El más reciente libro publicado en español sobre la historia del liberalismo occidental es una buena oportunidad para poner sobre la mesa algunos aspectos del liberalismo y de su historia que vale la pena conocer y discutir en México. Me refiero al libro titulado El liberalismo, una herencia disputada de Manuel Santirso (Ediciones Cátedra, Madrid, 2014). El liberalismo es, sin duda, la ideología política del presente. Todas las demás, incluidas la conservadora y la socialdemócrata, palidecen ante el predicamento y el atractivo de los que goza el liberalismo (en buena medida porque ambas están imbuidas de liberalismo). Esto es aún más claro cuando el término “liberalismo” se conjunta con la democracia, la otra gran ideología de nuestra época. El resultado institucional de esta mixtura lo conocemos todos: las “democracias-liberales” del siglo XXI. Ahora bien, si el liberalismo es, por decirlo así, “la ideología de nuestro tiempo”, lo es a condición de que tengamos una visión rica, compleja y diversa de la tradición liberal. Algo que parecería lógico si consideramos que la libertad y el individuo son los dos pilares sobre los que descansa la tradición liberal y que, por lo tanto, el margen de maniobra al interior de la misma es muy amplio; sin embargo, la lógica no siempre se impone.

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Ilustración: Ricardo Figueroa

Desde una perspectiva mexicana hay dos aspectos que proyectan una idea parcial (muy parcial diría yo) de lo que es el liberalismo occidental. En primer lugar, los mexicanos tendemos a ver esta tradición con los ojos de la historia nacional. Lo cual es comprensible por supuesto, pero no deja de ser reduccionista. Entre otros motivos porque esa identificación es con unos hombres y un periodo que están a siglo y medio de distancia, nada menos. Además, nos identificamos con un grupo de prohombres que son en el imaginario mexicano los “buenos” de la película (con todo lo que eso implica). Cabe apuntar, por último, que esa etapa liberal de la historia de México fue no sólo breve en términos cronológicos, sino enterrada varios metros bajo tierra enseguida y posteriormente; primero por el Porfiriato y después por la Revolución.1 A estos ojos, “excesivamente mexicanos”, por decirlo de algún modo, se añaden otros que, si bien por motivos distintos, tampoco contribuyen mucho a poner de manifiesto la variedad, ambigüedad y polivalencia que la tradición liberal ha manifestado en Occidente desde hace poco más de dos siglos. Me refiero a la tendencia, sobre todo estadunidense, de reducir esta tradición a una serie bastante limitada de pensadores; una serie que comienza tradicionalmente con Locke (el supuesto “padre del liberalismo”) y desemboca casi siempre en John Rawls. La nómina que con frecuencia acompaña a estos dos autores puede variar un poco, pero por lo general es la siguiente: Jefferson, Madison, Constant, Tocqueville, Stuart Mill, Popper, Hayek y Berlin. En realidad, como traté de mostrar en otro lugar, la tradición liberal de Occidente es mucho más rica y mucho más compleja de lo que podría inferirse de los diez autores mencionados.2

De entrada, el liberalismo no se circunscribe a Inglaterra, Francia y Estados Unidos; existen muchos otros liberalismos en la historia de Occidente. Esto puede resultar una perogrullada para algunos expertos, pero no para muchos ciudadanos de a pie, de esos tres países en primer lugar, pero me temo que también para muchos más de otras latitudes. Si la tendencia a limitarse a la lista mencionada es perceptible entre académicos mexicanos (sobre todo formados en universidades de Estados Unidos), no puede sorprender que parte de la ciudadanía mexicana con cierta educación comparta esta visión parcial sobre el liberalismo. Es aquí donde el libro de Santirso viene a cuento.

