Casi medio siglo después de haberlos dado a conocer por primera vez, la editorial francesa Gallimard publicó en 2013 los Carnets de Albert Camus.1 En esta ocasión se trata de una asequible y cómoda edición en tres pequeños volúmenes. Actualmente, los lectores de habla hispana sólo tienen una opción para leer estos Carnets en su totalidad: recurrir a los volúmenes 1, 4 y 5 de las Obras de Albert Camus que José María Guelbenzu editó en 1996 con Alianza Editorial. A la espera de que Alianza publique por separado los volúmenes segundo y tercero en su colección de bolsillo de las obras de Albert Camus (el primero apareció el año pasado), en estas líneas trataré de dar una idea, necesariamente aproximada, del contenido de una obra de difícil clasificación, pero de enorme interés.

Comienzo señalando que los Carnets, casi 900 páginas en la edición de Gallimard que comentamos, cubren prácticamente toda la vida adulta de Camus; desde mayo de 1935, cuando tenía 21 años, hasta diciembre de 1959, apenas unos cuantos días antes de morir en el accidente automovilístico acaecido no lejos de Fontainebleau aquel 4 de enero de 1960. Los Carnets son una mezcla entre bitácora de trabajo y diario, una especie de taller literario y confesonario al mismo tiempo. En su carácter de diario (faceta que se intensifica notablemente en el tercer Carnet), estos cuadernos están llenos de intimidad; en su carácter de “bitácora” son una mina inagotable para todos aquellos interesados en el proceso creativo de la obra de Albert Camus. Además, los Carnets son una preciosa fuente para conocer sus lecturas, sus autores, sus obsesiones, sus manías y sus temores.

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En lo que concierne a su vida, en su sentido más fisiológico, los Carnets están sembrados de alusiones a la enfermedad que acompañó a Camus desde su primera juventud: la tuberculosis. Una enfermedad que le impidió alistarse durante la Segunda Guerra Mundial y que cada cierto tiempo le impedía hacer una vida normal, hasta el grado de que tenía que pasar temporadas en hospitales o centros de recuperación. Esta terrible y constante compañía parece no haber incidido, sin embargo, sobre dos aspectos que son inseparables de la imagen que tenemos de Albert Camus: su hábito de fumar y una vida amorosa muy “agitada”, por decirlo de alguna manera. Volveré a esta segunda cuestión más adelante; por lo pronto, refiero una entrada del 21 de marzo de 1941 que refleja esta faceta ambivalente de su vida: “Renunciar a esa servidumbre que es la atracción femenina”.2

En el primero de los Carnets, el que comprende de 1935 a 1942, hay varios temas que aparecen con relativa asiduidad. No deja de ser significativo que la primera entrada sea sobre la pobreza, un tema en el que cabe ubicar la fuente última de la solidez de su carácter y de sus convicciones más profundas: “Un cierto número de años vividos miserablemente bastan para construir una sensibilidad… Es en esta vida de pobreza, entre esta gente humilde o vanidosa, donde con mayor certidumbre he tocado lo que me parece el sentido verdadero de la vida”. Como cabe esperar, los temas más o menos recurrentes son muy diversos: el significado, valor y lugar del arte en su vida; la búsqueda de una felicidad muy terrestre (“Yo soy feliz en este mundo porque mi reino es de este mundo”); la vinculación que estableció desde muy temprano entre comunismo y cristianismo; su aversión a la simulación en todas sus formas; la relación que establecía a menudo entre el cinismo y la inteligencia; su repugnancia vital a todo aquello que él percibía como indigno y, para terminar, su afán por conectar con el prójimo (“Regla: buscar antes que nada lo que hay de valioso en cada hombre”). El trasfondo de todo lo anterior a lo largo de este Carnet es Argelia (“ma vraie patrie”, como escribió alguna vez): sus calles y su gente por supuesto, pero, sobre todo, sus playas y su mar. Esta patria africana, en la que los musulmanes están casi ausentes, es, antes que nada, esa pobreza, esa felicidad y esa sensualidad a las que recurrirá en su mente cada vez que las circunstancias se volvían adversas o que la vida citadina, más bien parisina, le resultaba insoportable (algo que sucederá con frecuencia).

