26/11/1982: Mi esposa me pidió muy en serio que, por favor, no se me ocurriera fumar durante la entrevista. “¿Y si él fuma?”. Ambos nos referíamos a Heinrich Böll, a quien siempre llamé “Don Enrique” de la manera más entrañable, y a quien ya le habían operado poco tiempo atrás, en una pierna, para sajar daños debidos a su fumadera impenitente. Mi esposa, como la mejor Alemania en pleno, deseaba que Böll dejase de fumar.

Yo había estado hablando días antes con su hijo René, el director del pequeño y aguerrido sello editorial Lamuv, haciendo hincapié en que su padre ya no concedía entrevistas y me parecía muy bien, porque tendría que estar harto, y con harta razón: “Pero Don Enrique es uno de los pocos escritores europeos que sabe algo, y que lo sabe a fondo, de América Latina y de la literatura de ese continente. Y nunca se le ha hecho una entrevista sobre esos temas, ¿no te parece que es una pena que no quede reflejo de lo que él piensa sobre ellos?”. René estuvo de acuerdo conmigo y me prometió hablar con su padre al respecto. Un par de días más tarde me llamó por teléfono a la redacción y me preguntó: “¿Puedes venir el viernes a casa, a eso de las seis de la tarde, con una grabadora? Mi padre está de acuerdo en hacer esa entrevista”.

Conmigo, aquel viernes, en el despacho de René, mi compañero uruguayo César Salsamendi, que se iba a hacer cargo de la grabación, para que yo pudiera concentrarme en la entrevista. No me dio tiempo a pedirle que no prendiese su Gauloise porque en ese preciso instante llegó Böll… con un cigarrillo prendido entre los dedos. Mentalmente me disculpé ante mi esposa y encendí el mío.

 

A la tercera, pues, había sido la vencida. Porque ya estuve muy cerca de Böll en dos ocasiones. La primera fue en el transcurso del tradicional garden party que, cada varios veranos, organizaba su editorial, Kiepenheuer & Witsch, en su sede del aristocrático barrio coloniense de Marienburg.

Estaba fresca la edición de la última novela publicada hasta entonces por Böll, Asedio preventivo, y la crítica se había ensañado con ella, (mal)tratando a Böll como si fuese un principiante. Víctor Canicio, quien tradujo esa novela al castellano con una calidad lingüística y un mimo que pocas veces se dan en nuestras latitudes, me encasquetó su magnífica cámara fotográfica y me pidió que le hiciese una foto con Böll cuando se acercase a él para pedirle que le firmara el ejemplar de Fürsorgliche Belagerung —título original de la novela— que manejó durante la traducción. Recuerdo todavía la mirada bondadosa, pero ahíta de fotógrafos, que Don Enrique me dirigió cuando hice las fotos.

(Breve inciso: Batallé mucho con Canicio y la editorial española a propósito del título Asedio preventivo; como ya conocía la novela en el original, propuse que se titulara en castellano Para protegerte mejor, porque al protagonista le pasa lo que a Caperucita, que el lobo —la policía— se le enquista en la casa, so pretexto de que así podrá protegerlo mejor; y lo de Fürsorgliche Belagerung en alemán es perfecto, pero no me parece que muchos lectores hispanoamericanos se encandilen con eso del Asedio preventivo. Sólo que no me salí con la mía, y cierro el inciso.)

Aquella mirada se repetiría meses más tarde, en la casa de su hijo René, durante una pequeña fiesta más o menos íntima con motivo del lanzamiento por su editorial de la traducción alemana de un libro bellísimo, Por qué se fueron las garzas, del ecuatoriano Gustavo Alfredo Jácome. Acudí allí antes de la fiesta, para hacerle una entrevista a Jácome, pero luego Carmen Alicia, la esposa quiteña de René, me dijo que por qué no me quedaba a tomar una copa. Me quedé, y al rato llegó Don Enrique en compañía de su inseparable Annemarie, su esposa, traductora, por ejemplo, de Salinger, Synge, Brendan Behan, Flann O’Brien, Malamud, O. Henry, Patrick White, Judith Kerr, Bernard Shaw, Dickens… Y antes de que tuviera tiempo de pensar una estrategia de acercamiento a ese hombre a quien ya quería y admiraba desde mi lejana juventud española, me encasquetó Jácome su cámara fotográfica y me pidió que le hiciera algunas fotos en compañía de Boll (sic). Tengo la impresión, pero no quiero “elevarla a definitiva”, como arguyen los leguleyos, de que Böll me miró de nuevo bondadosamente, pero aún más ahíto de fotógrafos.