A pesar de no plantear hipótesis metodológicas novedosas sobre la historia de la tradición liberal, El liberalismo, una herencia disputada es un texto de divulgación con no pocas virtudes y muchos aciertos. Para empezar, su autor, que es profesor-investigador de la Universitat Autònoma de Barcelona, no ve la necesidad de definir rigurosamente, como se hace a veces en libros de este tipo, su objeto de estudio. Estas definiciones, ahistóricas por definición, casi siempre inciden sobre los contenidos y el sentido del texto en turno; una incidencia que no siempre resulta iluminadora. En cambio, en el primer párrafo de su libro Santirso afirma que la etiqueta “liberal” es mucho más ambigua que la de “socialdemócrata”, “comunista” o “conservador” y añade: “tal cual, o alargada con el prefijo neo, llega a significar cosas opuestas según la parte del mundo y el contexto en que se emplee” (p. 9).3 Una vez más este carácter proteico del liberalismo puede resultar perogrullesco a oídos de los especialistas, pero lo cierto es que en la discusión pública de nuestro país existe, en parte por imitación acrítica del imaginario estadunidense sobre lo que es la tradición liberal, la tendencia a ver al liberalismo occidental de manera homogénea, lineal y, por tanto, reduccionista. Aclaro, por si hiciera falta, que Santirso incluye en su libro los diez nombres mencionados; sin embargo, el autor no sólo incluye también a muchos más, sino que da una visión bastante completa de los vaivenes, ambigüedades y complejidades doctrinales, ideológicas e institucionales de la tradición liberal, sobre todo desde que los liberales empezaron a definirse a sí mismos como “liberales”. Algo que, por cierto, no sucedió en Londres, Filadelfia o París, como muchos piensan y repiten, sino en Cádiz, España; concretamente, hacia fines de 1810, en las Cortes de Cádiz, cuna del liberalismo hispánico.

Antes de continuar debo decir que si bien el liberalismo está en boca de todos y en la academia es un tema que se discute con fruición (entre historiadores, politólogos, economistas, etcétera), los libros en lengua española que proporcionan una visión de conjunto sobre la historia del liberalismo occidental son relativamente pocos (menos aún los escritos originalmente en castellano). Entre ellos, a pesar de su brevedad, yo destacaría Liberalismo viejo y nuevo de José Guilherme Merquior.4 Por supuesto, sobre parcelas más o menos acotadas de la tradición liberal (ya sea cronológica, geográfica o temáticamente), existen muchísimos trabajos, algunos de los cuales yo recomendaría ampliamente, tanto en español como en otros idiomas.5 Sin embargo, insisto, en español existen pocas historias del liberalismo que pretendan abarcar toda su trayectoria histórica y que lo hagan no sólo desde una perspectiva teórica (esto es, mediante un nómina más o menos amplia de pensadores liberales), sino también desde la historia política. Una de las últimas historias de este tipo es el libro Contrahistoria del liberalismo de Domenico Losurdo.6 Después de tantas hagiografías que se han escrito sobre el liberalismo occidental y sus bondades (reales o supuestas) y a pesar de algunas simplificaciones, el texto de Losurdo puede ser leído con provecho, pues pone de manifiesto diversos aspectos controvertidos de la historia del liberalismo que no está de más conocer, aunque sólo sea para confirmar, de una vez por todas, algunas de las contradicciones que encierra dicha historia. Sin embargo, como el propio Losurdo reconoce en el último capítulo de su libro, el liberalismo no es solamente la historia de las exclusiones que nos relata con detalle en su texto, sino también una tradición cuya herencia resulta ineludible asumir, pues, nos dice el filósofo italiano, sus méritos son “demasiado importantes y demasiado evidentes”.

El libro de Santirso no es una “contrahistoria” del liberalismo, pero tampoco es un panegírico de esta tradición. Como su subtítulo lo anuncia (Una herencia disputada) y como la introducción lo deja bien claro, estamos ante una tradición elusiva, de contornos a menudo indefinidos y que, en mi opinión, resulta imposible desentrañar y entender si no es mediante el estudio de sus vicisitudes históricas. De otra manera es casi inevitable caer en simplificaciones de uno u otro tenor. Uno de los aciertos del libro de Santirso es no quedarse únicamente con los planteamientos de los pensadores liberales, sino acompañar sus ideas y propuestas con las realidades de su tiempo y, al mismo tiempo, seguirle los pasos a los movimientos y partidos que forman parte de esa rica tradición liberal que se desprende de la lectura del libro.7 Otra ventaja del mismo es que combina la historia de la tradición liberal europea, cuya diversidad nunca es soslayada, con el ideario y la prácticas liberales en los Estados Unidos (sin embargo, al final de esta reseña diré algo sobre esta cuestión). Además, para los lectores de habla hispana, el texto de Santirso tiene la virtud de mostrar que el liberalismo español decimonónico, pese a todas sus limitaciones, tuvo muchas cosas en común con sus contrapartes continentales. Por supuesto, el libro que nos ocupa tiene ciertos “problemas”, algunos de los cuales señalaré al final. Uno de ellos, lo adelanto aquí por la importancia que tiene para el público mexicano, son sus escasas referencias a América Latina. Algo que quien esto escribe echó en falta, sobre todo, en el último capítulo, el que se ocupa del tramo final del siglo XX.

