Conocí a Drago en una fiesta de la facultad. Detestaba ese tipo de reuniones, pero Helena me obligaba a ir de vez en cuando. Yo ya había atravesado aquellos trances: los maestros se quieren tirar a las alumnas, los alumnos quieren impresionar a los maestros y las alumnas se dan a desear para conseguir una plaza en el departamento. La fiesta era en casa de uno de los tutores de la maestría, así que al menos se podía beber en vasos de vidrio y ver muchos sacos de pana.

Drago apareció tarde, cuando ya todos estaban algo borrachos y drogados. Era una versión tropical del némesis de Rocky Balboa: alto, de rasgos tallados y pelo al rape. Los músculos hacían que su gabardina pareciera de una talla más chica. Desentonaba tanto entre aquellos jóvenes intelectuales como ellos lo habrían hecho en un gimnasio. Por un instante, todos volteamos a verlo, seguros de que el tipo se había equivocado de fiesta. Sin inmutarse, Drago caminó hacia el grupo en el que me encontraba y le extendió a Sergio una botella de whisky importado. Les presento a mi hermano, el perito.

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A diferencia del púgil soviético, Drago tenía la piel apiñonada y poseía una labia tremenda. Se acercaba, por ejemplo, a un grupo que discurría sobre el castigo y la tortura, para acotar la conversación con una estampa laboral. En la delegación tenemos un axioma: cuando agarramos a un auténtico hijo de la chingada, forzosamente piensas que lo que hizo se lo pudo haber hecho a tu familia. Todos los compañeros, conscientes o no, tienen esa idea plantada en la cabeza. Si llega un cabrón muy gallito, que además acaba de pegarle a su madre o de meterle mano a un menor, a la mínima provocación sacamos la masacuata.

Hizo una pausa, articulaba los brazos, usaba sus enormes manos. La masacuata: agarras varias tiras de franela y las trenzas como una cuerda. La metes en una cubeta con agua para que adquiera suficiente peso. Si un cabrón se pasó de verga, lo encueramos entre varios, lo ponemos de perrito y le damos en los huevos. Hay quien aguanta los primeros, pero después de un rato todos le rezan a la virgen.

Escuché la anécdota no sin cierto recelo. Su voz era amplia y clara. Seguramente había contado esa historia cientos de veces. Antes de terminar, tenía a la mitad de la fiesta escuchándolo. Estaba a punto de decir algo cuando uno de los alumnos salió de su pasmo y comenzó a preguntarle un montón de cosas. En lugar de esperar mi turno, caminé hacia la cocina y, antes de entrar, vi que Helena estaba rodeada de los perros de presa de siempre.

Me desvié hacia la biblioteca y decidí perderme un rato entre los tomos antiguos. Cuántos habrá leído herr profesor, me pregunté. Dos maestras entraron platicando de cosas triviales. Una de ellas era la tutora de Helena. Siempre usaba faldas cortas. Al verla, supe que otra vez iba a recetarme las virtudes de la tesis de mi mujer mientras disfrutaba que le mirara las piernas, cosa que sucedió con exactitud.

Cuando logré zafarme, a pesar del frío, salí a fumar un cigarro al jardín. Era un jardín largo y estrecho, con una hilera de pinos que estorbaban a las lámparas. Necesitaba un poco de aire fresco o de lo contrario iba a quedarme dormido en algún sofá, algo que Helena me haría pagar llegando a casa. Estaba buscando el encendedor cuando una pequeña flama casi me quema el rostro. No fue el brillo lo que me hizo saltar, sino la repentina presencia que brotó de la nada.

Tú no eres filósofo, me dijo Drago mientras me daba fuego. En su otra mano sostenía un vaso con whisky. Periodista, contesté. Ah, dijo con cierto interés. Entonces debes haber visto muchas cosas. Periodista cultural, respondí, y me di cuenta que lo hacía con cierta vergüenza. Ah, volvió a decir, esta vez un poco menos interesado. Me imagino que aun así tendrás tus historias. No dije nada. La verdad es que no las tenía. La verdad es que llevaba años cubriendo presentaciones y haciendo reportajes aburridísimos que en ocasiones ni mi editor se molestaba en leer.

