Los Ángeles nunca me pareció tan mexicana como cuando, en el pasillo de los “productos hispanos” de un supermercado, entre figurines de San Juan Diego y la Virgen de Guadalupe, las veladoras de la Santa Muerte se ofrecían por 20 dólares. Si algo se puede asegurar de este ecléctico Estado mexicano es que siempre ha caminado rodeado de simbolismos religiosos, como el estandarte de la Virgen que en manos de Hidalgo y Morelos movilizó masas que se unieron para formar al país. Pero México, además de dioses etéreos, se ha encargado también de producir deidades alternativas en forma de hierbas o químicos. Como resultado se ha convertido en hogar de varios grupos de narcotraficantes que, por medio del simbolismo religioso, han creado un marco de congruencia para una violencia que ya estaba allí. Algunos usos de estos símbolos se encuentran muy bien relatados para Colombia en “La virgen de los sicarios”, de Fernando Vallejo, entre otras cosas con los escapularios que los asesinos utilizan en devoción a la Virgen Auxiliadora; y en México en las canciones compuestas para figuras santas como Jesús Malverde en el norte de México, o los tatuajes de la Santa Muerte y la aparición de nuevas organizaciones con tintes místicos como los Caballeros Templarios. La necesidad del narcotráfico por cruzar la mercancía por las fronteras ha llevado a la creación de impresionantes obras de ingeniería y al uso de modernísimas tecnologías; por qué no pensar, entonces, que a ciertos grupos también les alcanzara para incursionar en el mercado de los dioses.

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La falta de unión de la sociedad es una explicación parcial pero innegable de la violencia; la marginación, la desigualdad económica y el abandono social tienen una gran responsabilidad en el engrosamiento de los grupos criminales. No es de extrañar que muchas de las regiones más influenciadas por los narcotraficantes hayan estado proverbialmente olvidadas por las élites políticas, económicas y religiosas tradicionales. Esta negligencia ha llevado a muchos a tener como esperanza e inspiración a los narcotraficantes y su papel de héroes comunitarios, a pesar de que el oficio sea un crimen. Pero el narcotráfico es, antes que nada, un negocio, y quizás el aspecto gregario que le otorga añadir una identidad religiosa a su quehacer ha generado un sentido de comunidad que anteriormente llenaban instituciones como la iglesia católica.1 La vida pública de muchas comunidades ha encontrado refugio en estas sociedades religiosas que conectan con propios y ajenos a quienes se reconoce con nombres y se les puede pedir favores. Estos lugares de culto que se han convertido en formadores de sociedad civil donde el creyente existe en un espacio más grande que el simple “yo”. Quizás eso explique que, en su sistema moral, la unión con el grupo inmediato sea más importante que el entendimiento de la humanidad como un valor en sí.

De igual forma, el preocuparse por otros dentro del mismo grupo y proveer de bienestar no solo espiritual, sino material, es otra función de estos nuevos espacios de culto. El abandono del concepto de comunidad encuentra también algo de culpa en los partidos políticos que, lejos de acercar los asuntos públicos y a los gobernantes con la ciudadanía, se han encargado de formar, en la psique mexicana, una imagen negativa de la política. (La segunda fuga del Chapo es ejemplo, reciente y magnificado, del desprecio que siente la mayoría por la clase política frente a la popularidad in crescendo de los criminales.) Bajo esta ola de desilusión de las autoridades, el poder de los símbolos y el lenguaje mítico de la religión ha resultado ser una fuerza eficiente para motivar activismos sui géneris y llenar el vacío social. Por ejemplo, el líder de La Familia Michoacana, Nazario Moreno González, “El Más Loco” o “El Chayo”, estaba particularmente en contra de un gobierno ya impopular, así que argumentaba que, con el apoyo de la comunidad, La Familia Michoacana detendría al crimen y protegería a la gente de la inseguridad generada por la guerra contra las drogas. En muchos relatos se describe al grupo como una estructura eficiente en temas de política, financieros (¡Hasta proporcionaban seguros de vida a las familias de sus soldados caídos!), de servicios de infraestructura, seguridad y policiales. El liderazgo carismático de Moreno inspiraba un compromiso en sus participantes y era capaz de coordinar acciones insurgentes al definir la situación de la gente como innecesariamente injusta y susceptible al cambio. Además, cuando Moreno fue declarado muerto por la Policía Federal en 2010, se convirtió en una figura sagrada para muchos y actualmente es reverenciado en sus capillas.2 “El Chayo” tiene, incluso, sus propias oraciones: “Protector de los pobres, caballero de la gente, San Nazario, danos vida, danos más trabajo y salud, abundancia en nuestras manos, bendice a nuestra gente”.3 Posteriormente surgiría el cartel de Los Caballeros Templarios, que continuaría con la retórica cristiana-revolucionaria de La Familia, proclamando 53 mandamientos para justificar su causa.4 Y, paralelamente, la devoción a la Santa Muerte –vinculada al grupo de los Zetas– ejemplifica la sed de justicia de muchos, pues su figura es la más igualitaria de todas: se lleva a ricos y pobres, a jóvenes y ancianos; nadie se le escapa.

