Como no soy amigo de la literatura secundaria, pudiera ser que lo que vaya diciendo acá ya ha sido dicho, repetido y estudiado a fondo, de lo cual resultaría que estoy inventando la pólvora y descubriendo el Mediterráneo, pero la verdad es que lo prefiero así, a regurgitar. Hago esta advertencia por una causa fundamentada; y es que al releer The Catcher in the Rye, en la versión alemana que fue más o menos “editada” por Heinrich Böll (y que al parecer se hizo a partir de la edición inglesa, harto mutilada en materia de lenguaje), me encontré de repente con que había en esta novela, según mi manera de ver, muchas reminiscencias de la Odisea. Pero vayamos por partes, como diría Jill, la Destripadora.

Holden Caulfield también podría llamarse Babbitt, The Catcher in the Rye es una novela que pudiera haberla escrito Sinclair Lewis. Pero Lewis murió, en Roma, víctima de su avanzado estado de alcoholismo, seis meses y seis días antes de que The Catcher in the Rye apareciera en las vitrinas de las librerías de Estados Unidos, editada por Little, Brown and Co.

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Ilustración: Izak Peón

A Holden Caulfield lo conocemos cuando él mismo se nos presenta, a punto de ser expulsado de su último colegio, Pencey, Pensilvania (lo han expulsado antes de varios otros), y nos hace acompañarle a lo largo de tres días entre ese rincón provinciano y la Gran Manzana, por las calles, los bares, los hoteles, los cines, el Parque Central, hasta un museo de Nueva York, que es donde vive su familia. En Nueva York, no en el museo.

Los Caulfield son padres de cuatro hijos; el hermano mayor a quien siempre se menciona por las iniciales D.B., que es un escritor devenido guionista de cine y prostituido por Hollywood, adonde se ha ido a vivir; Holden, nuestro protagonista; Allie, el hermano menor muerto niño y de quien Holden guarda como una reliquia su guante de beisbol para la zurda; y por último Phoebe, la hermanita menor, que es el amor más grande de Holden.

A lo largo del relato HC nos irá dando cuenta de sus lecturas, una preciosa linterna para alumbrar su manera de ser: por supuesto, y en primer lugar, los libros de su hermano mayor, pero también los que su hermano le presta o que él descubre, entre ellos Out of Africa de Isak Dinesen, que le entregan por error en la biblioteca de Pencey y piensa que se va a aburrir a muerte leyéndolo, pero sucede todo lo contrario. Otros libros de los que su hermano le presta y que le gustan mucho son los volúmenes de cuentos de Ring Lardner, y HC anota que los libros que más le impresionan son aquellos donde al terminar de leerlos, si uno conociese al autor pudiera telefonearle: “Pero es cosa que no suele suceder mucho. No tendría nada en contra de telefonear a Isak Dinesen. Ni tampoco a Ring Lardner, a no ser porque D.B. me ha dicho que murió. Por ejemplo, un libro como Servidumbre humana de Somerset Maugham, lo leí el verano pasado, de seguro que es un buen libro, pero tendría cero ganas de llamar a Somerset Maugham; no sé, sencillamente no es el tipo a quien me gustaría telefonear”. Y a continuación confiesa preferir con mucho al viejo Thomas Hardy y cita como título de novela el nombre de Eustacia Vye, que en realidad es el de la protagonista de The Return of the Native (aunque esto bien puede ser un error deslizado en la traducción alemana).

Páginas atrás, cuando desayuna en una sandwichería de la Estación Central y se produce su encuentro con dos monjas que vienen de Chicago a Nueva York para desempeñarse en la escuela de un convento, ya HC les ha hablado justamente de ese libro y que en cambio no le entusiasmó demasiado la lectura de Romeo y Julieta: “Claro está que sí me gustan, pero no sé, a veces se enoja uno con los dos. Lo que digo es que me dolió más que matasen a Mercucio a que se murieran Romeo y Julieta. […] Era listo y divertido y todo eso. Me desquicia cuando matan a alguien, sobre todo si es tan listo y divertido y todo eso, y cuando es otro quien tiene la culpa. En todo caso, Romeo y Julieta eran culpables”.

En otra ocasión, a la que volveré enseguida, Holden y Allie conversan con el hermano mayor, quien ha participado en la Segunda Guerra Mundial, en el frente europeo, y les cuenta que no disparó ni un solo tiro, estuvo de chofer de un general. Y comenta luego: “Si hubiese tenido que dispararle a alguien no habría sabido hacia dónde apuntar, en nuestro ejército teníamos prácticamente tantos canallas como los nazis”. Lo que HC no entiende es que si D.B. odia de ese modo la guerra le haya dado a leer A Farewell to Arms de Hemingway. No logra conciliar que a D.B. le guste un libro tan mentiroso como ése, y al mismo tiempo los de Ring Lardner y The Great Gatsby: “El gran Gatsby me obsesionó. ¡Ese Gatsby! Me dejó molido”.