Entre los motivos que recorren este Carnet (y los dos restantes) no puedo dejar de mencionar su profunda admiración y permanente conexión con el mundo griego. Por momentos esta admiración parece simplificar una cultura que, a los ojos de Camus, es inmaculada. En cualquier caso, fue la estrecha comunión de esta civilización con el mundo de los sentidos la que explica buena parte del atractivo que siempre ejerció sobre él. Esta sensualidad, tan presente en los primeros libros de Camus (El revés y el derecho, 1937; Bodas, 1939, y El extranjero, 1942) lo acompañaría toda su vida, aunque nunca se expresará tan líricamente como lo hace en los dos primeros libros mencionados. En cuanto a El extranjero, esta breve novela forma parte de esa trilogía absurda que Camus concluyó el 21 de febrero de 1941: “Sísifo terminado. Los tres Absurdos han sido concluidos”. Camus se refería aquí a la colección de ensayos titulada El mito de Sísifo, a la obra de teatro Calígula y a su novela breve El extranjero. En cuanto al sentimiento de “extranjería” respecto al mundo y a los demás que rezuma este libro, cabe mencionar que justamente durante el tiempo que Camus lo estaba redactando (primeros meses de 1940), el término aparece varias ocasiones en los Carnets, pero referido al aislamiento que sintió en París desde el primer día que puso un pie en la capital francesa. “…todo me es ajeno/indiferente [étranger]… Extraño [Étranger], quién puede saber lo que esa palabra quiere decir”. El mismo año que concluye el primero de los Carnets, 1942, aparece publicado El extranjero; el éxito es inmediato. Camus se convierte en una celebridad en plena guerra.

El segundo de los Carnets va de El extranjero a El hombre rebelde (1951). Es decir, del inicio de una celebridad fulgurante al extenso ensayo político-filosófico cuya publicación significaría el inicio de lo que se puede considerar la debacle de la reputación de Camus como intelectual público y, más importante aún, de una serie de adversidades personales de las cuales, me atrevo a decir, nunca supo o pudo superar. En cuanto a la celebridad referida, en octubre de 1945 Camus escribe: “A los treinta años, casi de un día para otro, he conocido la fama. No lo lamento. Podría haber tenido malos sueños más adelante. Ahora, ya sé lo que es. Es poca cosa”.

En este segundo Carnet siguen desfilando las lecturas de Camus y sus autores favoritos (entre ellos, Nietzsche, Stendhal, Dostoievski, Melville, Cervantes, Gide, Balzac, Tolstoi, Kafka, Goethe y Molière). Estamos ante el periodo más dinámico, por decirlo así, de la vida de Camus; al menos a juzgar por las lecturas que hace, por la curiosidad que manifiesta, por los proyectos que plantea y por la enorme vitalidad que subyace y que anima esta década de su vida. Son estos los años de su participación en la Resistencia, de su destacado papel como periodista en Combat, de la paternidad, de su magisterio periodístico-moral en la Francia de la posguerra, del dramaturgo exitoso (con Calígula en 1945; Camus amaba el teatro), de frecuentes tomas de posición y de acciones concretas frente a los acontecimientos políticos europeos provocados por la Guerra Fría (entre ellas su defensa de los republicanos españoles), de incontables eventos en los que participa como un intelectual requerido y aclamado por (casi) todos, de una vida social muy activa y, por último, de amoríos a diestra y siniestra.