En lo que sigue doy algunas pinceladas del libro de Santirso con el fin de que éstas basten para ilustrar lo sugerido hasta aquí sobre la tradición liberal de Occidente. De entrada, consigno que el texto está dividido en cuatro partes: “La formación del liberalismo (1689-1810)”, “El liberalismo revolucionario (1810-1835)”, “El liberalismo clásico (1835-1871)” y, por último, “¿Final o eclipse? (1871…)”. En la primera, después de ocuparse de los orígenes doctrinales del liberalismo, Santirso pasa revista de la independencia de las Trece Colonias y de la revolución francesa. En esta parte el autor niega la continuidad entre ambas (un postulado que la historia atlántica contemporánea repite con asiduidad). Asimismo, muestra el reduccionismo implícito en otorgarle al Terror un lugar desmesurado dentro de la revolución francesa (la cual, se olvida con frecuencia, duró diez largos años, 1789-1799) y muestra lo lejos que Napoleón estuvo siempre del liberalismo (salvo su desesperado intento constitucional durante los llamados “cien días”, es decir, en las postrimerías de su largo ejercicio bélico-autoritario). En esta sección del libro aparecen, como cabía esperar, Sieyès y Constant, pero también lo hace Condorcet, cuya defensa decidida de los grupos excluidos de la sociedad y de la vida política más que justifica su inclusión, y Madame de Staël, que casi siempre es olvidada en las historias del liberalismo.8 Al final de la primera parte el autor no ignora al liberalismo alemán, aunque con base en el prusiano Guillermo von Humboldt señala las limitaciones que lo acompañarán casi como una sombra durante el siglo XIX.

El Congreso de Viena (1815) representa el fin de la megalomanía napoleónica y, en no pocos países europeos, la diáspora de los liberales, que se ven perseguidos y que buscan refugio por toda Europa. La masonería, en sus infinitas variantes, no surge aquí, pero estrecha sus vínculos con el liberalismo, que se desarrolla a la sombra de regímenes europeos a los que con excesivo optimismo encuadramos bajo el rubro de “la Restauración” (como si la revolución francesa hubiera sido, efectivamente, borrada del mapa histórico). Enseguida, Santirso afirma que las emancipaciones hispanoamericanas no se parecen a la de las Trece Colonias y señala las limitaciones de dichas emancipaciones desde una perspectiva liberal; ignorando, sin embargo, aspectos liberales que caracterizaron dichas emancipaciones y que representaron, con todas las limitaciones que se quiera, avances decisivos cuando contrastamos a las repúblicas hispanoamericanas surgidas del periodo emancipador con el absolutismo monárquico que las precedió durante tres siglos.9

Un poco más adelante el liberalismo económico se convierte en protagonista con pensadores como Say, Malthus y Ricardo. Por otro lado, el liberalismo doctrinario, una corriente soslayada en varias historias del liberalismo (sobre todo las anglosajonas), recibe especial atención.10 En cuanto al liberalismo inglés, Santirso señala las limitaciones del sistema electoral británico (a veces considerado el impoluto ejemplo a seguir), concretamente de la Reforma de 1832. Al mismo tiempo, del otro lado del Atlántico, menciona la manera en que la democracia jacksoniana estaba transformando radicalmente la política en Estados Unidos y la relación de la sociedad con el poder público.

Sobre las revoluciones de 1848 Santirso aclara que éstas no empezaron en París, como se sugiere a menudo, y afirma que de ellas no surgió ningún Estado nacional nuevo; además, señala sus limitaciones desde otras perspectivas: “El 48 tampoco dejó como herencia ningún régimen democrático estable, con la excepción parcial de Suiza, ni la implantación de forma alguna de socialismo” (p. 204). Después de hacer la relación convencional de las revoluciones de 1848 (básicamente lo acontecido en Francia, el imperio austriaco y los territorios alemanes), el autor se detiene en aquellos territorios en los que no sucedió prácticamente nada: Bélgica, España y el Reino Unido. En todo caso, como lo apunta el autor y pese a las limitaciones aludidas, las revoluciones de 1848 permitieron que la ideología liberal se extendiera por Europa en términos generales. Esta sección del libro se cierra, como no podía ser de otro modo, con el fracaso de la Segunda República francesa y con el ascenso de Luis Napoleón Bonaparte, que desembocaría en la proclamación del Segundo Imperio a fines de 1852 (golpe de Estado mediante). Las consecuencias para la tradición liberal del meteórico y democrático ascenso del segundo Napoleón, nos dice Santirso, rebasaron con mucho las fronteras galas: “El establecimiento de la autocracia bonapartista detuvo bruscamente la secuencia de expansión del liberalismo en Europa que había comenzado en los años 1830”.