Y puesto que hablamos de la guerra: nacido en 1934, Holden Caulfield tiene 17 años cuando escribe este relato de las cosas que le pasaron en los días cercanos a la Navidad anterior (la del 50) pero no menciona para nada la guerra de Corea justo cuando tropas chinas con apoyo soviético están a punto de conquistar Seúl. No es un reproche: Jane Austen sólo menciona una vez, de paso, a Napoleón, como si sus personajes viviesen en una burbuja del tiempo. Pero el caso de HC es distinto.

Hay un momento en que reflexiona cómo es que alguna vez estuvo una semana con los boy scouts y quedó curado para siempre de tener que mirar la nuca de quien iba delante de él en la fila: “Juro que si vuelve a haber guerra, lo mejor es que me lleven al paredón; no tendría nada en contra. […] En todo caso estoy contento de que hayan inventado la bomba atómica. Si vuelve a haber guerra, voy y me siento de inmediato sobre la bomba. Me presento voluntario, lo juro”. ¿Será posible que ignorase que volvía a haber guerra, en Corea, y que el comandante en jefe de las tropas aliadas, el general McArthur, hablaba de lanzar la bomba atómica sobre el norte de China?

Como dejé apuntado al comienzo de estas líneas, a medida que avanzaba en la lectura del relato de HC, más y más me entraban sospechas de que el narrador lo hacía con falsilla, y que determinados episodios y personajes le guiñaban el ojo al viejo Homero. Empezando por el hecho de que el relato en sí es la narración del regreso a una Ítaca situada en Manhattan, otra isla, un regreso que HC aplaza todo lo que puede para que no se enteren sus padres de que lo han expulsado de Pencey. Pero es que, además, la figura de Jane Gallagher reviste en el constante recuerdo del autor los rasgos de una extraña y lejana Penélope; Sunny, la prostituta del hotel, bien podría ser Circe; y Sally Hayes, con quien va al cine, Calypso; hay un Polifemo abstracto y a la vez muy concreto, que es el cine, al que dice odiar con toda su alma pero al que no deja de acudir a cada rato (“Odio a las pelis como al veneno, pero imitarlas me divierte”); y last but not least, está su hermanita Phoebe en quien ubico a una Nausica no incestuosa del relato. E incluso puede que haya más guiños al texto homérico, pero para ello no dispongo por ahora del tiempo necesario. Ni tampoco de las herramientas precisas.

En cualquier caso, quien tiene muy poco de Ulises, pese a su odisea, es el propio Holden. No sé bien a bien qué cuerda pulsó en el ánimo de sus lectores, pero en el mío lo que de verdad caló fue, y lo ha vuelto a hacer, es el poderío de la prosa del eremita Salinger. Su desvalido protagonista, vástago de una familia acomodada y receptor de cuantiosos regalos cash de su abuela, no me merece mucha admiración ni compasión, ni siento hacia él la más mínima empatía. Aunque a veces logre que sonría, con la complicidad de esa prosa de Salinger; valga como botón de muestra cuando entra de noche en la casa de sus padres, tratando de no hacer ruido para no despertarlos, pero urgido de encontrarse con su queridísima Phoebe: “A mi padre le puedes romper una silla en la cabeza sin que se despierte, mientras que a mi madre con sólo que alguien tosa en Siberia, eso le basta para oírlo a uno. Al cabo de algo así como una hora llegué por fin a la habitación de Phoebe. Pero no estaba allí. Lo había olvidado por completo, que ella duerme en la habitación de D.B. cuando él está en Hollywood o en donde sea, porque es la más grande de la casa. Y también porque tiene un escritorio enorme, que D.B. le compró a una alcohólica en Filadelfia, y una cama inmensa, de aproximadamente unos 10 km de largo por 10 km de ancho. No sé de dónde la sacó”. Uno cree adivinar detrás de esta frase la sonrisa con que Salinger escribió una exageración tras otra, documentando de un modo que recuerda las transcripciones magnetofónicas esa plática hiperbólica de Holden. Y como ésta hay muchas otras, tan felices.

Pero a Holden, hablando en plata, lo considero un cretino, y él mismo no está muy seguro de sí mismo, lo citaré con sus propias palabras: “I don’t exactly know what I mean with that, but I mean it [No sé exactamente lo que quiero decir con eso, pero lo digo]”. ¡Cantinflas puro! Casi a cada paso estoy tentado de preguntarle lo que le preguntará su amigo Luce, a quien conoció en un colegio anterior, Whootom, y con quien se cita en el Wicker Bar del hotel Seton. Llega Luce al bar, se sienta, encarga un martini y le dice a HC que debe acudir a otra cita y sólo dispone de un par de minutos. Holden: “Tú, te tengo un pervertido. Al otro extremo de la barra. Pero no mires allá. Te lo tengo reservado”. Luce: “Muy chistoso. Típico Caulfield. ¿Cuándo es que vas a crecer por fin?”.

El final del relato, escrito un año después, en una institución donde le están aplicando una terapia, no nos induce a pensar que Holden Caulfield haya madurado mucho desde entonces. Lo curioso del caso es que como persona hubiese llegado a la edad de jubilación en 1999, y estoy convencido de que seguiría siendo el mismo inmaduro de 1951, mientras que a la novela no hay manera de pasarla al retiro: como el proverbial buen vino, gana con los años. Yes, Sir, The Catcher in the Rye es un Vega Sicilia de la literatura.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.