¿Cómo fue que decidiste hacerte perito?, le pregunté. Tengo un tío en la judicial que me conectó. Aunque no lo creas, el dinero no es malo; además, estoy acostumbrado a esos ambientes. Me quedé callado. Según todas las películas policiacas que he visto, era la mejor estrategia para hacer hablar a un tipo duro.

Mi padre era militar. Un buen día se madreó a su teniente y lo dieron de baja. No encontraba trabajo y el que encontraba lo perdía a la semana. Durante un tiempo vivimos prácticamente en la calle. Había veces que no podía dormir porque tenía que cuidar a mi hermano de las ratas. Sergio y yo crecimos entre golpizas y callejones. De no haber sido por mi madre, probablemente habríamos acabado muertos o en la cárcel.

Drago contó esa historia con mucho desenfado, mientras sus ojos se iban perdiendo en un punto lejano de la memoria.

Un poco embelesado por su retórica de corredor de la muerte, que por momentos alcanzaba tintes de drama popular, o quizá por el alcohol o porque no quería sentirme intimidado, le pregunté si un día podía acompañarlo en uno de sus recorridos para hacer una crónica. Me dijiste que eras periodista cultural. Por eso, le dije. Metió la mano en su gabardina y me extendió una tarjeta. Cuando quieras.

Helena apareció de pronto en el jardín. Parecía molesta. ¿No tienen frío?, preguntó frotándose los brazos, haciendo ese gesto con la cara según ella muy discreto que significaba que ya quería irse. En el coche, en lugar de preguntarle si había pasado algo, le pregunté qué sabía de Drago. Sergio dice que a veces le habla a mitad de la noche para contarle de sus casos. Dice que en un instante pasa de la euforia al llanto, que a veces ni puede hablar, que ve cosas, gente, que se queda dormido en el coche. Sergio le ha dicho que tiene que cambiar de trabajo pero no quiere, está enganchado, es adicto a esas mierdas. Le comenté como quien no quiere la cosa la propuesta que le había hecho. Estás loco, me dijo, la última película de terror que vimos te dio pesadillas para un mes. Por eso, le contesté.

 

Le di vueltas a la idea de hablarle a Drago durante un par de semanas. Llevaba demasiado tiempo estancado en la inercia de sección cultural. Llevaba un año sin hacer ejercicio, comía más, dormía más, fumaba más. Helena hablaba de tener hijos, yo desviaba el tema argumentando que primero necesitaba encontrar un lugar en el mundo. Me estaba acercando peligrosamente a un callejón sin salida. En las juntas editoriales siempre insistían en que hiciéramos historias de fondo, perfiles, reportajes de largo aliento, ese tipo de cosas. Decidí que Drago era ese tipo de cosas.

Lo llamé y le propuse que nos viéramos para que me pusiera en contexto. Me citó en una cantina del centro que durante décadas fue la morada de los taurófilos y que ahora se había convertido una pocilga resguardada por maniquís enfundados en trajes de matador consumidos por la polilla.

Salvo por unos viejitos que con sus gestos parecían recordar una faena memorable, estábamos completamente solos. El salón era grande y las mesas estaban cubiertas con manteles de plástico. Pedimos dos cubas. Una mesera gorda nos las sirvió con pocas ganas, poco hielo y poco gas. Brindamos en silencio. Drago se inclinó hacia mí. Tengo que hablar con mis compañeros para que puedas venir. Tú me entiendes, la relación con la prensa es delicada, y siempre hay desconfianza, pero si yo intercedo no vas a tener ni un pedo. Lo que sí te digo es que hay noches bien tranquilas en las que no pasa nada; igual tienes que venir varias veces. Aunque quién sabe, chance tienes suerte y a la primera te toca presenciar el meritito infierno.

