Alejandro García Abreu: ¿Qué te condujo a explorar la vida cotidiana en tu escritura?

Peter Stamm: Pienso que la vida cotidiana es mucho más interesante que los extremos; diversos autores han escrito sobre éstos. La mayoría de nosotros vivimos una vida normal. Es lo que me interesa: cómo siente la vida la persona promedio. Es mi campo de experiencia.

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Ilustración: Kathia Recio

AGA: ¿Cómo percibes la relación entre literatura y arquitectura tras la publicación de Siete años, novela en la que aparecen Alex y Sonja, una joven pareja de arquitectos?

PS: A menudo elijo profesiones creativas para mis personajes porque entiendo cómo trabaja la gente en esos ámbitos. Así que escribo sobre un periodista, un pintor o un arquitecto. Por supuesto, hay una diferencia entre arquitectura y literatura, ya que construir una casa es más difícil. Los arquitectos tratan más con la realidad que los escritores. En la escritura se puede hacer lo que se quiera; en la construcción primero tienes a un sujeto que da el dinero, que decide qué hacer. Pero todo puede colapsar. Una casa puede colapsar —los libros también pueden colapsar, pero no lastiman a la gente si lo hacen, entonces hay algunas diferencias—. Pero lo que me gusta es que creamos espacios que las personas habitan. Al escribir siempre me he interesado en los espacios y los paisajes, lo cual es cercano a la arquitectura.

AGA: ¿Por qué elegiste la referencia bíblica en Siete años para expresar el desarrollo de tus personajes?

PS: Suelo usar citas de la Biblia. No soy una persona creyente, pero la Biblia es parte de nuestra cultura. Hay historias estupendas en la Biblia: muchas nos dicen todo sobre la vida, sobre cómo las personas interactúan entre sí. Es como la Odisea o La metamorfosis. Se trata de una de las raíces de nuestra cultura.

AGA: En “Los voladores”, relato del libro homónimo, tratas el vuelo como una metáfora de las relaciones humanas. Escribiste: “‘Estoy volando’, dijo Dominic”.

PS: Cierto. Decir “Estoy volando” es algo natural para un niño. Pero quizá también es una imagen del intento de escapar del mundo normal que no siempre es bueno con nosotros. El niño de alguna manera trata de escapar.

AGA: Has tratado el amor perdido en tus libros muchas veces.

PS: Flaubert dijo: “Le bonheur se raconte mal”. Es difícil contar historias sobre la felicidad. De cierta manera es grandioso vivir la felicidad, pero en los libros es simplemente aburrido. Tienes que colocar a los personajes en situaciones en las que enfrentan problemas, de lo contrario no sería una historia. Hay un pasaje en Agnes —mi primera novela— en el que digo que la felicidad es como un punto y la infelicidad es como una línea, porque la infelicidad tiene que ver con cosas que suceden y la felicidad es un momento difícil de describir. Pero también hay momentos de felicidad en mis libros, no siempre al final, tal vez a la mitad.

AGA: En Tal día como hoy la muerte acecha al protagonista, Andreas, desde la enfermedad. ¿Cómo contrastas el amor y la muerte?

PS: Es una muy buena pregunta filosófica. El amor es una manera de luchar contra la muerte. Tengo otra historia en la que una pareja, después de la muerte de un hijo, hace el amor. Cada uno intenta aferrarse al otro. Tratan de no desaparecer en la nada.

AGA: La mayoría de tus personajes están solos. ¿Consideras tu escritura como representación de la soledad?

PS:Le llamo soledad existencial a esa circunstancia. Al final estamos solos. Realmente no podemos ser uno con alguien más. Siempre hay una parte de nosotros que no se puede compartir con otra persona. La escritura intenta llegar a la gente, pero es una posibilidad limitada poder estar con otros. El otro tema es que tenemos que morir algún día.

AGA: ¿Cómo es tu método de trabajo?