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Para el autor el pensamiento liberal alcanza su cenit con Tocqueville y Stuart Mill, así como con otro autor mucho menos conocido, pero de indudable interés desde una perspectiva liberal: el historiador inglés T.B. Macaulay. Sobre los dos primeros, Santirso escribe algo en lo que pocas historias generales del liberalismo reparan: “…la duda y el escepticismo dominan a quienes deberían ser los mayores exponentes de una doctrina en su apogeo”. Efectivamente, tanto el autor de La democracia en América, como el autor de Sobre la libertad, se muestran sumamente dubitativos respecto a algunos de los aspectos centrales de la sociedad liberal de su tiempo y, sobre todo quizás, respecto al futuro de la tradición liberal (o, quizás sería mejor decir “liberal-democrática”).11

Algunas partes del libro nos alejan de pensadores más o menos consagrados y nos llevan, entre otras cosas, al mundo de la Revolución Industrial, las comunicaciones, la economía, el comercio, la hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX, el pauperismo europeo y la esclavitud (un tema, por cierto, que en algunos textos sobre el asunto parecería tener una relación aleatoria con el liberalismo).12 Durante casi un cuarto de siglo, nos dice Santirso, concretamente de las revoluciones de 1848 a la unificación alemana (1871), se da una confrontación entre el liberalismo y la democracia. En esta sección del libro el autor pasa revista de las vicisitudes de la representación en España, Portugal, Italia, Bélgica, el Reino Unido, Dinamarca, el imperio austriaco y, por supuesto, el caso francés, que había mostrado a las claras que el puro aumento del electorado no solucionaría los dilemas del sistema representativo (la historia del liberalismo belga, por cierto, es muy interesante, entre otros motivos por sus imbricaciones con la ideología católica). La falta de disciplina de los grupos partidarios, que hoy lamentamos por la falta de libertad individual que implican, dio paso a inicios de la segunda mitad del siglo XIX a los partidos tal como los conocemos hoy; sin embargo, señala Santirso, esto no sucedió tanto de la mano del liberalismo como del catolicismo y el socialismo.

En esta sección el autor subraya, otra vez, las limitaciones del liberalismo inglés; concretamente en este caso de la reforma inglesa de 1867 (sobre todo en lo que se refiere a la corrupción electoral, que estuvo lejos de desaparecer), así como el hecho de que para inicios de la séptima década del siglo “España se convirtió en el único Estado europeo que garantizaba el máximo de libertades individuales y el sufragio universal masculino en todo género de elecciones”. El experimento de la Primera República española, sin embargo, duró muy poco tiempo. En otras latitudes europeas, en 1871 tienen lugar dos eventos que marcarían el futuro político de Europa. Por un lado, la unificación alemana y, por otro, la Comuna de París. Para el autor la primera representa el final de la era del liberalismo clásico (además, cabría agregar, del arranque de la carrera armamentista que desembocaría en la Primera Guerra Mundial); en cuanto a la segunda, se puede decir que es el bautismo de fuego de la tradición política que a partir de ese momento se convirtió en el gran rival de la ideología liberal: el socialismo.13 No sólo porque éste asumía varios de los principios democráticos que ya habían entrado en abierta tensión con el liberalismo décadas atrás, sino porque puso sobre la mesa la llamada “cuestión social” y, por ende, las evidentes limitaciones del liberalismo al respecto.

