I

“Me resulta muy difícil aceptar que mi corazón dejará de latir algún día”, escribió André Breton al comienzo de su ensayo sobre el Conde de Lautréamont, recogido en Los pasos perdidos. Tenía entonces 26 o 27 años de edad, aquella en la que uno se sabe inmortal.

Hoy Breton cumple cincuenta años de muerto. Pero a quienes lo venimos leyendo desde comienzos de los años setenta (no hablo de una, sino de sucesivas generaciones y, claro, no pienso sólo en México) nos resulta imposible imaginarlo así. No ha dejado de hablar con nosotros. Nuestros días no son los días de su posteridad. Su presencia no podría ser más actual en estos días en que todos los caminos parecen topar contra “el infranqueable muro del dinero”.

Breton abrió un camino hacia el futuro que no ha dejado de extenderse y que nosotros, por supuesto, no acabaremos de transitar. Es un camino de tierra en la tierra que se prolonga mucho más allá del horizonte. La utopía no es inexistente: es inalcanzable, pero cómo dejar de perseguirla.

Gracias a esa vehemencia, a su confianza en la poesía, suscitó un movimiento que transformó nuestra conciencia del mundo.

Gracias a esa vehemencia, la voz de Breton no se pierde al pasar por la letra impresa ni se deforma ni pierde claridad. Pronto se cumplirán cien años de la publicación del primer manifiesto surrealista y sus palabras todavía resuenan con toda la fuerza de su anhelo: “¡Se acercan los tiempos en que la poesía decreta la muerte del dinero y ella sola romperá el pan del cielo para la tierra!”.

Tal vez habrá quien, al leer esto, piense que se trata de una simple humorada. ¡Tanto peor para nosotros si somos incapaces de estar a la altura de nuestros sueños!

breton

Pero el punto aquí es que Breton está lejos de ser un cadáver floreciente o una estatua venerable. Tampoco admitiría verse calificado como hombre ejemplar. Lleno de contradicciones —como todos— peleó por ser coherente y en pos de esa coherencia peleó con sus cofrades y amigos (algunos de los cuales, como Georges Bataille y Robert Desnos, sí que lo dieron por muerto1) y hasta consigo mismo.

Hoy podemos ver su obra y su biografía de manera menos extrema, aunque no dejará de ser debatible. Hay mil razones para criticar a Breton, mil razones para admirarlo. Unas no anulan a las otras.

Hay que saludar, en este cincuentenario luctuoso, el hecho de que Breton, gran catalizador de la poesía y del arte, sigue vivo.

II

A mediados de 1950, en el curso de un viaje por el suroeste de Francia (para visitar, entre otros lugares, las pinturas rupestres de las grutas de Lascaux, abiertas al público en 1948), Breton descubrió Saint-Cirq-Lapopie, un pequeño pueblo en la falda de una montaña, fundado en el siglo XII, en medio de un paisaje bellísimo.

Breton quedó fascinado por el lugar, habitado entonces por menos de 150 personas. Paseando por el pueblo encontró un viejo edificio semiabandonado que en otra época había sido posada y comenzó a investigar la posibilidad de comprarlo. Su padre, Louis Breton, le prestó dinero, y a partir de 1951 se convirtió en su casa de verano. Hay muchas fotografías que dan testimonio de la vida familiar y de las reuniones con los amigos.

En esa casa se encontraba la tarde del martes 27 de septiembre de 1966 cuando tuvo un repentino ataque de asma, enfermedad que había empezado a padecer años antes. Elisa, su mujer, lo llevó al hospital de Cahors, un pueblo a 25 kilómetros de distancia. Allí le dijeron que convendría más llevarlo a París, y se solicitó una ambulancia. Para asombro e indignación de Elisa, quien iba en su coche detrás del desvencijado vehículo, éste tardó diez horas en hacer un recorrido que incluso un automóvil común podía hacer en ocho.

A bordo de la ambulancia, acompañando a Breton, iba el poeta croata Radovan Ivsic, una de las pocas personas a las que Breton había invitado a visitarlo aquel verano en Saint-Cirq-Lapopie. Ivsic, llegado a París en 1954, se había convertido en uno de los más cercanos amigos de Breton en los últimos años, sobre todo después de la muerte de Benjamin Péret, ocurrida en septiembre de 1955.

Gracias al testimonio de Ivsic, que reconstruye con gran detalle sus recuerdos de aquel último verano con Breton en el libro Rappelez-vous cela, rappelez-vous bien tout,2 sabemos que en sus últimos meses de vida la salud del poeta francés estaba muy deteriorada y que él estaba plenamente consciente de ello.

Justo a principios de septiembre de 1966 Breton le contó a Ivsic: “no me hallo… Me siento exterior a mi pensamiento. Apenas sea posible, pregúntele a Alquié3 si ese fenómeno de exterioridad existe. Recuerde esto, recuérdelo muy bien. A mitad de la noche, siento que no soy quien soy, que no soy yo mismo. Luego, cuando despierto, soy André Breton”.

