“Fito” Sánchez Rebolledo pertenece a una izquierda que desafortunadamente está desapareciendo. No porque el horizonte de expectativa de la generación de 1968 —el del socialismo— se desdibujara hace un cuarto de siglo, sino debido a que la síntesis entre el intelectual y el militante, muy bien representada por él, no existe ya, o no por ahora. Esta desconexión es justamente una de las mayores debilidades tanto de la izquierda contemporánea como de los movimientos sociales recientes, incapaces de adoptar formas políticas y, en consecuencia, de modificar sustancialmente el statu quo.

La Revolución cubana fue el acontecimiento que definió la trayectoria de la izquierda latinoamericana de la segunda mitad del siglo pasado, constituyendo un foco de atracción para la intelectualidad disidente y fuente de inspiración para un segmento de la juventud que iniciaba su socialización política. Escritores y académicos como Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Fernando Benítez y Pablo González Casanova no resistieron a este poderoso imán al que la Teología de la Liberación también quedó adherida. Y jóvenes como el profesor Arturo Gámiz tomaron las armas en el malhadado asalto al cuartel de Madera en 1965, imitando el igualmente fallido episodio del Moncada.

Fito Sánchez Rebolledo estudió en el Colegio Madrid. Quizá por pertenecer a la estirpe del exilo republicano aprendió pronto que la esperanza y la derrota pueden convivir perfectamente. Recién salido de la adolescencia, el hijo del filósofo marxista Adolfo Sánchez Vázquez asistió al I Congreso Latinoamericano de la Juventud (La Habana, 1960). Durante su vida Sánchez Rebolledo permaneció fiel al legado de la Revolución cubana, pero su espíritu crítico le hizo reparar en sus errores (y horrores) y su vocación política lo mantuvo a resguardo de la violencia revolucionaria. El estudiante de antropología, periodista de oficio, poeta aficionado, y activista en 1968, no buscó atajos por medio de las armas, concentrándose en la construcción paciente, tediosa y poco atractiva de organizaciones (estudiantiles, partidarias, sindicales) que disputaran la hegemonía estatal a los grupos dominantes. En esto estuvo más próximo a Gramsci que al “Che” Guevara; por eso asumió la bandera democrática cuando apenas era visible dentro de la familia de la izquierda, desatendida por la derecha e irrelevante para el régimen.

Ahora bien, el significado de la democracia para Sánchez Rebolledo —como para sus compañeros y amigos Carlos Pereyra, Arnaldo Córdova y Rolando Cordera— no se agotaba en la noción liberal circunscrita a la esfera política, poseía además un contenido social emparentado con la socialdemocracia. No en balde la incorporación de varios de ellos con Fito por delante al círculo de Rafael Galván, el líder obrero que trató de deshacer los nudos corporativos en el sindicato mayoritario de electricistas. También, como consta en sus contribuciones de los jueves en La Jornada (iniciadas en 1988, en relevo del “Tuti" Pereyra, fallecido ese año), Sánchez Rebolledo vinculaba la democracia con la equidad social, de manera tal que aquélla sólo podía existir cabalmente si los ciudadanos tenían las condiciones materiales básicas para el ejercicio de la facultad de elegir. No olvidó tampoco que la coacción se ceba en la necesidad.

Otra línea que atraviesa la reflexión política de Sánchez Rebolledo es la del nacionalismo, o más precisamente lo “nacional-popular” caracterizado en los setenta por el sociólogo boliviano René Zavaleta Mercado. La tesis básica es que la defensa de la nación —“disputa” la llamaron Rolando Cordera y Carlos Tello cuando despuntaba el programa neoliberal— corre a cargo de las clases populares frente a élites que pugnan por una integración subordinada a los centros de la economía mundial. Este planteamiento pugnaba por una alianza de las clases subalternas con el capital nacional y con los sindicatos corporativos (ligados al Estado) para conformar una fuerza que resistiera a la globalización, cuando menos en los términos asimétricos esbozados al comenzar los ochenta. Al mismo tiempo, y esto es fundamental en la perspectiva de Sánchez Rebolledo, cualquier tentativa modernizadora debería de incluir a los desposeídos y concebirse como un proyecto nacional soberano.

