Sirva este par de relatos inéditos en español como muestra del universo sencillo y lúcido que el escritor suizo ha volcado en su narrativa

Apenas sabemos nada de ellas, pero nos basta con lo sabido. Son como apariciones, pasan ante nuestros ojos cual fantasmas, y poco se detienen, asimismo, ante los ojos del narrador. Sus nombres aluden a cierto simbolismo de breviario, pero el trazo rápido y borroso de sus vidas se aleja de cualquier iconografía. Ni siquiera son a veces, como en el caso de Grace, los personajes protagónicos de la historia que se narra, sino la figura al margen que da el contorno preciso a lo contado.

El narrador de Peter Stamm observa el mundo con la mirada objetiva de una cámara. Aquellos primeros filmes de Wim Wenders como Silver City parecen aflorar de nuevo en esta mirada de aséptica cinematografía. Todo el secreto de una historia parece estar contenido en un grano de insignificancia, en el que hasta la insinuación más terrible cobra visos de normalidad, mientras que, a la inversa, lo más adocenado deja un espacio para la magia.

—José Aníbal Campos

Grace

Cuando cayó, todo el cuerpo del hombre pareció relajarse. Brazos y piernas se extendieron lentamente, como los pétalos de una flor que se abre. No hubo gritos. Oí un golpe seco, y lo vi ya extendido sobre el estrecho y mugriento patio trasero del hotel Empire.

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Ilustraciones: Kathia Recio

Yo estaba en la ventana fumando un cigarrillo cuando vi al hombre dos pisos más abajo, sobre la escalera de incendios. Intentaba entrar en una de las habitaciones. Apoyó primeramente un pie en el angosto alféizar y metió una mano en la estrecha ranura abierta entre la base y la ventana de guillotina. Intentó alzarla, se agarró con la otra mano y finalmente puso el otro pie en el alféizar. Maldijo en voz baja y sacudió la ventana medio podrida. Su cuerpo sobresalía un buen trecho de la pared. Fue entonces cuando se soltó y cayó.

Corrí escaleras abajo y fui hasta la recepción; allí intenté explicarle a Bob, el portero argelino, lo que había sucedido. Bob apenas hablaba inglés, por lo que tardó algún tiempo en entenderme y venir conmigo al patio para ver al accidentado.

—Es Roberto —dijo—; vive en la segunda planta con su novia Grace.

El hombre no se movía. Le pusimos un jersey debajo de la cabeza y llamamos a una ambulancia. Unos minutos después entraron en el traspatio dos sanitarios portando una camilla. Le cortaron la ropa a Roberto y se la sacaron del cuerpo pálido y fláccido. Al anochecer, le pregunté a Bob qué había pasado.

—Drogatas —dijo—. Viven aquí desde hace años.

Me contó entonces toda la historia; le entendí que la noche anterior Roberto le había dado una paliza a Grace. Estaba borracho, y Bob llamó a la policía. Los agentes se habían llevado a Roberto y lo retuvieron en la estación durante toda la noche. Cuando Roberto llegó al Empire a la mañana siguiente, estaba otra vez borracho. Grace no estaba, pero Roberto subió sin pedir la llave. Bob dijo que lo había llamado, pero como él no reaccionó. Seguramente creyó que Grace estaría en la habitación y no lo dejaba entrar. Intentó entonces entrar por la ventana.

Poco después de la caída de Roberto me mudé a otro sitio situado más al norte de Manhattan. Las cucarachas de mi habitación habían conseguido expulsarme. Varias semanas después, una tarde lluviosa, pasé de casualidad frente al Empire. Bob estaba sentado en su portería, viendo en la televisión la noticia de una explosión de gas en Harlem. No me reconoció hasta que le pregunté por Roberto. Entonces bajó el volumen del televisor y me contó que Roberto había salido con una conmoción cerebral y algunas fracturas. En la pantalla apareció la cara descompuesta de una mujer negra.

—¡Qué horror! —dijo Bob—. ¡Siete muertos…! ¡Bum!

Una mujer que vestía una sucia camiseta y unos leggins de color se plantó a mi lado. Era muy delgada. Sus ojos, pésimamente maquillados, eran como manchas oscuras en su cara pálida.

—Hola, Grace —dijo Bob y le entregó una llave—. Éste es el hombre que encontró a Roberto.

Luego, dirigiéndose a mí, dijo:

—Ella es Grace, la novia de Roberto.

