Como al parecer los comentarios a la carta abierta que escribí sobre los congresos de LASA han concluido, respondo a ciertas cuestiones planteadas en algunos de ellos y explico el estatus de la conversación que me interesaba entablar con las autoridades de la Asociación de Estudios Latinoamericanos. De entrada, debo decir que, contrariamente a lo que puede desprenderse de algunos comentarios, mi experiencia en los congresos de LASA no se limita a mi asistencia como “externo” al congreso que tuvo lugar en Nueva York hace poco, sino que he participado como ponente y como invitado en otras ocasiones. Dicho esto, la descalificación de mis planteamientos porque “no me involucro en la Asociación” y la caracterización de los mismos como un “ataque” a LASA o como una “queja”, me parecen muestras de esa vieja costumbre de no fijarse en los argumentos presentados, sino en cualquier otra cosa (incluyo aquí, por supuesto, la crítica a la institución académica a la que pertenezco). En todo caso, mi interés era fomentar un debate sobre los congresos de LASA. Es cierto que generalizar con base en mi disciplina distorsiona en cierta medida el panorama general. Es cierto también que, a pesar de los matices que hice en la carta, mi distinción entre academia y activismo es discutible (aunque no entiendo lo que quiere decir la Dra. Hernández en uno de los comentarios cuando habla de “criterios positivistas”). Es cierto asimismo que la cuestión del tamaño de los congresos de LASA tiene muchas facetas y no niego que una de sus ventajas es la posibilidad de que doctorandos latinoamericanos asistan a un congreso internacional (algo que, por diversos motivos, no es una opción que tengan la mayoría de los doctorandos en América Latina). Ahora bien, estas cuestiones y otras que se quedaron en el tintero (como la entrega de la “constancia” de participación en un congreso antes de que éste inicie o  la falta de coherencia temática de muchas mesas) tienen que ver, en mayor o menor medida, con un punto que me parece crucial: esa irresistible atracción que la cantidad ejerce sobre los organizadores de LASA. No se trata de una cuestión de elitismo; se trata de discutir si los casi 6,000 participantes que se dieron cita en Nueva York no es un número excesivo y si esta cantidad de participantes no está vinculada con algunos de los problemas centrales que es posible percibir en los congresos de LASA: una tasa notable de ausentismo de ponentes (como las propias autoridades de la Asociación reconocen), unas audiencias magras (por decir lo menos), un ritmo frenético que impide el debate y la retroalimentación al final de cada mesa, una falta de atención al hecho de que muchos participantes asistan sin tener sus ponencias terminadas, etc. Estas son algunas de las cuestiones que me gustaría que los académicos latinoamericanos discutieran, pues son las universidades de América Latina las que gastan miles de dólares cada año para mandar a cientos de estudiantes, profesores e investigadores a los congresos de LASA. También me hubiera gustado discutir todo esto con las autoridades y los organizadores de LASA; sin embargo, aparentemente esa conversación ya no tendrá lugar. Es cierto que el expresidente de LASA, el Dr. Gilbert Joseph, fue muy atento en su primera respuesta a mi carta, pero él ya no es presidente de la Asociación (de aquí que la petición que la Dra. Hernández hace en el sentido de que Nexos publique la respuesta  más amplia que él daría a mi carta no podrá cumplirse). Su sucesora, la Dra. Joanne Rappaport también fue muy atenta conmigo en sus primeros correos. No obstante, hace unos días se dio cuenta que no he pagado mi cuota del 2016 y que, por tanto, no soy actualmente miembro de LASA. Eso bastó para que perdiera todo interés en mi carta y en lo que yo tuviera que decir. Al respecto, cabe aclarar que mi institución no cubre los gastos de membresías (a LASA o a cualquier otra asociación) y que sólo cubre los gastos del congreso (y a veces de la membresía) cuando el profesor en cuestión va a asistir al congreso de ese año. He hecho algunas pesquisas a este respecto y El Colegio de México no es una excepción. Tomando en cuenta que se trata de recursos públicos, me parece una política muy razonable. En relación con este punto, cabe señalar que, contrariamente a lo que afirma uno de los comentaristas, la “productividad” de un congreso académico no es una decisión puramente personal. Los criterios académicos van más allá de decisiones personales. Son cuestiones institucionales y están vinculadas a decisiones institucionales; con mayor razón si estamos hablando de recursos públicos. El principal objetivo que tenía en mente cuando redacté la carta en cuestión era que las universidades latinoamericanas reflexionaran sobre algunos de los presupuestos que parecen estar detrás de la asidua participación de muchas de ellas en congresos que en aspectos que considero fundamentales colocan los criterios académicos en segundo plano. En la página oficial de la Asociación se puede leer: “La misión de LASA es fomentar en todo el continente americano el debate intelectual, la investigación y la enseñanza sobre Latinoamérica, el Caribe y sus pobladores; promover los intereses de su membresía diversa e incentivar el compromiso cívico a través de la construcción de redes y del debate público”. Tengo para mí que de un tiempo a esta parte LASA ha subordinado el debate intelectual a otras prioridades. Por diversos motivos, esta cuestión me parece digna de atención por parte de la comunidad académica latinoamericana. Entre ellos, que es la propia LASA la que plantea dicho debate como el primer elemento de su “misión”, es decir, de su razón de ser.

 

Un comentario en “Comentarios a la carta abierta sobre los congresos de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA)

  1. De acuerdo. LASA obedece a esa “conferencitis”, monstruo americano dedicado a darles oportunidad a los académicos para presentar su trabajo, socializar, y pedir dinero a sus instituciones para pagar un viaje. Obedece, también, a esa costumbre americana de pertenecer a un club.
    En MLA, otro monstruito, al menos se va a pedir (y obtener muchas veces) trabajo.
    La verdad, 1600 conferencias en 4 días, empezando a las 8 de la mañana, incluso en domingo, hasta lqas 8 de la noche, es una locura, un pulpo muy gabacho. Es el Disneyland de la Academia.
    Aunque las conferencias son muy interesantes, van sólo los conferencistas y unos cuantos más, no dejan entrar al público en general, la participación es carísima, y la verdad, acabas pagándole su viaje y estancia a los organizadores.
    Yo fui participante de LASA esta vez y gasté aprox. $ 500 dólares de inscripciones (2015-2016), $ 500 dólares en avión y $ 500 dólares en una habitación (compartida). Incluso tuve que pagar por el programa impreso. No dieron nada, ni siquiera una copa o dos, como hacen otras ocasiones, en el concierto de Willie Colón, donde los drinks valían $12 dólares. El concierto fue muy bueno by the way. Sí se la rifaron con eso.

    Las conferencias son un negocio redondo. Si tu institución te la paga, ve; si no, no pierdas el tiempo.
    The rest is silence.