Vivíamos en el más modesto departamento de una vecindad en la calle Nevado, cerca de Río Churubusco. Cinco en la familia, tres niños y yo el mayor de los infantes. En el departamento contiguo un vecino roncaba durante las noches y al escucharlo a través de aquellas paredes de papel yo me intimidaba al ser cubierto por los sonidos estentóreos emergidos de su borrascosa laringe. ¡Qué imágenes brutales se despertaban entonces en mi mente! Las entelequias feroces, los insectos mayúsculos y las más burdas quimeras asaltaban la imaginación de aquel niño de seis años. Y hasta que me quedaba dormido la paz se restauraba. De modo que las pesadillas no se presentaban durante el sueño, sino en plena vigilia y en la madrugada.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

He recordado este lejano pasaje de mi infancia a la hora de preguntarme por qué en algunos seres se ha incubado más que en otros el sentimiento trágico y la inclinación a tornar el sufrimiento un hálito de vida. Para esta especie de seres el horizonte parece velado por una pátina gris a través de la cual sólo miramos espectros, perros babeantes y sombras que se viven como el certero preludio de una desgracia. He llegado a pensar que sin la existencia de esas figuras funerarias y acechantes no tendría ningún sentido vivir, ni dar pasos en dirección a un destino pasajero; y ni sonreír siquiera. El destino final de una persona es una estación de tren intermedia, humilde y casi abandonada; una banca y unos árboles dibujados apenas más allá de las vías. La experiencia de aquella vivencia mórbida fue confirmada, apenas dejada atrás mi adolescencia, por mi encuentro con la literatura rusa del siglo XIX y principios del XX. Y entonces los tormentos de mi imaginación desbocada y de mis actos divagantes y carentes de sentido tomaron una forma real en la literatura. El mundo a mi alrededor desapareció, se trastornó en algo demasiado pesado y cruel como para otorgarle importancia —a riesgo de una caída irreversible— e incluso la ciudad se presentó ante mí tal como Nicolás Berdiaev describió la experiencia de Dostoievski: a la manera de un episodio más de su destino trágico; la ciudad como el capítulo de un libro sanguinario e infame. Y es que la alegría sólo puede ser impostada e idiota, pues de lo contrario no es humana, ni deja huella; vamos, ni siquiera permite que una figura reconocible se bosqueje en el aire. Lo único que puede ser compartido es el dolor, mas sólo expuesto desde su cautiverio, emanado de un temperamento que desea escindirse, desaparecer, pero que persiste por pura maldad y sentencia humana. Acaso por ello Bulgákov parece decirnos que las diferencias entre la farsa y el cuerpo adolorido, la fantasía y el cadáver se entrelazan llevados por las aguas de un mismo río. ¿O por qué Gogol llevó la sátira y la crítica de la naturaleza humana a extremos tan difíciles de aceptar para quien no considere a los humanos moscas o perros que olisquean y hozan en la carne viva de los inocentes?

Sergio Pitol, en su ensayo sobre Gogol (La casa de la tribu, FCE, 1989), hace una observación que de tan sencilla y certera podría pasar inadvertida. Dice, acerca de los terratenientes de Almas muertas, que “cada uno de ellos es el resultado de su propio lenguaje”. Y unas líneas atrás escribe también sobre Gogol: “Hay una clave lingüística que disminuye y ridiculiza la realidad y hay también una intensa nota lírica que exalta todo lo que describe”. Los escritores rusos que leí en mi juventud —Gogol, Dostoievski, Tolstoi— no reparaban en el lenguaje como máquina de significado, ni en el perfecto montaje de su estilo porque éstos provenían ya de una fuerza intestina que se hacía palabra y carne y sufrimiento expuesto como destino. La verdadera risa del alma, el festín de la carcajada contagiada de miedo y de alegría falsa, la elegancia del moribundo y la porquería untada en las mejillas de todo gran señor, fueron la esencia y el espíritu de la más profunda y arraigada literatura rusa. Así, en su ensayo El compromiso artístico: un legado ruso, Isaiah Berlin relata, no sin vehemencia, la postura moral y social, estética y romántica, apasionada y a veces expuesta de manera indisciplinada y maniática del crítico ruso Vissarion Belinsky (1811-1848), quien, sin ataduras, llegó a escribir: “Una idea que no ha pasado por la naturaleza propia de uno, que no ha recibido el sello de su personalidad, es capital agotado no sólo para la poesía, sino para cualquier actividad literaria”.

Una abrupta e impensable caída en el pozo del alma rusa, una reiteración ingobernable de los lugares comunes de la moral, el arte y la enfermedad social, más la conciencia de vivir una desgracia sin consuelo, de todo ello ha sido responsable en el ánimo de tantos escritores y lectores la obra de Dostoievski, Gogol, Chéjov e incluso de Andréiev y Bulgákov. ¿O habré caído en el falso laberinto de la visión desoladora? ¿En la sencilla inclinación a lo espectral y desahuciado? Claro, de ello se trata el asunto trágico, el cual no requiere de más explicaciones, sino de una cada vez más profunda oscuridad y conciencia de retorno prohibido. Les parecerá una grave digresión de mi parte —casi todo lo es, creo, excepto el silencio—, mas he vuelto a leer hace unas pocas semanas atrás el breve ensayo que José Joaquín Blanco le dedicara a la escritora y mística judía Simone Weil, en su libro Pastor y ninfa (Cal y Arena, 1998) y en el que Blanco une a través de una metáfora del dolor varios fragmentos de la literatura filosófica de Weil. Y he asentido a cada uno de los comentarios del crítico, como lo haría cualquiera que se haya contagiado por el constante duelo de la que podríamos llamar el alma rusa, el alma muerta y vagabunda que se inmiscuye impúdica en cualquier nacionalidad, religión y década de las dos últimas centurias. Escribe José Joaquín: “Para Simone Weil la inteligencia no es camino fundamental de nada: no se llega a nada con ella, apenas sirve para deshacerse de los lastres o equívocos más burdos”. “A través del sufrimiento como categoría fundamental, Simone Weil contempla una humanidad sufridora de ‘codicias lastimosas’, capaz de esclavitudes terribles, de feroces suplicios, pero ese sufrimiento, al enfrentar al hombre con su propio vacío o con el vacío del mundo, o con el vacío de Dios, lo libera”. Estas palabras describen también, y sin proponérselo, el sentimiento común de la literatura rusa cuyo dolor se torna más agudo y terrenal —no místico, mas sí sufriente— cuando el escarnio, la burla y la risa enloquecida de sus personajes saltan a escena, cuando el sueño de un niño, como lo fui yo, es interrumpido por los estertores en vida de sus vecinos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.