Adolfo Sánchez Rebolledo, Fito (1942-2016), vivió los últimos quince años posando la vista en su magnífico jardín de Jiutepec, Morelos. Algunos árboles frutales, bugambilias, uno que otro rehilete de vivos colores, rocas y una alfombra siempre verde eran su horizonte inmediato. Escogió aquel terreno por el frondoso árbol que lo coronaba. Pero a la vez, la inteligencia y la mirada intelectual de Fito siempre estaban posándose más allá, viajando por otras partes, visitando distintas regiones, fuera en los recovecos del drama de la violencia criminal en Guerrero, en el desencanto de la política y el retroceso del Estado de bienestar en Europa, en los nunca definitivos avances de la izquierda en América Latina, en los rebrotes autoritarios o xenófobos aquí y allá y, por supuesto, en todo lo que tuviera que ver con las desventuras de la frágil y maltrecha democracia mexicana.

Fito siempre fue un intelectual —aunque supongo que con una sonrisa burlona se sacudiría ese título— cosmopolita, riguroso en su autoformación y en su información, interesado en los más diversos asuntos y por tanto siempre de conversación y pluma interesantes, abierto a nuevos temas y puntos de vista, al tiempo que firme en sus convicciones y principios éticos y morales. Basta leer sus artículos en La Jornada de todos estos años para comprobar la vastedad de los asuntos que despertaban su curiosidad que, con mucha frecuencia, eran el motivo de sus hondas preocupaciones. También vale una ojeada al suplemento que dirigió los últimos lustros, El correo del sur en La Jornada de Morelos, para constatar cómo indagaba y traía textos sobre el acontecer político en América del Sur, Grecia, España o Rusia, y cómo identificaba con la familiaridad del lector sistemático de mucho tiempo artículos clave de pensadores y escritores contemporáneos de muy diversos rincones del mundo. En la mente de Fito cabía una mesa de redacción completa, la plenaria de un comité editorial.

Por eso era tan disfrutable ir a visitarlo, o descolgar el teléfono para que corrieran minutos y horas en el fluido ritmo de su rica conversación; por eso no se lo dejará de extrañar nunca.

De Fito tengo y recreo anécdotas y enseñanzas, las que le aprendí leyéndolo y poniéndole atención, aunque más que dictar cátedra siempre quiso prevenir, hacer notar una consideración, compartir una reflexión. También en eso, en la forma de discutir y debatir, fue Fito siempre un demócrata: jamás se faltó al respeto acudiendo al argumento de autoridad —ay, tan común en algunas de las figuras pretendidamente demócratas que inundan los espacios mediáticos— para fijar su opinión, para darle sostén a sus argumentos, para restar validez al dicho del otro. Se cuentan por centenas los artículos que Sánchez Rebolledo escribió para revistas y diarios, pero en toda esa obra periodística no se puede localizar un ataque personal, una argumentación ad hominem. En eso Sánchez Rebolledo tiene su lado de Quijote, que libró sus batallas intelectuales y políticas con la nobleza de un caballero, nada más en lances que consideró justos y a los que acudió solo con armas en regla, sin que ello impidiera que la indignación, el desprecio o la rabia acudieran a él cuando se encontraba ante hechos y conductas que le resultaban, simplemente, inaceptables.

Solo un maniqueo no podría entender que Adolfo Sánchez Rebolledo fue un demócrata tolerante como político a la vez que un marxista convencido como estudioso de su tiempo y entorno. Me refiero al marxista que hace del ejercicio de la crítica de la realidad social, económica y política el eje de su trabajo intelectual. La miseria, la pobreza, el atraso y sus reversos, el abuso, la opulencia y la concentración de la riqueza despertaron pronto su indignación moral, motivaron su comprometida participación política en la izquierda y el incesante ejercicio de un periodismo independiente.

Adolfo Sánchez Rebolledo escribió también libros. El más reciente, La izquierda que viví abarca cuatro décadas de existencia política e intelectual, de causas e ideas. La combinación de pensador y militante, de intelectual y político, es un ave rara en el paisaje mexicano. Pero Fito, además, fue pilar y referente de una de las corrientes más ilustradas de la izquierda mexicana, la que hizo del reformismo una forma realista de participar en política reconociendo la existencia de otros y que convirtió a la apuesta democrática en un fin y un medio irrenunciables.

La inteligencia de Sánchez Rebolledo nutrió a la política y al periodismo desde la izquierda. Pero como hombre de convicciones y cariños inamovibles, también ejerció y desplegó su sabiduría en la amistad que entregó sin miramientos. Esa cálida manta de amistad que hoy, en el frío en que nos hunde su muerte, permite escribir.

 

Ciro Murayama