Algunas de estas organizaciones criminales han aprovechado los símbolos religiosos para proporcionar una narrativa con recursos icónicos y rituales en la construcción de sus identidades colectivas. De esta forma, ciertos narcotraficantes no sólo se conforman con el control de las plazas, sino que también quieren el de las almas, quizás porque la experiencia les ha indicado que llenar las filas de sus soldados con argumentos supra-naturales resulte más barato y duradero que a plata o plomo. En un mercado donde matar es fácil, la formación de nuevas identidades les ha llevado a afirmar las distinciones de otros grupos competidores; el sentido de pertenecer a su comunidad justifica deshumanizar a quienes no lo hacen, principalmente rivales o autoridades. Así, hay quienes utilizan la religión como una ideología o en "términos de nosotros contra ellos”; el sentido religioso, de este modo, provee de legitimación a las decisiones para deshumanizar al “otro” pues sirve como apoyo para permear la responsabilidad individual.

En ocasiones, también, más que para creer en otra vida, la guía ideológica que provee un acercamiento religioso consiste en darle sentido a la presente. La entidad espiritual, entonces, funge como aval, como una autoridad que no sólo define una creencia sino también un comportamiento para regir el hoy. Nazario Moreno, después de vivir encarcelado en Estados Unidos por delitos relacionados con las drogas, regresó a México inspirado en las enseñanzas evangelistas y redactó una especie de evangelio que era proporcionado a los soldados de La Familia.5 Y, de ir en contra del uso de la droga en Michoacán, siguieron los seminarios y retiros motivacionales de adoctrinamiento para nuevos seguidores, para después conglomerar parafernalia religiosa como crucifijos y brazaletes hechos de rosarios, e instaurar su “justicia divina” con inscripciones religiosas expuestas en mantas sobre carreteras y anuncios en los periódicos donde explicaban sus acciones como “buenos cristianos”.6 El grupo encontró lealtades en las familias al rehabilitar a sus adictos e, incluso adquirió, por medio de promesas evangélicas que mermaban las personalidades y generaban soldados religiosamente sobrios, a algunos de sus miembros en centros de rehabilitación.7

En muchos de los casos de violencia relacionada con los ejércitos del crimen del narcotráfico, los cultos religiosos han sido utilizados para dar sentido tanto a la matanza como a la vida. En una sociedad donde todo está en peligro, lo único que resta es rezarle a cualquier santo disponible. Este tipo de teologías e ideologías tienen sus orígenes en el miedo; por lo tanto han moldeado a sus deidades de acuerdo a sus propias necesidades. Como ejemplo la Santa Muerte: una figura clandestina y ambigua que protege a los olvidados y a los perseguidos. En tiempos recientes se ha convertido en el icono para marcar territorios de grupos criminales como los Zetas;8 y, al igual que con la Virgen de los Sicarios, algunos de sus alabadores le rezan para que les salve la vida o les conceda la muerte de sus enemigos. The Economist sostiene que el culto, autonombrado Iglesia Católica Tradicional México-Estados Unidos, Misioneros del Sagrado Corazón y San Felipe de Jesús, cuenta con más de dos millones de seguidores alrededor del mundo9 y fue registrado en 2003 como asociación religiosa por la Secretaría de Gobernación (para ser retirado de la lista dos años después).

En México la muerte es un asunto de fervor desde siempre: calzadas, días feriados y hasta el pan no dejan lugar a dudas. Por lo tanto, con la creciente violencia, inseguridad e inestabilidad, no es una sorpresa que muchos hayan buscado refugio en una figura poderosa que ayude a darle sentido a la vida: la Santa Muerte. De igual forma, el culto de Jesús Malverde, o el bandido generoso, como se le conoce, creció con una mercadotecnia notable, casi cercana a las ventas iconográficas de la Virgen de Guadalupe. Los narcocorridos, por supuesto, han caminado de la mano con su popularidad. Igualmente, los seguidores los llevan tatuados o los veneran en capillas y altares improvisados, generalmente donde algún seguidor ha muerto. El caso de La Santa Muerte (o, como algunos la llaman con cariño, “La Señora”, “La Niña”) no sólo mezcla un sincretismo religioso sino que, además de unir en su credo a criminales y delincuentes,10 también congrega a policías y militares que le piden bendiciones junto a niños y ancianos a través de las fronteras (las veladoras de 20 dólares en supermercados de Estados Unidos son prueba tímida de esto).