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Doy un salto cronológico ahora, sobre la tercera vez (a la que volveré para ponerle punto final a este rosario de recuerdos), y rememoraré que nos encontraríamos varias veces más. Rescato aquí dos de ellas, unos momentos hermosos e irrepetibles por haber sucedido ambos de manera por completo inesperada.

Un día me dice Karl Julius Müller, un alemán guanche, más canario que el Teide, traductor de la poesía de Antonio Cisneros y las canciones de Daniel Viglietti, que el domingo anterior, en un mercado de pulgas, descubrió el rótulo de la calle donde estuvo el último domicilio coloniense del sempiterno errante Heinrich Böll: la Hülchrather Straße. Y como Böll acababa de cumplir los 65 años, Karl Julius (=Carlitos) sugirió que fuésemos a Bornheim-Merten, a la casa de René, para dejarle ese rótulo como regalo de aniversario a su padre. Lo hicimos, y mientras estábamos allí tomando el té, sin decir agua va, llegaron Annemarie Böll y Don Enrique, quienes venían regresando de un viaje de vacaciones, creo recordar que a Italia.

La charla duró hasta muy tarde, y el tema fue la reinstauración de la democracia en España, y ahí Don Enrique se sorprendió mucho cuando le hablé de mi infancia transcurrida durante el primer franquismo y los terribles años del hambre, donde todo andaba racionado (hasta el agua, hasta la corriente eléctrica, que se ahorraban en el ámbito doméstico para que no faltasen en la industria). No tenía Don Enrique conocimiento de lo que había sido el día a día en aquella España, y lo que sufrimos, y creo que se lo demostré al contarle cómo fue que uno de sus traductores al castellano, mi amigo Pepe Moral, me llamó una noche desde la costa de Granada para preguntarme qué es lo que quería decir el pregón del tío Fred en su relato homónimo. El tío Fred, al regresar del frente al final de la guerra, sacó todos sus ahorros de la Caja Postal, recorrió con su bici los alrededores de Colonia y compró todas las flores que pudo. Y al domingo siguiente, en medio de las ruinas de la ciudad, junto a la catedral, frente a la estación central, se puso a venderlas pregonando así su mercancía: “Blumen ohne, Blumen ohne!” (literalmente=¡Flores sin, flores sin!)… Pepe Moral quería saber qué significaba ese “sin”, y se lo aclaré por intuición: “¡Sin cartilla de racionamiento!”, porque las flores serían seguramente uno de los productos no racionados en la Alemania de la posguerra. Ese tío Fred, uno de los personajes más inolvidables salidos de la pluma de Böll, prosperó de tal modo con su negocio —un negocio que en principio parecía destinado al fracaso más absoluto— que en el momento presente, cuando se cuenta la historia, era el dueño de una cadena de floristerías.

Recuerdo asimismo que poco antes de despedirnos la conversación se centró sobre el tema del uniforme de paseo de los soldados (muy distinto al de fajina), y que Annemarie Böll reaccionó diciendo: “Pues yo no tengo ninguna foto tuya de soldado con ese uniforme de paseo”, a lo que Don Enrique le replicó mientras halaba del infaltable cigarrillo: “Claro, porque yo, lo primero que hacía al salir del cuartel, era vestirme de paisano”.

 

Y el segundo de esos momentos hermosos e irrepetibles tuvo lugar en el otoño de 1983.

Ese año vino a la Feria del Libro de Fráncfort del Meno mi amiga Hilde Moral, traductora al alemán de la obra periodística de García Márquez, y esposa de Pepe Moral, el fabuloso traductor de quien he hablado un par de líneas más arriba. Sobre el final de la Feria, decidimos Hilde y yo hacerle una visita a Víctor Canicio en su lujosa ermita de Heidelberg. Llegamos pues a la estación de Fráncfort y fuimos a retirar nuestras maletas de las respectivas consignas automáticas, que no sé si ahora siguen estando allí, pero entonces comenzaban justo al lado de la farmacia de la estación. Y delante de la farmacia estaba Annemarie Böll con un carrito cargado de maletas, y dentro de la farmacia Don Enrique. Iban de camino a Darmstadt, donde Böll tenía que pronunciar una conferencia al día siguiente, y al transbordar en Fráncfort constataron que habían olvidado en Colonia, en casa, las jeringuillas que él necesitaba para unas inyecciones diarias, regulares. La casualidad quiso que nuestro tren a Heidelberg fuese el mismo que el de los Böll a Darmstadt, y charlamos durante todo el trayecto, sobre todo Hilde con Don Enrique.