PS: No puedo prepararme para un libro. Camino y absorbo tanto como puedo. Veo las cosas, las oigo, las respiro, y hay un punto en el que veo una historia y creo que será una que me gustará contar; tiene algo que ver conmigo. Frecuentemente el detonante es una pregunta que tengo al inicio o un personaje o un pequeño hecho y luego empiezo a escribir para ver a dónde va la historia. A veces sale mal; no termino la mitad de mis libros porque en algún momento me pierdo. En cierto modo es un ejercicio de alto riesgo, pero vale la pena cuando queda bien y se publica el libro. Y hay que tomar riesgos cuando escribes, no se puede actuar con seguridad al escribir. Si sólo usas lo que has aprendido y no tomas ningún riesgo, entonces probablemente no llegarás muy lejos. He comparado el oficio con el de un explorador: si buscas la fuente del Nilo o algo similar, tienes que adentrarte en el terreno, no puedes simplemente quedarte en casa.

AGA: ¿Cuáles son tus influencias?

PS: Hay varias influencias y siempre es difícil saber cuáles son las más importantes. Pero cuando empecé a escribir alguien muy importante para mí fue Ernest Hemingway. Realmente cambió algo en la literatura. Antes de esas lecturas me gustaba la literatura del siglo XIX, me gustaba la narración lenta de una buena historia, pero Hemingway fue realmente el autor que trajo la literatura hasta el presente, al hacerme sentirlo en sus libros. Estás familiarizado con el concepto de epifanía, del que habla James Joyce. Es ese momento de claridad completa que busco en mi trabajo. No se trata de contar la historia de doscientos años de una familia, eso no me interesa. Tampoco las novelas históricas. No tengo nada en su contra, sólo que no son mi campo de interés. Comparo mi trabajo con la obra de un pintor: si puedo escribir la historia como Cézanne pintó un cuadro, esa sería mi meta, pero es un objetivo que nunca alcanzo. Acabo de leer una carta de Cézanne escrita un año antes de su muerte, en la cual le informó a un amigo: “continúo mis estudios”. Incluso el más grande pintor del siglo XIX nunca dijo que hubiera terminado.

AGA: ¿Cómo percibes la relación entre la pintura y la escritura?

PS: Es complicada. Tengo muchos amigos que son pintores y a veces es más fácil hablar con ellos sobre mi trabajo que con otros escritores. Un autor suizo dijo que hay escritores que vienen del mundo y otros que vienen del idioma, que están más interesados en experimentar con el lenguaje. Ese es el tipo de literatura que no me interesa, así que me siento más cercano a los pintores, que tratan de capturar el momento, una atmósfera. Hay historias en mis libros, suceden cosas, pero es sólo un medio para crear atmósferas y despertar sentimientos en los lectores.

AGA: ¿De qué manera vinculas el periodismo y la literatura?

PS: Elijo sobre todo el reportaje, ya que está emparentado con mi obra literaria. Vas a un lugar y tratas de capturar lo que hay allí, pero no se trata de los hechos —si bien hay hechos en las historias— sino que la parte más importante es decirle al lector cómo es en realidad. Creo que Hemingway expresó así lo que quería hacer: “contar cómo fue”. Por ejemplo, siempre se escribe sobre Irlanda del Norte en alusión a las bombas que estallan y a todos los problemas, pero nunca se escribe un artículo sobre cómo se siente la gente allí, cómo es su vida cotidiana. Así que trato de capturar eso y es bastante cercano a lo que hago en mi literatura. No hay muchos periódicos que quieran imprimir ese tipo de textos, antes había más, pero han desaparecido casi por completo. Hay algunas revistas —como National Geographic— que continúan realizando reportajes de gran tamaño.

AGA: Investigaste el universo de la arquitectura para escribir Siete años.

PS: Fui a una oficina de arquitectos para ver cómo trabajaban y me ayudaron bastante. Me quedé alrededor de una semana y vi qué hacían. Fue muy divertido. Estaba interesado en la arquitectura, pero nunca fui consciente de lo que realmente hacían los arquitectos. No lo sabía, pero se requiere de mucho trabajo duro para construir una casa.

AGA: ¿Qué opinas del trabajo de Le Corbusier, arquitecto aludido en la novela?

PS: Me gusta, pero no me agradaría vivir en una de sus casas porque son muy abiertas y expuestas, aunque son muy hermosas. Probablemente estaba loco. Tenía el proyecto de derribar el centro de París y construir rascacielos. Pero cuando entras a una de sus casas puedes apreciar lo que siempre debe hacerse. Fue uno de los arquitectos que construyeron espacio. No se trataba de que la casa sólo se viera bien desde el exterior, sino que realmente te hiciera sentir diferente cuando entraras a ella. No conozco a muchos arquitectos que te hagan sentir en el interior la calidad de su trabajo. Frank Lloyd Wright es otro. Al exterior las estructuras se ven bien, pero la verdadera calidad está en el interior. Eso es lo que un arquitecto debe hacer: construir espacios y no sólo fachadas. Hoy en día muchos arquitectos quieren hacer esculturas y construyen casas que se ven muy bien, pero que no son ideales para ser habitadas.