Hombre culto, de buena pluma y razonamiento claro, Sánchez Rebolledo no escribió mucho (aunque bien a bien no sabemos cuántos documentos redactó sin firmarlos con su nombre) y recopiló menos. No obstante, estuvo detrás de múltiples esfuerzos editoriales: las revistas Solidaridad (de los electricistas disidentes), Punto Crítico (de comunistas y sindicalistas), Cuadernos Políticos (la revista teórica de la nueva izquierda) y Configuraciones (publicación del Instituto de Estudios para la Transición Democrática). Participó en la fundación de Nexos en 1978, escribió en Excélsior y La Jornada, trabajó en la agencia Inter Press Service, fue editor en Era, dirigió el suplemento El Correo del Sur en La Jornada de Morelos.

La inquietud, que no la inconsistencia, lo hizo transitar por buena parte del espectro de la izquierda. Comenzó en el Partido Comunista y terminó en Democracia Social —fundada por el antiguo comunista Gilberto Rincón Gallardo— deteniéndose en las estaciones del Movimiento de Acción Popular, el Partido Socialista Unificado de México, el Partido Mexicano Socialista y el Partido de la Revolución Democrática, del cual desertó por el liderazgo autoritario de Cuauhtémoc Cárdenas. Pero el desánimo ante la deriva caudillista del agrupamiento mayor creado por la izquierda en toda su historia —después de las fusiones sucesivas que experimentó en la década de 1980 y en las que Sánchez Rebolledo fungió como negociador diestro— no lo condujo a fugarse hacia el pri ni tampoco lo sedujo el voto útil que llevó a la derecha a la presidencia de la República. Pensó y luchó por la democracia desde la izquierda, de las jornadas estudiantiles de 1968 hasta su muerte. Como dijo alguna vez “somos lo que hicimos y pensamos, incluyendo los sueños de otros tiempos y el derecho a cambiar sin traicionarnos”. Descanse en paz.

 

Carlos Illades
Historiador. Profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la UAM-Iztapalapa. Es autor de La inteligencia rebelde. La izquierda en el debate público en México 1968-1989 (Océano, 2012).

 

2 comentarios en “Adolfo Sánchez Rebolledo, la izquierda que se fue

  1. todo esta bien excepto la lastimosa perspectiva del sueño democratico, en el que ha salido redonda una solucion redonda para el 1% de la poblacion que ha concentrado toda nuestra riqueza, a ellos si les ha salido la bandera democratico, a nosotros los mortales de a pie, no nos ha salido ese discurso. Mas nos valia el discurso autoritario de Castro y de Cardenas que andar con tanta jalada democrática, insulsa oportunista y corrupta. Y lo de autoritario lo dice usted no yo, que quede claro

  2. No logro ver de dónde saca Eduardo Raya ese “1 por ciento de la población que ha concentrado toda nuestra riqueza”. ¿Hay una riqueza que es suya, de él, y le fue robada? ¿Con poco más de un millón de mexicanos concentradores se sostienen centenares de centros comerciales lujosos, hoteles, restoranes y vida nocturna? O con una amplia clase media en la que hasta los campesinos de Ayotzinapa usaban sus celulares para pedir ayuda a su escuela.
    No veo cuál sea la “jalada democrática, insulsa, oportunista y corrupta”. Creo que son términos contradictorios, pegados sólo con afán de quedar bien consigo mismo.
    ¿Y no hubo ningún corrector que le pusiera acentos y comas? Me resultó incomprensible eso de “Mas nos valia el discurso”, hasta que traduje a la tercera lectura: Ah, quiso decir “Más nos valía” y no “Pero nos valia”