Dicen John Shelton Reed y Dale Voldberg Reed que los buenos restaurantes de BBQ son “más integrados [racialmente] que muchos otros lugares de culto”. Antes de la Ley de Derechos Civiles de 1964, las parrillas de Carolina del Norte que eran propiedad de afroamericanos atraían filas de personas blancas que esperaban para comprar cerdo a la BBQ. En estos lugares del sur de Estados Unidos no sólo se hace culto a la carne, sino a los símbolos que definen lo “americano” –porque en su lenguaje eso no es sinónimo de un continente. La comida y la cerveza siguen reuniendo a personas con posiciones encontradas que están obligadas a compartir lugar en largos tablones de madera que sirven como mesas.

En la Ciudad de México el gusto por la carne BBQ ha aumentado y la Narvarte tiene su propio lugar de culto que desde su nombre se sabe migrante: Pinche Gringo. Sin descuidar sus orígenes, el dueño del lugar y una comunidad de simpatizantes demócratas han dado seguimiento al proceso electoral en Estados Unidos, registrando votantes y organizando eventos. El primer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump sirvió para reunir a 200 mexicanos y gringos en un espacio en el que el español dejó de ser el idioma dominante: de inmediato nos sentimos extraños en nuestro propio país. Al cruzar la puerta para entrar al restaurante y estar rodeados por personas con playeras con mensajes de apoyo a Hillary Clinton y botones que decían “Vote” sobre la imagen de un burro, no era extraña la pregunta que muchos periodistas nos hicieron: ¿por qué a un mexicano le interesa lo que ocurra en esta noche?

02-caminos-01

La relación entre México y Estados Unidos ocupó gran parte de las conversaciones que mantuvimos antes del evento. La estrecha relación comercial, la cuestión migratoria, el complicado vínculo entre el peso y el dólar fueron tan sólo algunas de las respuestas que justificaron el interés compartido en el debate. La incertidumbre también era común: ¿podría Hillary Clinton dominar la discusión frente a Trump? ¿La habilidad del candidato republicano para mofarse de sus contrincantes y humillarlos frente a las cámaras podría más que las propuestas de política pública y datos duros de la candidata demócrata? ¿Qué pesaría más, los mails de Clinton o la declaración de impuestos de Trump?

Mientras la espera avanzaba, y gracias en buena parte a la cerveza que seguía fluyendo, las conversaciones se relajaron un poco. Hubo una pausa momentánea en el tema que nos había congregado y las pláticas se concentraron en los asuntos de todos los días. La cotidianeidad robó la atención del debate. Cuando un amigo que no lograba salir de su oficina nos pidió que buscáramos a sus invitados, otra amiga descubrió que las personas que nos encargaron eran unos gringos amigos suyos de toda la vida, con quienes se encontró por una de las tantas casualidades de la ciudad. También compartimos mesa con una pareja a la que reconocimos hasta que los imaginamos vestidos como los personajes de La vida acuática de Steve Zissou y que habíamos conocido en una fiesta de disfraces. Así fueron en aumento las historias hasta que nos percatamos que, si bien no nos conocíamos todos ahí, había una cercanía a través de una u otra persona. Al final éramos un grupo de extraños de diferentes países, con distintas preocupaciones, pero con más vínculos que sólo haber coincidido en un restaurante para ver un debate.

En ese momento también reconocimos que quienes no somos estadounidenses y podemos disfrutar un evento así, en su idioma original y entendiendo el contexto de las bromas, las referencias, los ataques y la agenda, somos un grupo de personas privilegiadas que han tenido acceso a la globalización y sus beneficios. Ésas que aún no logramos entender del todo cómo pueden surgir tanto los Trump, Le Pen y Farage del mundo como quienes les siguen; nosotros, a quienes la globalización no nos ha relegado a un mundo paralelo, más jodido y menos conectado, donde los nacionalismos se exacerban.

Fue entonces cuando el dueño del lugar, un italoamericano que se presentó como “Dan” en un escenario con la bandera de Estados Unidos pintada al fondo, nos dio la bienvenida y explicó las únicas dos reglas para disfrutar el debate: que las conversaciones fueran mínimas para escuchar a los candidatos, y que, cada vez que Donald Trump mencionara a México, brindáramos y gritáramos “¡Salud!”. Ahí sabíamos que eso no acabaría en sobriedad.

El debate empezó con gritos y aplausos –tan efusivos como un gringo puede hacerlos– exclusivamente para la candidata demócrata, lo que nos recordó el sesgo que nos rodearía dado que el evento fue organizado por Democrats Abroad, organización del Partido Demócrata dedicada a promover el registro de votantes fuera de Estados Unidos. En los primeros siete minutos, Trump mencionó seis veces la palabra “México”, y los gritos emocionados de esos gringos mexicanos siguiendo la reglas del debate apenas anunciadas no se hicieron esperar. Sin embargo, a pesar de estas frecuentes menciones a nuestro país en sus palabras iniciales, ninguna de ellas fue para referirse al tan prometido muro o al tema de la inmigración en general.

El resto del debate transcurrió sin muchas sorpresas. Clinton iba claramente más estructurada y preparada en temas de política –el policy anglosajón–, siendo quien más tenía que perder en este primer debate; pero sin representar una apuesta segura, recordándonos constantemente que es una orgullosa egresada de la burocracia que tanto detestan los seguidores de Trump. Mientras, el polémico Trump se mostró iracundo y destanteado, interrumpió en múltiples ocasiones a su oponente, mintió una y otra vez y difícilmente hiló más de dos ideas con claridad. Como lo señalaron la mayoría de las encuestas y los mercados, con una recuperación del peso mexicano de 30 centavos frente al dólar en los 90 minutos del debate, Clinton fue la inminente ganadora. Pero, a pesar de lo anterior, resulta poco probable que las personas aún indecisas dejaran de estarlo tras este primer debate.

Lo que vimos esa noche en el Pinche Gringo es un duelo conjunto, donde tanto mexicanos como gringos recordamos que esta elección afectará definitivamente el rumbo de nuestros países y nuestra relación bilateral; su residencia en México, y el futuro de nuestros familiares y amigos en el otro lado –porque, sin importar nivel socioeconómico, todos los mexicanos tenemos a alguien conocido o cercano residiendo en Estados Unidos, sea cual sea su estatus de residencia. Después de presenciar una noche del estado en que se encuentra la democracia en Estados Unidos, no es difícil entender el porqué la cerveza y las costillas han hecho que los restaurantes de BBQ sean elementos necesarios para digerir lo “americano”.

 

José Manuel Ruiz Ramírez
Abogado.

Carlos Brown Solà
Economista e internacionalista.

 

Un comentario en “Una noche gringa de debate

  1. Con esos señores solo hay dos sopas, los que te amenazan para que te la comas, o los que te la hacen comer sin que te des cuenta. Saludos.