La última parte del libro está dedicada al periodo 1871-2014 (año en que fue publicado el texto que nos ocupa). Estamos hablando de casi siglo y medio de pensamiento político liberal y de historia política liberal y, sin embargo, el autor le dedica menos de sesenta páginas. En ellas destacan los pensadores ingleses que, bajo la impronta hegeliana, renuevan el liberalismo británico durante el último cuarto del siglo XIX y primeros lustros del siglo XX; sobre todo T. H. Green y L.T. Hobhouse, quienes, cabe señalar, no tienen problema alguno con la intervención del Estado. Esta renovación teórica no impidió que los liberales ingleses, como los de otras partes de Europa, perdieran fuelle y presencia política durante las últimas décadas del siglo XIX.14

La revolución rusa parece servir de antesala a una serie de dictaduras europeas que ensombrecerán todo lo que el liberalismo pretendía representar (en Europa Oriental esta sombra se extendería más allá de la Segunda Guerra Mundial; de hecho, se mantendría hasta el final de la Guerra Fría). En relación con esto, ni el sufragio universal masculino, ni el sufragio femenino (el cual, por cierto, ameritaba un tratamiento más detenido), pudieron contener el declive de los partidos liberales.15

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En la última parte del libro el autor se detiene en algunos de los autores predilectos del panteón liberal del siglo XX: Hayek, Mises, Popper, Aron y Berlin. Santirso deja ver su aversión por los dos primeros; por otro lado, es poco crítico con Berlin. Más adelante nos muestra a un Keynes bastante menos estatista (o menos socialista) de lo que la vulgata liberal afirma con frecuencia. En todo caso y más allá del falso dilema planteado por Hayek y Mises entre libertad absoluta y autocracia, creo que estos autores merecían un tratamiento menos “descalificativo”, aunque sólo fuera por el papel que desempeñaron en el pensamiento liberal del siglo XX. Sin embargo, estoy de acuerdo en que ambos, lo mismo que Friedman (a quien también se refiere Santirso en su libro de manera muy crítica), representan un liberalismo demasiado apegado y circunscrito a una mentalidad y a una lógica propias de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría. También lo estoy con el planteamiento del autor en el sentido de que la primacía absoluta del mercado que planteaban estos autores y la cerrazón respecto a cualquier otra posible opción es, a fin de cuentas, una postura que se antoja poco liberal (se olvida a menudo que el liberalismo es, también, un cierto talante).

El libro de Santirso termina en el tono “agonista” y polémico que lo caracteriza desde sus primeras líneas y que hace de él una lectura muy recomendable para los interesados en la historia del liberalismo occidental, es decir, para quienes desean alejarse de los purismos doctrinales: “La corriente pluralista y la individualista extrema se han entremezclado desde su origen y han hecho del liberalismo un ideario complejo y contradictorio… Por fortuna, no estamos obligados a profesarlo ni a combatirlo en todo; podemos quedarnos con la parte de él que nos ayude a avanzar y prescindir de todo lo demás. Hasta de su mismo nombre”.

Hasta aquí he mencionado algunos desacuerdos con ciertas decisiones interpretativas del autor; para terminar, señalo a vuelapluma algunos otros: su valoración de la Constitución de Cádiz como “poco liberal”,16 la limitada importancia que concede a las ambiguas relaciones del liberalismo con el imperialismo durante las últimas décadas del siglo XIX, su apresurado tratamiento de la debacle partidaria del liberalismo europeo en la segunda posguerra, el hecho de no haberse detenido en las complejas relaciones entre el Estado de bienestar y el liberalismo (un tema que ameritaba mayor atención, no sólo porque los orígenes del Estado benefactor pueden rastrearse en el liberalismo radical europeo de los primeros lustros del siglo XX, sino también porque su desmantelamiento tuvo notables repercusiones sobre la naturaleza y desarrollo de cierto liberalismo, muy en boga hasta fechas relativamente recientes)17 y, cambiando de continente, estoy en desacuerdo con la escasa atención prestada a la historia política de los Estados Unidos del siglo XX y al pensamiento político liberal de ese país (pienso, sobre todo, en las últimas décadas de dicha centuria). En cuanto a la reducida atención que presta el autor a las vicisitudes del liberalismo latinoamericano, cabe preguntarse si América Latina no merecía algunos párrafos para, por lo menos, referirse al hecho de que en la actualidad todos los países de la región pueden ser considerados “democracias liberales” (con la sola excepción cubana y sin minimizar las serias reservas que cabe plantear respecto a la debilidad del Estado de derecho en casi toda la región). Más allá de esta cuestión, que podríamos debatir largamente, El liberalismo, una herencia disputada representa, desde mi punto de vista, un notable esfuerzo en nuestro idioma por proporcionar una visión general y crítica, a un tiempo, de la tradición política más proteica, más diversa y más viva del mundo occidental.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Desde hace un lustro contamos con una buena antología sobre el liberalismo mexicano: La espada y la pluma (Libertad y liberalismo
en México, 1821-2005)
, José Antonio Aguilar Rivera, comp. (México: FCE, 2011). Aunque sea al interior de una sola tradición liberal, la mexicana, el puro número de autores que aparecen en esta antología (37) y el hecho de que en ella estén incluidos personajes tan disímiles y con trayectorias tan distintas como Lorenzo de Zavala, Lucas Alamán, Mariano Otero, Justo Sierra, Ricardo Flores Magón, Emilio Rabasa, Jorge Cuesta, Manuel Gómez Morín, Daniel Cosío Villegas y Octavio Paz da una idea de la heterogeneidad que me interesa subrayar en este ensayo-reseña.