Algunos analistas han argumentado que detener la guerra contra las drogas y acercarse al problema con políticas descriminalizadoras es una buena idea para acabar con los fanatismos o los comportamientos extremos. Además, como en muchos de estos casos, el uso de la religión para justificar la violencia relacionada con las drogas encontrará sus límites con instituciones democráticas fuertes. Sin embargo, a pesar de que muchos de estos cultos religiosos se practican voluntariamente en secrecía, la exclusión involuntaria de los sistemas institucionales formales (jurídico, de bienestar y económico, entre otros), no sólo deja en entredicho sino obsoleto al contrato social democrático mexicano. Aún más cuando el Estado de derecho es cuestionablemente caprichoso y no es necesario el beneplácito de la ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público para operar un culto. El número creciente de denominaciones religiosas (legales o ilegales), y de “mártires” indulgentes que proveen un marco que justifica las actividades violentas, debería ser una llamada de atención para instalarnos en un sentido superior de comunidad. Lo que han demostrado muchas de estas organizaciones criminales es eso, que saben organizarse bien, ya sea con incentivos espirituales, materiales o coercitivos.

Sin embargo, a pesar de que se ha visto que atacar a los carteles desde arriba y con plomo ha resultado en pulverización y más violencia, un cambio de paradigma parece lejano. Quizás, entonces, lo que se necesite sea recomponer el tejido social y volver a firmar un contrato desde las bases, con mayor empatía y menos pólvora. En una sociedad tan desigual como la mexicana, una forma de hacer país, además de tratar de equilibrar el terreno de las oportunidades, es por medio de la cultura, que permea clases sociales. La identidad puede adquirirse de origen o se va construyendo; los símbolos ayudan a reforzar estos trozos de uno y por eso no debería resultar extraño que en Los Ángeles se encuentren figurines de la Virgen o de la Santa Muerte pues hay una colectividad que se está construyendo por medio de estos atajos. Pero la identidad no sólo es asunto de tachar casillas en cuestionarios (género, nacionalidad, religión); es también transcendental para la vida pública pues la auto-percepción moldea el comportamiento. Hay un compromiso cuando se ve al otro como parte del grupo al cual pertenecemos, cuando hay afinidades entre ambos. Difícilmente en la polarizada sociedad mexicana actual se pueden encontrar correspondencias, las distintas circunstancias, particularmente económicas, que nos sitúan en variados percentiles, hacen que encontrar identidades entre habitantes de San Juan Tepeuxila en Oaxaca y de la Delegación Benito Juárez del Distrito Federal sea complicado. De esta forma, los medios de comunicación y la sociedad no quedan inmunes y también tienen la responsabilidad de generar un cambio de mentalidad conciliatorio que signifique dejar de vernos en términos de buenos y malos. Hay delitos, delincuentes, crímenes y criminales; los juicios de valor sólo suman a las divisiones y, pertenezcamos o no a cultos y religiones varias, lo que le urge al país es generar comunidad y empatía: no tanto por patriotismo sino por humanidad, la comunidad mexicana necesita retomar metafóricamente su nombre constitucional: Estados Unidos Mexicanos.


1 México ha sido un país tradicionalmente católico, sin embargo la identificación con el catolicismo ha declinado considerablemente en las últimas décadas; de acuerdo a datos del Inegi, en la década de los setentas había un 96% de la población registrada como católica, y para la segunda década del siglo XXI la cifra es de 80%. Los retos para la Iglesia Católica parecen inmensos, no sólo por la pérdida de fieles, sino también por los escándalos de “narcolimosnas” y porque, para muchos, la doctrina católica se entiende como un sistema de indulgencias donde perdonar pecados bajo la premisa del arrepentimiento es ley preponderante, a pesar de que, de acuerdo al Vaticano, la producción clandestina y el tráfico de drogas sean consideradas prácticas escandalosas.

2 William Finnegan, “Silver or Lead”, The New Yorker, 31 de mayo, 2010 y Michael Weissenstein, “Mexico’s Knights Templar Cartel Rules Michoacán State 6 Years After Start Of Drug War”, The Huffington Post, 2 de noviembre, 2012.

3 Ximena Moretti, “En la muerte, ‘El Chayo’, fundador de LFM, emerge como un ‘narcosanto’”, Agorarevista, 17 de Octubre, 2012.

4 Ioan Grillo,“Saint, knights and crystal meth; Mexico’s bizarre cartel”, Reuters, 18 de julio de 2012.

5 Moreti, op. cit.

6 Finnegan, op. cit.

7 Ibid.

8 Robert J. Bunker, “Santa Muerte: Inspired and Ritualistic Killings”, FBI Law Enforcement Bulletin, 8 de febrero, 2012.

9 The Economist, 7 de enero, 2010.

10 En 2011, David Romo, el líder del culto, fue arrestado junto con varios seguidores por presuntos cargos de secuestro y lavado de dinero. Además, se supo que entre sus devotos estaban Daniel Arizmendi López, el secuestrador conocido como el Mochaorejas, y Gilberto García Mena, capo del Cártel del Golfo.