de tipo al que le gusta que en un concierto de los Rolling Stones “Satisfaction” suene a “Satisfaction” y, en uno de Paul McCartney, “Yesterday” a “Yesterday”. (Y qué decir: para mí, “Like a Rolling Stone” de Dylan sólo volvió a sonar como “Like a Rolling Stone” de Dylan cuando los Rolling Stones la interpretaron Unplugged.)

—Pues yo lo atribuiré siempre a las virtudes camaleónicas de Dylan y los años no han hecho sino darle la razón. Mejor dicho: la razón de Dylan no es la razón de sus seguidores. ¿Quién podría reprocharle el haber hecho “lo que se le pegara la gana” como dice Quirarte?

—Y encuentro (Prospect, mayo 2016) un artículo de Edward Docx sobre lo mismo: “A Dylan no le importa lo que piense nadie (y menos su público), y es probable que no le haya importado digamos desde 1965”.

—Qué cadena. En ese 1965 Dylan usó en un concierto la guitarra eléctrica y sus fans empezaron a abuchearlo y a gritarle hasta “¡Judas!” por su traición a la música folk. Pero Dylan no sólo esa vez exasperó y perdió a su público. Calcula Docx que Dylan hace lo mismo cada cinco años más o menos: irritó a los fanáticos del folk con música rock; a los fans del rock con música country; a los fans del country, haciendo covers de canciones para crooner (Self Portrait en 1970 fue la primera vez en que se dejó oír el Dylan-crooner); a los amantes de los covers de crooner con un cáustico y agridulce álbum de divorcio; a los amantes del agridulce Bob con un rock-góspel cristiano; a los fanáticos del rock-góspel cristiano con una etapa sionista; a todo el público mundial del Live Aid al utilizar el momento de solidaridad artística para emborracharse y quitarle la atención a África y dársela a los granjeros de Estados Unidos que entonces pasaban aprietos. Y así. “Dejó de irritar a la gente en 1997 cuando sacó la primera de sus últimas obras maestras, Time Out of Mind” (que abre, ah camaleón, con la inolvidable “Love Sick”). “Y eso sólo porque alrededor de esa fecha la gente por fin se dio cuenta de que Dylan haría siempre lo que se le pegara la gana”. Los últimos conciertos de Dylan que vio Docx fueron en el Albert Hall, otoño del 2015; dice que ahí no había nadie menos interesado en Dylan que el propio Dylan y que quizá por eso cantó durante dos horas tantas de Frank Sinatra. Dice que fueron los peores conciertos de Dylan que vio en años. Dice también que el álbum que sacó Dylan con canciones navideñas en el 2009 puede ser el peor álbum que haya lanzado cualquier artista en la historia de la música grabada. Y sigue siendo un creyente de Dylan.

—Porque, ahora bien. Más allá de su gran arte, desde 1990 Dylan ha dado un promedio de 100 conciertos al año por todo el mundo, y se ha metido a un estudio de grabación 36 veces. Ha escrito más de 600 canciones y a sus ya 75 años todavía recuerda cualquiera de ellas sobre los escenarios. Muchas oportunidades para lo suyo: decepcionarnos. Pero algo queda claro: Dylan es tan bueno que, aunque lo consiga cada vez, no logra al fin decepcionar. Dylan seguirá “decepcionando” aunque a mí, camaleón, en lo futuro, quizá sólo me dará tiempo o me darán ganas de volver a las viejas decepciones.