2 El breve ensayo en el que traté de mostrar esta enorme diversidad del liberalismo se titula “La tradición liberal occidental y el liberalismo en México hoy”; se trata de una de las contribuciones al libro La fronda liberal (La reinvención del liberalismo en México, 1990-2014), José Antonio Aguilar Rivera, coord. (CIDE/Taurus, México, 2014), pp. 67-78. La complejidad de la tradición liberal queda incluso de manifiesto considerando la lista que acabo de proporcionar. Por distintos motivos las credenciales liberales de cuatro de los diez nombres que aparecen en esa lista (Tocqueville, Stuart Mill, Berlin y Rawls) han sido puestas en entredicho por varios estudiosos, más o menos ortodoxos, de la tradición liberal.

3 Una idea muy similar pretendía transmitir Joaquín Abellán hace tiempo en el estudio preliminar que escribió para un libro que se ocupa de una parcela geográfica e histórica del liberalismo occidental, pero que aplica muy bien a la tradición liberal en su conjunto: “El ‘liberalismo alemán’ de la primera mitad del siglo XIX es un movimiento político con muchas caras, con orientaciones contrapuestas y con perfiles no siempre claros”. Liberalismo alemán en el siglo XIX, 1815-1847 (Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1987), p. vii.

4 Este libro, sin embargo, fue publicado originalmente en inglés hace ya un cuarto de siglo. La versión en español, a cargo del Fondo de Cultura Económica, es de 1993. El texto de Merquior es una buena muestra de esa amplitud y diversidad de la tradición liberal que reivindico a lo largo de estas líneas.

5 Menciono solamente tres: El liberalismo doctrinario de Luis Diez del Corral (Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1984; la edición original es de 1945); L’Europe des libéraux de Nicolas Roussellier (Éditions Complexe, Bruselas, 1991) y The Future of Liberalism de Alan Wolfe (Vintage Books, Nueva York, 2010). A pesar de no estar lejos de cumplir el siglo de haber sido escrito y de haber sido redactado en un contexto muy específico (la Italia fascista), la Storia del liberalismo europeo de Guido de Ruggiero me sigue pareciendo una lectura muy provechosa. No estoy solo en esta apreciación, pues la editorial española Comares volvió a editar el libro en castellano hace apenas una década.

6 El Viejo Topo, Madrid, 2007. La versión original, en italiano, fue publicada por Laterza en 2005; este libro también ha sido traducido al inglés, al francés y al alemán. La expresión que aparece un poco más adelante en el texto es de la página 340.

7 Los libros que se limitan únicamente a los pensadores políticos liberales tienden a proporcionar una visión lineal, descontextualizada y en última instancia edulcorada del liberalismo. Un buen ejemplo es la extensa antología de Pierre Manent titulada Les libéraux (Gallimard, París, 2001). El prefacio de este libro es una muestra más de la costumbre, relativamente común en ciertos ámbitos académicos y mediáticos, de darle al mercado un lugar omnipresente y definitorio a toda postura que pretenda considerarse “liberal” (intento que se revela improcedente y reduccionista en cuanto asumimos una perspectiva amplia sobre esta tradición).

8 Una excepción es el libro Liberal Beginnings (Making a Republic for the Moderns) de Andreas Kalyvas e Ira Katznelson (Nueva York: Cambridge University Press, 2008); véase el capítulo 5, pp. 118-145.

9 En lo que concierne a la post-independencia, los países latinoamericanos apenas aparecen y cuando lo hacen es bajo la luz exclusiva de una cita de Tocqueville (p. 142), la cual, sin ser falsa, da cuenta sumaria de varias décadas de la historia política de una región que merecía, creo, algunos matices y, sobre todo, un poco de contextualización histórico-política.