En este segundo Carnet algunos de los temas ya apuntados siguen apareciendo: la creación artística; la belleza en todas sus formas (“Yo no puedo vivir fuera de la belleza. Es esto lo que me hace débil frente a ciertos seres”); el cristianismo y el marxismo; los griegos, por supuesto; la crítica a la sumisión en todas sus formas (“El problema más serio que se plantea a los espíritus contemporáneos: el conformismo”); su querido Nietzsche, sin duda el pensador al que más lee y a quien más admira; la moral, que no puede evitar, pero que le provoca una enorme desazón vital (“He intentado con todas mis fuerzas, conociendo mis debilidades, ser un hombre de moral. La moral mata”); la felicidad, el amor y la infelicidad; su lucha contra el cinismo (“Mi tentación más constante, contra la cual nunca he cesado de entablar un combate extenuante: el cinismo”).

Es posible identificar, sin embargo, un tema completamente nuevo: la noción de rebeldía. Desde diciembre de 1942, casi una década antes de la publicación de El hombre rebelde, Camus expresa la intención de escribir un ensayo sobre la rebeldía. El autor de El extranjero quiere dejar atrás la etiqueta de “existencialista” y pasar a otra cosa: “He invertido diez años en conquistar eso que no tiene precio: un corazón sin amargura. Y como sucede a menudo, una vez rebasada la amargura, la he encerrado en uno o dos libros. Así, seré siempre juzgado por esta amargura que ya no significa nada para mí. Pero eso es justo. Es el precio que hay que pagar”. En el origen de la rebeldía está esa conciliación entre libertad y justicia que es, para él, la condición sine qua non de una vida digna: “Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa entonces en todo”. En la medida en que sigue reflexionando sobre la rebeldía, Camus se percata de que ésta se opone a la idea de revolución que sus contemporáneos, especialmente la intelectualidad parisina de su tiempo (con Jean-Paul Sartre a la cabeza), emplean, propugnan y elogian sin medida. Aquí está el origen de esa otra noción que acompañará a Camus hasta el final de sus días: la mesura. Para él, Némesis era la diosa griega de la mesura, aunque, cabe anotar, lo era también de la venganza no puramente retributiva. En todo caso, en la rebeldía y en la Némesis que a él le sirve de inspiración, Camus encontró el antídoto y el símbolo contra la desmesura de su tiempo; básicamente, contra la apología y la legitimación del asesinato.

Es entonces cuando Camus empieza a desarrollar lo que será quizás el eje conductor de El hombre rebelde: la aventura de la inteligencia europea que comienza con el terror de la revolución francesa, continúa con Hegel y Marx y termina desembocando en la revolución rusa y, más concretamente, en el estalinismo. Esta aventura, nos dice, termina por matarlo todo. “Debo entonces declarar que no soy revolucionario —sino más modestamente, reformista. Un reformismo intransigente. En fin, todo bien sopesado, me puedo denominar rebelde [révolté]” (cursivas en el original). Ante la aquiescencia de sus contemporáneos, la rebeldía es para Camus el único camino. “La pasión más fuerte del siglo XX: la servidumbre”. El segundo Carnet se cierra el 7 de marzo de 1951. “Terminada la primera redacción de El hombre rebelde. Con este libro se cierran los dos primeros ciclos [el del absurdo y el de la revuelta; a los que debería seguir el ciclo del amor]. Y ahora, ¿puede la creación ser libre?”. La respuesta a esta pregunta se inclinaría hacia la negativa; Camus no podía sospechar la tormenta que estaba a punto de desencadenarse.

