Somos los relatos que nos contamos…
y los que otros cuentan sobre nosotros

En el año 2012, con motivo de los setenta años de Adolfo Sánchez Rebolledo, sus amigos confeccionamos un pequeño libro dedicado a él. Se trató de una edición limitada, que contó con 25 colaboraciones y que titulamos Querido Fito. El siguiente fue mi texto.


Fito fue, para mí, primero una figura “mitológica” (bueno es una pequeña exageración): el director de la revista Punto Crítico. En aquellos años setenta, la revista irradiaba un enorme poder de atracción sobre todos aquellos que instintivamente nos declarábamos de izquierda, pero teníamos algunos resortes que nos alejaban de la ortodoxia comunista.

La empecé a leer desde su primer número (enero de 1972) y era, sin temor a equivocarme, un referente obligado para aquellos que iniciábamos nuestra incursión por los laberintos de la diversificada izquierda mexicana. Punto Crítico le seguía el pulso al acontecer nacional y lo observaba a través de un filtro peculiar: el de los valores de la izquierda conjugados con el seguimiento de las luchas que encabezaba esa corriente política entonces marginada del mundo institucional. Esa característica, intentar seguirle el pulso a las movilizaciones de los trabajadores, los estudiantes, los campesinos, otorgándoles un sentido más allá de lo inmediato, la hacían una publicación excepcional.

Era una revista seria, documentada, alejada del dogmatismo y que dejó su impronta en aquellos años. Y Adolfo Sánchez Rebolledo era el nombre que la representaba, que la encabezaba.

Lo conocí, sin embargo, en los afanes por construir lo que luego sería el Movimiento de Acción Popular (MAP). Y ahí reconocí, casi de inmediato, a un hombre formado, ilustrado, buen argumentador, sólido. Alejado de ocurrencias tenía y tiene un bagaje cultural que lo convertía en un militante singular: alguien para el cual la política es una actividad que adquiere pleno sentido si se le ubica en un marco valorativo –ético- que trascienda el inmediatismo y pueda proyectarse como capaz de construir un futuro más justo para todos.

Lo traté durante la etapa en que se encontraron el sindicalismo universitario y los electricistas encabezados por Don Rafael Galván. Una lucha que intentaba, más allá de reivindicaciones puntuales, desatar la fuerza contenida de los trabajadores organizados. En esa perspectiva era necesario crear sindicatos, democratizar los existentes, unirlos a través de grandes organizaciones nacionales (con autonomía a sus secciones), y tener, por supuesto, una política independiente.

Pero nuestra amistad se selló en el sinuoso proceso de unificación de la izquierda: del PSUM al PRD pasando por el PMS. Y en esa ruta lo vi y lo veo como un compañero y un maestro. Desde el momento de la fusión en el lejano 1981, quienes veníamos del MAP mantuvimos una red de relaciones, una especie de corriente, que se mantuvo a lo largo del PSUM. Y ahí fuimos afinando muchas de nuestros diagnósticos y posiciones. En ese ambiente de Fito aprendí que una política sin diagnóstico y sin horizonte es simple pragmatismo, pero también que la política solamente puede entregar sus frutos con el trabajo diario, con la militancia, con la organización.

Fito siempre se toma en serio lo que se asienta en los documentos de análisis de la situación o en los que proponen una determinada línea política. Sabe que la política genera identidad y que la misma tiene un enorme valor, tanto como fórmula para distinguirse de los otros, como para fijar las características de la opción que encarna en un determinado partido. Lo que se diga y haga no es secundario, es lo que acaba modelando lo que somos y pretendemos. Es capaz de observar y criticar la forma en que medios y fines se retroalimentan o chocan entre sí. De tal suerte que se encuentra a años luz de la cínica noción de que todo se vale con tal de conseguir lo que se quiere.

Fito realizaba tareas en el periódico del Partido, donde intentaba que sus contenidos pudieran de alguna manera ilustrar por lo menos a la militancia. Además tejió una serie de relaciones que me imagino de alguna manera mantiene hasta ahora. Es el caso de los compañeros de la Montaña de Guerrero, que entonces encabezados por Othón Salazar, tenían una presencia importante en aquella zona. Fito fue a Alcozauca varias veces y participó en marchas y mítines. Pero si mal no recuerdo algo similar hizo en Morelos, Chiapas y Chihuahua. Era y quería ser un militante.

