Los artistas, escritores, filósofos y en general todos aquellos que han dedicado su vida a la creación de bienes intangibles, subjetivos y abstractos, pueden llegar a ser tan distintos entre sí que nos hacen dudar de si en verdad existe una esencia o un hilo que los relacione y nos permita considerarlos parte de un mismo universo. ¿Qué nos hace  creer que hay algo en común entre Homero, Séneca y Saul Bellow? ¿Acaso el lenguaje? ¿Una moral estética? ¿La existencia de una comunidad espiritual y humana? He ahí un enigma más para los filósofos, críticos e historiadores del arte y de la literatura. Sin embargo, si uno carece de tal deseo especulativo, como es mi caso, puede hacer a un lado esta clase de cuestionamientos y concentrarse solamente en los efectos de la lectura. Imaginemos entonces la existencia de un escritor capaz de satisfacer las expectativas y el gusto de cualquier lector sensible, a un grado tal de situar a dicho lector dentro de una escena emocional e intelectual inesperada e imprevista. Un escritor capaz de lanzar a quien lee hacia un horizonte ignoto y sólo conocido en el presentimiento.

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Ilustración: Pablo García

No es un acontecimiento cotidiano encontrar a un escritor, como Imre Kertész, que reúna en sus relatos novelescos la sencillez y la profundidad de sentido; un narrador que posea el talento para crear metáforas o alusiones literarias valiosas por sí mismas y a la vez dispuestas a tornarse familiares e íntimas en la conciencia de los lectores. Íntimas aun cuando hayan sido creadas por un extraño o por alguien que vivió circunstancias totalmente distintas a las del lector y que, pese a la diferencia entre ambas experiencias, impresionó o conmovió de tal manera a dicho lector que lo llevó a creer que los lazos humanos existen no obstante el terror, la maldad, las utopías fascistas y todas aquellas acciones humanas destinadas a sumirnos en una vida desgraciada; utopías como la sociedad libre, el comunismo e incluso la misma democracia, cuyo fracaso no ha logrado socavar del todo la esperanza de que, por encima de nuestro ser primitivo, egoísta y salvaje, puede existir una especie de capa superpuesta cuya función es hacernos sentir cómplices de una subjetividad extendida a todos los hombres (la certeza de que aún somos capaces de compartir el dolor humano). Es posible que esa capa superficial llamada ética social o deseo de solidaridad que envuelve las profundidades de la maldad humana, nos permita albergar sospechas de que el sufrimiento no consiste sólo en el lucro que hacen algunos de la debilidad y de la desolación de los seres indefensos, sino que también nos alienta a cultivar la esperanza de que existe un horizonte humano, ético y convivencial y de que, en momentos extraordinarios, podemos todavía creer en la existencia de una soledad acompañada.

Hasta aquí algunos rasgos esenciales que, en mi opinión, podrían definir o bosquejar la literatura de Imre Kertész. Cito la conclusión de su discurso en Hamburgo, en 1995: “La dicha del ser humano, entendida en un sentido elevado reside fuera de la existencia histórica; pero no eludiendo las experiencias históricas, sino al contrario, viviéndolas, apropiándose de ellas e identificándose trágicamente con ellas”. Sabemos que a sus quince años Kertész estuvo recluido en Auschwitz, y que la amarga intimidad de su obra es consecuencia de esa funesta experiencia. Y no obstante la sinrazón y el oprobio inimaginable que acompañó al genocidio judío, el escritor húngaro se vio empujado, por las circunstancias personales de su reclusión, a inventar una razón para continuar viviendo, mas no desde el olvido del trauma personal e histórico, sino desde la urdimbre de una reacción literaria capaz de comprender, equilibrar y entrelazar el sufrimiento y la felicidad —históricos y personales— hasta el límite de transformar estos sentimientos en una discreta tierra habitable y en una conjura contra el lamento perpetuo e insustancial. “Hoy en día vivimos en medio del kitsch estilo dinosaurio de Spielberg y de la algarabía absurda de la estéril discusión en torno al monumento berlinés dedicado al holocausto”. Esta opinión contenida en el ensayo ¿De quién es Auschwitz? y publicada en Die Zeit en 1998, no es en absoluto gratuita. Algunos de sus lectores estamos seguros de que Kertész detestó siempre el gesto grandilocuente y la exhibición ruidosa de la memoria trágica. En cambio dio pie a la amargura sosegada, al relato pudoroso de la aberración humana, a la sencilla descripción de una felicidad casi imposible. De ello da cuenta el final de su novela más célebre Sin destino, cuando escribe, refiriéndose a quienes le preguntaban acerca de su vivencia adolescente en las barracas nazis: “Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los horrores, cuando para mí la felicidad había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de ello, de la felicidad en los campos de concentración, debería hablarles la próxima vez que me interroguen sobre ello”.

En Kaddish por un niño no nacido, Kertész se refirió al siglo XX como “ese pelotón de fusilamiento en servicio permanente”. Yo comparto su observación, ¿cómo no hacerlo?, y añadiría que el siglo XXI será un siglo pleno de genocidio psicológico e histórico: el tiempo de la desmemoria, la tiranía económica global y el holocausto de la inteligencia. Sin embargo, estoy siendo trágico en el peor sentido del término y es preferible callar y no hacer predicciones escandalosas. ¿O acaso no he aprendido nada del escritor húngaro? A Imre Kertész (1929-2016), fallecido apenas hace unos días, tuve oportunidad de conocerlo en Berlín en el año 2007. Fue en un encuentro literario al que me invitaron a conversar públicamente al lado de un joven escritor brasileño. Ambos esperábamos a que un anciano culminara su participación y abandonara el escenario antes de comenzar con nuestra charla. Ese anciano de aspecto bondadoso y gentil era Kertész. No me atreví a saludarlo o a intercambiar palabras con él. ¿Para qué? Él representaba para mí ya desde entonces algo más que un escritor: un asidero humanista y la iluminación literaria de una conciencia trágica. Nuestro pudor suele ser la tranquilidad de las personas que admiramos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

2 comentarios en “Imre Kertész

  1. Breve pero muy sustancioso este ensayo de Fadanelli, quien fiel a un estilo sobrio, nos da un panorama bastante lúcido sobre uno de los escritores más importantes del siglo XX

  2. Literalmente todavia espero esos bonos extras que tanto prometieron, ser paciente aveces suele ser desagradable, en mi opinion esperamos lo mismo…