AGA: Afirmaste que el espacio define a una persona.

PS: Ojalá todos pudiéramos elegir nuestro espacio, pero no podemos. Muchas veces sólo tomamos lo que hay y lo que se puede pagar. Pero incluso si vives en un apartamento de dos habitaciones empiezas a hacer algo para arreglar el lugar, como poner tus muebles o colgar cuadros en la pared. Realmente muestra bastante sobre una persona, expresa cómo se vive.

AGA: “—Mamá es la mujer más guapa del mundo./ Sí —dije, al tiempo que le acariciaba la cabeza—. Lo es. Tu madre es la mujer más guapa del mundo”, escribiste en Siete años. La novela implica una reflexión sobre la familia. ¿Cuál es tu definición de la paternidad?

PS: Es algo ante lo cual no sueles estar preparado. Cuando quieres conducir un automóvil tienes que hacer una prueba, y también para otras cosas, pero con los hijos sólo los tienes y entonces eres un padre. No podría definirlo, pero es algo muy básico: todos nacimos de madres y padres, pero es algo en lo que no pensamos tanto.

AGA: En la novela, Sonja recibe una cita enmarcada de Le Corbusier: “Todo es distinto, todo es nuevo, todo es bello”. ¿Cómo percibes la frase del arquitecto en función de la literatura?

PS: Tiene que ver con una época específica en la que la gente realmente creía que podía reinventar el mundo. Previamente charlamos sobre Le Corbusier, quien tenía un plan para derribar el centro de París, la ciudad antigua, y construir rascacielos. Era una persona casi peligrosa, pero afortunadamente no dejaron que lo hiciera. Fue un momento en el que la gente pensaba que podía crear un hombre nuevo. Espero que hoy en día los arquitectos empiecen a trabajar en beneficio del habitante. Como escritor también creas habitaciones donde la gente puede vivir, que si bien son ficticias, no están lejos las unas de las otras.

AGA: ¿Qué te condujo a retratar las crisis de un triángulo amoroso?

PS: Es probablemente uno de los asuntos más comunes en la literatura. Siempre me he comparado con los pintores, quienes han pintado en su mayoría mujeres desnudas durante los últimos mil años. El cuerpo humano es muy interesante como un objeto que se puede pintar; es más interesante que una olla o un zapato. El triángulo amoroso es lo mismo para la literatura, es una historia básica. Me gustan esas historias.

AGA: Situaste Paisaje aproximado en un pueblo noruego al norte del círculo polar. ¿Cuál es la relación entre los diversos espacios en los que desarrollas tus cuentos y novelas?

PS: Son lugares muy distintos. En el norte de Noruega hay un pequeño pueblo de dos mil habitantes. Cuando comienzo a escribir un libro el lugar es una de las cosas más importantes a elegir. Pienso en un par de sitios en los que he estado y que realmente aportan algo a la historia. Primero quise establecer el escenario en Alemania y luego fui a Noruega y me di cuenta de que era el lugar perfecto para mi historia. El lugar forma la historia, y aunque es una limitación, también le añade algo. Es uno de los aspectos principales que decido, pero no podría volver explicar la relación entre los dos, ya que son muy diferentes. Sin embargo, puedes estar solo en una gran ciudad así como en un pequeño pueblo.

AGA: Disfrutas escribir sobre lugares que no conoces bien. ¿Cómo convertiste la ausencia de familiaridad en un factor trascendental de tu obra?

PS: Cuando llegas a un lugar por primera vez logras observar muchas más cosas que cuando lo conoces durante 20 años porque estás tan acostumbrado a él. Me di cuenta de que cuando trabajaba como periodista y llegaba a un lugar y me quedaba allí durante una semana para escribir algo, el 50 por ciento ocurría en el primer día. En el segundo ya estás acostumbrado al lugar y ves un poco menos, y en el tercero percibes aún menos. Es como el amor a primera vista, es algo que sucede o no sucede.