Llegamos así al tercero y último de los Carnets, el cual nos llevará hasta la antesala de la muerte de Camus. Una entrada de 1952 sienta el tono de todo este Carnet: “Lo que siempre me ha salvado de todos los abatimientos es que nunca he dejado de creer en eso que, a falta de algo mejor, llamaría ‘mi estrella’. Pero hoy, ya no creo en ella”.3 Una entrada de mediados del año siguiente es también muy reveladora: “Miedo de mi oficio y de mi vocación. Fiel, es el abismo, infiel, es la nada”. Las críticas que recibió El hombre rebelde, la ruptura con Sartre y el rechazo de gran parte de la intelectualidad francesa fue un golpe demasiado fuerte (“Esa izquierda de la que formo parte; pese a mí y pese a ella”). A esto hay que agregar una situación argelina que se descomponía aceleradamente, una tuberculosis que no daba tregua y el sufrimiento que sus infidelidades provocaron en su esposa Francine, quien intentó suicidarse. Si en el segundo Carnet Camus elogiaba, entre cínica e ingenuamente, la castidad, en el tercero la sensualidad que lo acompañó desde su juventud argelina se apaga. Ahora, Camus alega que Francine lo vacía de toda felicidad y se refiere a ella como mon chagrin (“mi pena”). En 1956 Camus publica su novela La caída; su protagonista es un hombre atormentado. Ni siquiera el Premio Nobel, que recibe en 1957, logrará animarlo realmente. En este tercer Carnet Camus vuelve obsesivamente al pasado, a Argelia, al padre que nunca conoció y a su madre, siempre silenciosa: “Nobel. Extraño sentimiento de abatimiento y de melancolía. A los 20 años, pobre, y desnudo, conocí la verdadera gloria. Mi madre”.4

Las últimas entradas, escritas en Lourmarin en diciembre de 1959, muestran a un hombre triste, deprimido, que anhela recuperar las ganas de vivir, que reconoce que es incapaz de amar y, más aún, que conscientemente provoca que los seres que lo aman se alejen de él. Los Carnets se cierran con estas dos oraciones: “Me acuso a veces de ser incapaz de amar. Tal vez sea cierto, pero he sido capaz de elegir algunos seres y de reservarles, fielmente, lo mejor de mí, hagan lo que hagan” (cursivas en el original). No obstante, el hombre que escribe esto en su cuaderno íntimo durante el que sería el último mes de su vida está redactando al mismo tiempo una novela, extraordinariamente evocativa y poderosa, cuyo manuscrito, inconcluso, llevaba consigo el día de aquel accidente mortal. Su título: El primer hombre. Como resulta evidente al leer el libro, este título se presta a interpretaciones diversas; todas ellas muy elocuentes respecto a los secretos más profundos y más dolorosos de su autor.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 La edición corrió a cargo de Raymond Gay-Crosier. Dejo el nombre de Carnets a lo largo de este escrito porque no se trata de Diarios (los Diarios de viaje de Camus son justamente eso y así han sido publicados) y el término Cuadernos, seguramente más apropiado, se presta a confusión, pues cada uno de los tres Carnets está subdividido en cahiers (es decir, “cuadernos”).

2 Ambivalente por la culpa que parecen haberle provocado sus repetidas infidelidades a partir de su matrimonio con Francine Faure, que tuvo lugar en diciembre de 1940. En cuanto a las traducciones, esta y todas las subsiguientes son mías.

3 Esta metáfora de una estrella personal protectora aparece en uno de los mejores cuentos de Camus, “Jonas o el artista trabajando”, incluido en El exilio y el reino, publicado en 1957.

4 Apenas dos días después de esta entrada, Camus escribe que, una vez más, quiere abandonar Francia… pero, se pregunta, entre desesperado y resignado: ¿para ir adónde? (p. 253).

 

2 comentarios en “Albert Camus en la intimidad de su taller creativo

  1. «Yo soy feliz en este mundo porque mi reino es de este mundo…». Pero la vida le arrebató imprevistamente su reino, sin pedirle permiso, mediante un trágico accidente automovilístico. En realidad su “felicidad” le duró una muy corta temporada. Toda su vida fue accidentada. Triste confesar que no sabía amar, lo que perjudicó enormemente a su esposa.

  2. La semblanza de un rebelde dentro del exitencialismo.

    No creo en la revolución sino en la reforma, soy profundamente reformista nos dice entre las lines del recorrido que se asoma a la íntimidad de Albert Camus, muy interesante éste recuento de algunas cosas del autor de la Peste y el Extranjero..