10 Como lo adelantó Diez del Corral en un viejo libro (ya citado, ver nota 5) y como Pierre Rosanvallon lo volvió a poner de manifiesto con Le moment Guizot (1985), el liberalismo doctrinario y sus esfuerzos por liberalizar la Restauración tienen una importancia y una significación en la historia del liberalismo europeo que no terminan de ser calibradas adecuadamente. Este libro de Rosanvallon acaba de ser traducido al castellano: El momento Guizot (El liberalismo doctrinario entre la Restauración y la Revolución de 1848) (Editorial Biblos, Buenos Aires, 2015).

11 Mostrar la naturaleza e intensidad de estos titubeos en el caso de Tocqueville fue uno de los principales objetivos que me fijé en el ensayo titulado “Tocqueville: actualidad e ‘inactualidad’ de un clásico” en ¿Por qué leer a Tocqueville hoy? (ITAM/INE/Fontamara, México, 2015), pp. 11-39.

12 La esclavitud, por cierto, no sería abolida en varios países liberales de Occidente sino hasta la segunda mitad de la centuria: Países Bajos, 1856 (esta es la fecha que consigna Santirso, pero me parece que fue hasta 1863); Estados Unidos, 1863; Portugal, 1869; España, 1886. Lo mismo se puede decir, por lo demás, de Colombia, Perú, Argentina y Venezuela.

13 Cabe anotar que, como lo señala el autor (p. 176), el origen doctrinal del socialismo se ubica varias décadas antes, concretamente en la década de 1830, con autores como Saint-Simon y Fourier.

14 Hay algunas excepciones, como Italia y España, en donde los liberales mantuvieron su ascendiente político; sin embargo, las prácticas fraudulentas que caracterizaron al parlamentarismo español de la Restauración son bien conocidas.

15 Este declive fue de tal magnitud que en países como Bélgica, Alemania, Francia e Italia la corriente liberal “pareció amenazada en su existencia misma”. Roussellier, op. cit. (ver nota 5), p. 188.

16 La expresión es de la página 116. Si consideramos que el marco de dicha constitución es el Antiguo Régimen, tal como éste había llegado hasta 1808 en la monarquía hispánica, dicha valoración me parece, por lo menos, ahistórica.

17 Uno de los signos más elocuentes de que el liberalismo actual se está transformando es la atención creciente que está recibiendo el tema de la desigualdad en las sociedades occidentales. A este respecto, el bestseller de Thomas Piketty sobre el tema es, como muchas otras veces, sobre todo un síntoma, pues la inquietud y el malestar ya estaban ahí.

 

2 comentarios en “La riqueza del liberalismo occidental

  1. Gracias Roberto por tu Informacion. Son asuntos q
    han tenido y nunca dejarán de permanecer en la
    letra frontal de la inquietud latinoamericana cuya
    tormenta nunca reposa ni logra cierta formas equilibradas de consolidarse. Tus apreciaciones
    como siempre llevan un crédito intelectual que quienes te conocimos sabemos valorar. Todo lo veré con más detenimiento. Un saludo. Ljo

  2. La mejor crítica de la ideología liberal vis a vis la economía política que conozco es “La gran transformación” de Karl Polianyi (1944). Polianyi es autor también del libro “Ensayos sobre el liberalismo”. En esta línea destacan también los ensayos sobre liberalismo de Louis Dummont (enfoque antropológico). Sobre la transformación del liberalismo en neoliberalismo, el libro básico es, creo, “Nacimiento de la biopolítica” de Michel Foucault. Ninguno de estos títulos es mencionado en la reseña. En cuanto a Keynes debe decirse que es un economista y filósofo liberal que adoptó posiciones cuasi socialistas para salvar al liberalismo de sí mismo. En cuanto a los liberales mexicanos del XIX no he leído a ningún historiador que relacione su ideología con sus ocupaciones: todos ellos eran agentes aduanales o tenían negocios relacionados. Esta correlación pervive hasta la revolución mexicana. La historia del liberalismo mexicano podría reescribirse como la epopeya de los agentes aduanales. En cuanto a los liberales mexicanos de hoy, el reseñista tiene razón al presentarlos como discípulos (infatuados) de universidades de Estados Unidos. Otros encontraron en el liberalismo la salida al marxismo sin hacer el corte de caja correspondiente. Tal como se postula en México, el liberalismo es una ideología estéril, comparsa de los intereses globales que dominan al mundo.