Pero hubo un largo momento, en los últimos años del PSUM, con la creación del PMS y luego del PRD,  que quedamos como náufragos en medio del mar. La red MAP se fue desintegrando a lo largo del proceso unitario de la izquierda, y en uno de los últimos botes quedamos en el consejo nacional del PMS Pablo Pascual, Fito y yo. Es, creo, la época de nuestro mayor acercamiento. Máxime que en las oficinas partidistas los únicos del MAP que quedamos fuimos Fito y yo.

Recuerdo con especial gusto nuestras comidas en el restaurante Hipódromo, donde Fito era convertido por los meseros en Don Adolfo. En nuestras charlas aprendí más que en los cursos universitarios y mucho más que en los largos y laberínticos debates que entonces se suscitaban en la izquierda. Fito es un conversador excepcional: elocuente, enterado, buen narrador, con unos gramos de malicia, que no necesita de mucho para contar y contar y contar. Sabe o intuye que la conversación es uno de los logros civilizatorios más relevantes, que es la fórmula natural de encuentro entre dos personas, pero que además a través de las historias que nos contamos forjamos una especie de tela de araña que nos acaba atrapando. Porque somos en buena medida los relatos que nos contamos y que otros cuentan sobre nosotros.

De aquel periplo por el proceso unificador de la izquierda, recuerdo un episodio especial. Cuando ambos intentamos ser diputados federales postulados por el PMS. Fue en 1988. Hasta ese momento la izquierda no había logrado ganar ni un solo distrito uninominal por lo que la disputa verdadera era por ocupar los primeros lugares de las listas plurinominales. A nosotros nos tocaba contender por la circunscripción que integraban el Distrito Federal, Puebla y Tlaxcala.

Nuestra “corriente” había logrado que a través del PSUM llegaran a la Cámara de Diputados primero Rolando Cordera, Arnaldo Córdova y Antonio Gershenson (1982), luego Pablo Pascual y Arturo Whaley (1985), y creíamos –ingenuamente- que ahora “nos tocaba a nosotros” (bueno, es un decir, un mal decir). No obstante, el “MAP informal” realmente se había convertido en una micro corriente a lo largo de los años. En el PSUM fuimos una de las cinco organizaciones que le dieron vida y sustento a ese partido, pero en el PMS, que había sumado al PSUM cuatro nuevas organizaciones, nuestro peso real era mínimo.

Aun así nos inscribimos a la contienda. Hicimos campaña juntos. Nuestra propaganda tenía los rostros y los nombres de ambos. Fuimos a los tres debates programados: en el D.F., Puebla y Tlaxcala, y en los tres nos dejaron plantados. Aun así, el día de la elección los resultados no parecían malos. En el D.F. y en Tlaxcala obteníamos una votación que quizá nos hubiera permitido estar entre los primeros lugares de la lista, pero de repente llegó la información de un pueblo enclavado en la sierra poblana donde habían votado alrededor de cinco mil personas (creo que el Partido no obtenía ahí ni 40 votos), y nos habían barrido. Cuando llegamos a la asamblea electoral, donde se formalizarían las candidaturas del partido, las palabras “irregularidades”, “fraudes”, “trampas” se repitieron una y otra vez. Observamos resignados nuestra derrota.

Por otro lado, no es casual que Fito siempre haya estado involucrado en proyectos editoriales. Director de Punto Crítico, en una etapa de Solidaridad y hoy de El Correo de Sur (que como dice Federico Novelo es un suplemento de primer mundo en un periódico de tercer mundo), además fue subdirector de Así es y si mal no recuerdo de La Unidad órganos partidistas. Como buen heredero de una tradición que arranca en el siglo XIX, la de los socialistas utópicos, que ponía un acento especial en la educación de los trabajadores, Fito cree que la política sin reflexión tiende a secarse, y que esa reflexión debe encontrar una salida eficaz a través de los medios. Por ello también a lo largo de los años acompañó a Rolando Cordera en la planeación, producción, grabación de los programas televisivos de Nexos. Un consistente esfuerzo por llevar al auditorio más amplio posible los debates que marcaban la vida política, económica y social del país.

Fito fue y es –para mí– una voz y una referencia obligada. Pero por encima de todo Fito es (mi) amigo. Bajo su humor corrosivo, sus agrios desplantes de maledicencia, es un hombre al que siempre da gusto ver y oír.  Una presencia que hace más vigorosa, más interesante, más colorida eso que de manera rutinaria llamamos vida.

Salud por los primeros 70 años.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es La democracia como problema (un ensayo).

 

Un comentario en “Cuando Fito cumplió 70 años