Fue tanta la lentitud de la ambulancia que a medio trayecto el poeta se recuperó un poco y pidió hacer un alto para salir y tomar una bocanada de aire fresco. En ese breve intervalo Breton le preguntó a Ivsic: “¿Cuáles son las verdaderas dimensiones de Lautréamont?”.

Al llegar a París Breton se sentía mejor y pidió que lo llevaran a su casa, en la rue Fontaine 42. El chofer y el enfermero le ayudaron a subir a su departamento: un estudio situado entre el segundo y el tercer pisos (todos los visitantes se desconcertaban cuando la portera les informaba que Breton vivía en el piso dos y medio). En la madrugada un nuevo acceso de asma le hizo sentir que se asfixiaba. Otra ambulancia tuvo que ir a buscarlo con urgencia para llevarlo a un hospital cercano, en el número 28 de la calle Lariboisière.

Cuando los enfermeros lo bajaban en camilla por las escaleras Breton dijo con un toque de humor: “¡Qué mala manera de salir del escenario!”.

Poco antes de las seis de la mañana del 28 de septiembre, después de una traqueotomía que no bastó para ayudarle a respirar, Breton murió de un infarto masivo.

Tras su muerte vino un alud de esquelas, notas pesarosas, homenajes y testimonios. La Nouvelle Revue Française le dedicó entero su número de abril de 1967, con casi el doble de páginas que una edición normal. Muchos escritores notables colaboraron en ella. Entre otros, Jean Paulhan, Julien Gracq, Roger Caillois, René Etiemble, André Pieyre de Mandiargues y Octavio Paz. El mayor elogio provino de Marcel Duchamp:

…no he conocido a ningún hombre que tuviera una capacidad tan grande de amor. Un tan grande poder de amar la grandeza de la vida. Y no se comprenderá nada de sus odios si no se sabe que para él se trataba de proteger la calidad misma de su amor por la vida, de lo maravilloso de la vida. Breton amaba como un corazón late. Era amante del amor en un mundo que cree en la prostitución. Tal es su signo.

III

El oro es un metal que no se oxida, lo que permite que sea muy duradero, que no pierda su brillo y que su color sea permanente. Es muy inactivo: no le afecta el aire, ni el calor, ni la humedad, ni la mayoría de los disolventes. Es soluble únicamente en agua de cloro, agua regia o una mezcla de agua y cianuro de potasio.
(Del artículo “Características del oro”)

“Yo busco el oro del tiempo”, escribió Breton en la “Introducción al discurso sobre la poca realidad”, identificándose un poco con los buscadores de oro que han abandonado todo para lanzarse a la aventura.

“Yo busco el oro del tiempo” es la frase que se inscribió en su tumba, en el cementerio de Batignoles. Habría que decir que extrajo el suficiente como para amasar una fortuna: su obra: casi siete mil páginas brillantes, duraderas e inoxidables, ordenadas en cuatro tomos de la célebre colección La Pléiade. Como lo dijo Etiemble en el mencionado número de la NRF, Breton es “Un hermoso clásico”.

Todavía hay una parte de su obra que aún nos falta conocer.

Por disposición testamentaria, no se podía leer su correspondencia sino hasta cincuenta años después de su muerte. Es decir, este año. Y precisamente este año apareció el primero de los muchos volúmenes de cartas que cabe esperar. Ese primer volumen compila las cartas dirigidas a su primera esposa: Simone Kahn (ciudadana francesa nacida en Perú), escritas entre 1920 y 1960. Es un abundante epistolario de casi 400 páginas que por desgracia no recoge las cartas de Simone, pero que muestra con toda claridad la naturaleza pasional del poeta.

Breton fue un notable corresponsal, y seguramente lo que sabemos de su obra y de su biografía habrá de afinarse y modificarse conforme salgan a la luz nuevos epistolarios.

Por lo pronto, hay que recordar que aún queda por traducir al español un considerable número de páginas suyas.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.


1 En el Segundo manifiesto surrealista, publicado en 1929, Breton menciona a una serie de escritores y artistas que, en su parecer, habían perdido el derecho moral de inspirarse en el surrealismo. En enero de 1930 Bataille, Desnos y algunos otros disidentes y críticos del grupo surrealista publicaron un panfleto en el que declaraban a Breton un ilustre fiambre y procedían a su autopsia.

2 Es una de las frases de Breton que cita Ivsic en el párrafo posterior.

3 Ferdinand Alquié, autor de Filosofía del surrealismo, Barcelona, Barral, 1974.

 

Un comentario en “André Breton: “un hermoso clásico”

  1. En hora buena por el recordatorio de ese delicioso epistolario, e inspiración de Nachito Manteca ( Mondevoisier Munequeux Mantequeir ) un camino infinito, grato y lleno de hermosas y tremendas sorpresas; el oro de la Vida Gracias !!!!!