AGA: Uno de los puntos de partida de Siete años es el personaje de una obra de teatro de Witold Gombrowicz: Yvonne, princesa de Borgoña, en el que basas a Sonja. ¿Cómo recuerdas tus primeras lecturas del escritor polaco?

PS: En realidad no leí la obra antes de la escritura de mi novela. Leí un artículo acerca de su puesta en escena, que se centraba en esta cuestión: alguien que nos ha amado tiene poder sobre nosotros. Y eso fue lo que me interesó inmediatamente. Después de eso consulté la obra de Gombrowicz. Ni siquiera me gusta tanto, ya que es teatro del absurdo. Creo que es una gran obra, pero no es mi tipo de literatura; fue una influencia menor. No he leído nada más de Gombrowicz hasta ahora. Tengo libros suyos en casa, pero no he tenido tiempo todavía para leerlos.

AGA: Has dicho que los trenes suizos son espacios ideales en los que puedes escribir —en Paisaje aproximado hay una escena amorosa que transcurre en un tren—. ¿El movimiento es parte fundamental de tu proceso creativo?

PS: Sí. He comparado mi escritura con una travesía por un paisaje desconocido. Es cierto, mis libros no son como fotografías de lugares, sino como una película. Son movimiento. Además, cuando tengo problemas creativos siempre tengo que moverme. Camino o tomo un tren.

AGA: ¿Qué otros espacios utilizas para escribir?

PS: Tengo una estudio en casa, donde suelo escribir, pero tomo el tren cada vez más, ya que es mi espacio preferido, y a veces voy a un hotel durante una semana, sobre todo cuando tengo que concentrarme en un texto. Entonces me voy por unos días y trato de no hacer otra cosa que dedicarme a la escritura.

AGA: Tus campos de estudio son la psicología, la psicopatología, la informática y la filología, entre otros. ¿Cómo los vinculas con la literatura?

PS: Quería ser escritor, así que escogí mis estudios de acuerdo a eso. Como estaba influido por autores estadunidenses, cuando empecé a escribir pensé que debía estudiar literatura inglesa, pero luego me di cuenta de que estudiar literatura no te ayuda a escribirla, así que me interesé en aprender sobre los seres humanos, por lo que empecé el estudio de la psicología. Aprendí todo tipo de cosas en la universidad: tomé clases de historia del arte, musicología, medicina, historia, filosofía, todo con mira a convertirme en un escritor, en vista de que no quería ser un psicólogo.

AGA: Muestras el argumento como un recurso estilístico. ¿Fue programático en la escritura de Siete años? ¿Es la historia tu principal preocupación o el desarrollo del estilo?

PS: El estilo es la voz, no puedes elegirlo. En realidad no cambia tanto, pero tiene que ver con tu personalidad. Nunca escogí mi estilo, he tratado de deshacerme de todos los escombros. Cuando empiezas a escribir tiendes a imitar a otros escritores que te gustan y entonces tienes que encontrar tu propia voz, pero siempre está ahí, dentro de uno; no es algo que esté trabajando. Pienso en los aspectos técnicos, por supuesto. No es importante lo que sucede, sino cómo describir lo que sucede. Como has dicho, por lo general mis historias son simples, un triángulo amoroso no es muy original, pero es la forma en la que relato ese triángulo la que vuelve al libro mío.

AGA: Tus personajes son muy complejos.

PS: La gente es compleja. Cada persona es un universo. Hay muchas cosas en sus mentes, múltiples recuerdos y problemas. Los personajes literarios deben tener al menos cierta complejidad.

AGA: ¿Quiénes son tus autores predilectos?

PS: No tengo autores favoritos. Cambian con el tiempo. Edgar Allan Poe fue uno de los primeros autores que leí sistemáticamente, cuando tenía 16 o 17 años. Me gustaba mucho y después de un tiempo lo detesté. 10 años más tarde empezó a gustarme de nuevo, por diferentes razones. Es como la relación con una persona: cambia con el tiempo. Hemingway sigue siendo un autor importante para mí, a pesar de que no lo he leído desde hace mucho tiempo, pero es uno de los grandes maestros del relato corto. Camus también era importante para mí. Son autores que leí cuando tenía 20 años. Hoy en día leo sin un esquema, cualquier cosa que consiga, y a menudo libros escritos por amigos o que alguien me ha recomendado. No soy tan sistemático como solía ser.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

Traducción del inglés de Álvaro García.