Lo que no olvidaré de este encuentro fue la indignación de él al salir de la farmacia, porque en ella, al mismo tiempo que a él (sin reconocerle, menos mal), habían atendido a un chico a todas luces drogadicto, vendiéndole el mismo tipo de jeringuillas… a doble precio. Ni puedo olvidar tampoco que cuando volvimos a subir al tren en Darmstadt, tras de haberles ayudado a bajar su equipaje y despedirnos de ellos, al regresar al compartimento donde habíamos viajado los cuatro juntos, la quinta persona que se encontraba en él nos miró con ojos relucientes y preguntó casi antes de que nos sentáramos: “¿Era ‘él’, verdad?”. Y sí, era “él”.

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Coda: Regreso a la tercera vez, la del 26/11/1982 y la entrevista en el despacho de René, su hijo. Horas duró, y entretanto había caído la noche sobre Bornheim-Merten y la charla con Böll se prolongaba, cigarrillo tras cigarrillo. Y de esa interviú me queda el recuerdo, además de lo que ya conté, de cómo muchas veces terminaba sus respuestas preguntando “¿Me comprende?”. Esa muletilla, a poco que uno se detuviese a pensar, no era otra cosa que una modesta confesión de impotencia para expresar lo que para él estaba más claro que el agua. Siempre con aquella mirada suya que el traductor de Asedio preventivo (y del Diario irlandés) calificó como “triste, solitaria, ingenua, de incomprendido”. Raras veces, en la historia de la humanidad, debe haber habido alguien que mirase, eso es verdad, con la inmensa tristeza que miraba Don Enrique.

Transcribo una parte del diálogo:

Ricardo Bada: En el volumen Mi libro de lecturas, usted dedica íntegramente el cuarto apartado a testimonios de la conquista del Perú, y al testimonio de Domitila, la minera boliviana, así como a tres autores contemporáneos de América Latina: Eduardo Galeano, Ernesto Sabato y Gabriel García Márquez. Vamos a concentrarnos en este último nombre, siquiera sea porque usted le precede diez años en el Premio Nobel, porque la editorial alemana de GGM es también la suya, y tercero, porque si usted lo incluye en su libro de lecturas predilectas debe de haber una razón poderosa para ello. ¿Cuál es la opinión que le merece la obra de García Márquez?

Heinrich Böll: La considero un fenómeno excepcional. Excepcional por cuanto en ella coinciden plenamente lo que llamamos compromiso y lo que llamamos poesía. Esa diferenciación tan específicamente burguesa entre literatura comprometida y literatura dizque pura, diferenciación que a mí me parece esquizofrénica, es algo que no existe para nada en la obra de García Márquez. Esto es lo que la hace excepcional, y para mí también es excepcional en el seno de la literatura latinoamericana. En los casos de Sabato, de Vargas Llosa, a quienes tanto estimo como autores, se puede percibir aún esa separación, una separación típicamente europea, entre literatura pura y literatura comprometida. En García Márquez está eliminada por completo, ambos elementos conforman una unidad, y en ese sentido configuran un mentís total a la separación de la literatura en literatura de uno y otro tipo. Eso me parece excepcional en él, porque él es total en ambas direcciones. Una figura sorprendente en la literatura.

RB: Usted, como autor, como creador, como escritor, ¿de qué manera percibe cómo es que García Márquez expresa ese compromiso, dónde lo percibe usted dentro de su obra?

HB: En su obra veo la expresión de un continente sufriente y doliente, enredado en absurdos. Esto no es compromiso en un sentido político superficial, sino realmente la voz de un continente que sufre, que ha sufrido, que es alegre, que es absurdo, todo lo cual lo pongo en relación con la historia misma del continente, historia que depende de la Conquista, de la evangelización, de la que yo calificaría como una terrible forma de transmisión del cristianismo, forma desafortunada, que no se logró. Quizá recién ahora (si considero algún que otro desarrollo de la iglesia actual en Latinoamérica) se produzca la evangelización, porque la Iglesia finalmente se da cuenta de que los poderosos y los ricos de esta tierra no necesitan ningún apoyo, ellos mismos son su propio apoyo. Y los cinco siglos de opresión, de dolor, de amargura y —¿cómo diría yo?— de astucia para mantenerse al margen de esa opresión, son lo que encuentro expresado en la obra de García Márquez. Es un producto de América Latina, no puede expresarla de otro modo, habría que hablar mucho de la historia y de todo lo que se ha platicado acerca del tema, y él, García Márquez, lo expresa de un modo que no podría ser más poético, y a pesar de todo (compromiso es una palabra muy tonta en este contexto) yo diría que es la voz de un continente, que lo expresa. También, me parece a mí, en El otoño del patriarca.