Hi —dijo Grace y sonrió. Sus escasos dientes estaban amarillentos, tenían un aspecto quebradizo—. Gracias por su ayuda.

—Nada que agradecer, faltaría más —dije—. ¿Cómo está él?

—Dentro de una semana sale del hospital. La doctora dice que tuvo suerte de haber estado borracho. Estaba relajado cuando cayó. Podría estar muerto.

—¿Tiene seguro médico? —pregunté.

La mujer se encogió de hombros.

—Qué horror —dijo Bob señalando a la pantalla—. ¡Siete muertos…! ¡Bum!

—¿Dónde? —preguntó Grace.

—En Harlem —dijo Bob—. Gas.

Acto seguido, subió de nuevo el volumen del televisor; en el momento de marcharme, los dos, como hechizados, oían al periodista, que describía con voz temblorosa los terribles destrozos.

Esperanza

Desde que los aviones de largo recorrido atravesaban el Atlántico sin hacer escala, aquel grupo de islas había ido cayendo poco a poco en el olvido, al punto de que su nombre ahora se asociaba únicamente a una zona subtropical de altas presiones de la que dependía la meteorología de Europa occidental.

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En el alojamiento para turistas —unos ruinosos bungalós en un parque cubierto de flora silvestre— vivían, aparte de mí, un par de gatos desnutridos. Mis días transcurrían siempre iguales. Leía, daba breves paseos, siempre bajo la constante amenaza de lluvia, y por el mediodía y por las noches comía en el único restaurante del lugar. Al cabo de una semana, el camarero ya hacía como si no me conociera. Nadie parecía interesarse por mí salvo Esperanza, la camarera encargada de hacer las habitaciones.

Esperanza era bajita y frágil, pero tenía una expresión decidida en el rostro y hacía su trabajo con tal rapidez que parecía no haber hecho otra cosa en su vida.

—Voy prepararte la cama —me había dicho cuando apareció por primera vez en mi bungaló. Diez minutos después estaba de nuevo en la puerta, carraspeó y me dijo—: Este país es tierra de montañas y valles, el agua bebe de la lluvia caída del cielo.

Al día siguiente vino a la misma hora, hizo la habitación y, al terminar, dijo:

—También yo quisiera ir allí y ver ese hermoso país.

Cada mañana Esperanza decía una sola frase y luego desaparecía. No supe lo que quería de mí hasta que me dijo:

—Y entonces, entre los prisioneros, divisas a una mujer hermosa, te sientes conmovido a causa del amor, pretendes tomarla por esposa.

Esta vez también desapareció, pero yo la seguí. Vi cómo acariciaba a uno de los gatos salvajes y luego desaparecía en un aledaño del edificio donde estaban las dependencias del hotel. Sin tocar a la puerta, entré. Esperanza estaba de pie en aquel recinto a oscuras en el que parecía habitar, y dijo:

—Él me besa con el beso de su boca.

Sólo mucho más tarde, cuando Esperanza ya hacía tiempo que hablaba el alemán como su propia lengua materna, me contó lo que significaban aquellas frases. Muchos años antes se había enamorado de un misionero alemán que había estado viviendo en uno de los bungalós. Un buen día, el joven no volvió de uno de sus paseos. En su maleta Esperanza encontró dos libros, un diccionario y una Biblia. En vistas de que jamás renunció a la esperanza de que aquel hombre volviera algún día, fue aprendiendo, en las largas noches, un poco de alemán. No había pasado, en su lectura, apenas del libro de Moisés, pero en él encontró todo lo que quería decirle a su amado. O a cualquier otro. Me enseñó la hoja con las frases que había conservado como prueba de nuestro extraño amor. La última frase me la dijo al final de aquel largo día en el que entré por primera vez a su habitación:

—Por supuesto que quiero marcharme contigo.

 

Peter Stamm
Escritor. Ha publicado: Agnes, Paisaje aproximado, Tal día como hoy, Siete años, Lluvia de hielo, En jardines ajenos y Los voladores, entre otros libros.

Traducción del alemán de José Aníbal Campos.

 

Un comentario en “Dos cuentos

  1. Increíbles relatos. Un claro ejemplo de cómo relacionar al lector con un personaje desconocido, por medio de temas universales como el amor en el caso de Esperanza, y en tan pocas líneas. Más que desarrollar al personaje, deja líneas de intuición para la imaginación del lector.

    Gracias por compartirlos.