RB: El otoño del patriarca es posiblemente la obra de GGM que menos gusta a los lectores del mundo de habla española, y casi me atrevería a decir que es una obra de esas que ganan mucho en una traducción.

HB: Yo sólo puedo leerla en alemán, y puedo imaginarme que lo que irrita en el original es un cierto énfasis, tanto positivo como negativo. Pero, para mí, El coronel no tiene quien le escriba es una obra maestra perfecta. Y eso tiene que ver con la extensión, esto es algo que puedo decirle como autor. Cuanto más extenso se vuelva usted, posiblemente podrá expresar más, podrá… abarcar más —digámoslo así— de la historia, de los antecedentes. Pero una narración escueta tiene más posibilidades de convertirse en una obra maestra. Por ejemplo El viejo y el mar, de Hemingway, es literariamente superior, muy superior, a Por quien doblan las campanas. Leálas de nuevo y encontrará en ésta algunos pasajes pesados. Creo, creo, que tiene que ver con la extensión.

RB: Y yo creo que no hace falta ir tan lejos, a Estados Unidos, podemos quedarnos en Colonia.

HB: ¿Sí?

RB: Sí, El honor perdido de Katharina Blum también es una obra maestra.

HB: No lo creo.

RB: Bueno, eso no pasa de ser nada más que la opinión de usted.

(Nos reímos los cuatro, ¡pero qué desvergüenza la mía, me doy cuenta ahora, al transcribirlo!)

HB: En una novela como El otoño del patriarca hacen su aparición, necesariamente, un sinfín de figuras, el grupo se amplía y se amplía, llega uno, llega otro más, y ello da lugar a una pérdida de concisión. Supongo que en la pintura y en la música se podría argüir lo mismo. Habría que hablar largamente de ello, aquí nomás lo dejo apuntado. Pero El coronel no tiene quien le escriba es naturalmente algo increíble. Es también mi libro predilecto. Y también lo último, Crónica de una muerte anunciada. Pero El coronel… es todavía mejor.

RB: ¿Qué lenguaje le resulta más atractivo, el conciso, lapidario, de El coronel… o el barroco de El otoño del patriarca?

HB: Prefiero el de El coronel… Ahora he leído, además, un relato breve suyo, “El rastro de tu sangre en la nieve”, magistral. Y de nuevo el problema de la extensión. En una prosa tan breve usted no puede ponerse barroco, porque barroco es casi idéntico a profusión de palabras. Sí, la diferencia de lenguaje la he notado, y sin embargo gocé mucho con El otoño del patriarca.

RB: ¿Y qué me dice de Cien años de soledad, no es una obra maestra?

HB: También.

RB: Pero es bastante extensa…

HB: Cien años de soledad es una obra maestra a pesar de su extensión.

Cuando nos despedimos, sabiendo él que iba a encontrarme poco después con García Márquez, en Estocolmo (yo viajaría como enviado especial de mi emisora para cubrir la entrega del Nobel a GGM), y recordando que se habían conocido en el otoño de 1970 en esta misma Colonia, durante el lanzamiento de la traducción alemana de Cien años de soledad, me pidió que le llevara este mensaje: “Dígale que tengo diez años más, pero que sigo siendo el mismo”. Y era verdad, seguía siendo el mismo, el viejo Böll, mi Don Enrique, la más honesta voz de este país desmemoriado, un grandísmo lujo que Alemania se permitía… sin cartilla de racionamiento.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

4 comentarios en “Mis encuentros con Don Enrique
In memoriam Heinrich Böll

    • El valor de esa valoración (perdona la redundancia) es que la hace un Premio Nobel acerca de otro Premio Nobel de un ámbito cultural distinto. No es por cierto nada frecuente.

  1. ¡Qué hermosura, Ricardo! Felizmente, me quedan libros de don Enrique sin leer. Aunque, pensándolo bien, sus obras admiten y acaso reclaman la relectura.

    • Ojalá me quedasen libros de Böll por leer. Pero ya son al menos una docena los que llevo releídos, al menos una vez. Y uno al que vuelvo siempre es a “La colección de silencios del Dr. Murke”. Incluso tengo escrita, además, una continuación de “Opiniones de un clown”, mi cuento “La oración fúnebre”, que comienza justo en el momento en que concluye la novela de Böll. Por si te interesa, este es el enlace :
      http://www.elmalpensante.com/articulo/59/la_oracion_funebre