Le di un trago a mi cuba. Para no quedar como un pusilánime, le pedí que me diera un ejemplo del meritito infierno. Otra vez las manos, los brazos gigantes.

Una vez nos llamaron de un hotel de paso. El ama de llaves estaba enferma, así que tardaron tres días en darse cuenta de que bajo la puerta de la habitación comenzaban a salir moscas. La habían rentado dos hombres, pero sólo encontramos a uno. Estaba medio desparramado sobre el excusado y tenía su propia verga metida en la garganta.

Me pareció una imagen apropiada del meritito infierno.

¿Sabes qué es lo peor? Algo que ni las mejores películas, ni el libro más chingón son capaces de describir. El olor. Cuando atiendes escenas del crimen de ese tipo, es decir, espacios cerrados en los que los cuerpos llevan días descomponiéndose, y por lo tanto, gasificándose, el olor es algo tan penetrante que se te impregna en la ropa, en el pelo, en la piel. Lo traes tan adentro que después te sientes con náuseas y de pronto eructas los gases de esos muertos que respiraste hace una semana.

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Para cuándo crees que podríamos organizar este asunto, le pregunté de golpe, mientras buscaba mi mirada en el espejo de la barra, pensando si la vehemencia de Drago podía ser una especie de enfermedad contagiosa. Sólo alcancé a ver un viejo maniquí sin ojos.

Se quedó callado un buen rato. Me estaba probando, o compadeciendo. Te llamo en un par de días, me respondió, lacónico, mientras pedía la cuenta, esta vez al más puro estilo Dolfph Lundgren.

 

Drago me habló a la semana siguiente. Todo arreglado, nos vemos en la delegación mañana en la noche.

Estuve a punto de decirle que esa semana traía entre manos un reportaje importantísimo; podía haberle dado largas, que era lo que los últimos años llevaba haciendo con casi todo, hasta que mi entusiasmo languideciera, como siempre. Nunca había sido bueno tomando decisiones importantes, generalmente dejo que otros lo hagan por mí. Esta vez no fue la excepción.

Mi editor me miró despacio cuando le conté mis planes. No mames, desde cuándo quieres hacer trabajo periodístico, me preguntó con sorna. Por eso, le contesté. Al menos ambos teníamos la misma percepción sobre lo que constituía el trabajo periodístico.

Helena también me miró muy despacio. ¿No se te ha pasado por la cabeza que puede ser peligroso? Tranquila, le dije, y luego sonreí, generalmente cuando llegas a la escena del crimen ya todos están muertos. El comentario no le causó gracia, pero su lógica no dio lugar a réplica. En la cama, traté de decir algo, quería explicarle pero antes de encontrar las palabras ella apagó la luz y se volteó, evitando que la abrazara.

Al día siguiente llegué a la delegación a las once de la noche. Drago me esperaba en las escaleras de la explanada. Traía la gabardina de siempre y fumaba. La escena me pareció ligeramente cinematográfica. Hubieras traído ropa más vieja, me dijo a manera de saludo, a lo mejor la tienes que tirar después.

Había poco movimiento, dos o tres patrullas con policías dormidos en los asientos, un puesto de comida esperando clientes. Un aire helado removía vasos y platos de plástico en el suelo. Atravesamos la explanada, pasamos por varias oficinas cerradas, y descendimos unas escaleras hasta toparnos con una puerta de vidrio esmerilado que decía “Peritaje”.

Drago me presentó al Gordo y la Beba, dos individuos vestidos con gruesas chamarras de piel que estaban sentados frente a una computadora. Me saludaron de reojo, sin apartar la vista de la pantalla que, según entendí, tenía un juego de póker en vivo. La oficina era pequeña, tres escritorios metálicos llenos de papeles y un archivero herrumbroso.

Aquí está el reporter, muchachos, les dijo frotándose las manos. Sobre la pared del fondo colgaba una lámpara fundida, pero alcancé a percibir varias fotografías clavadas con tachuelas. En una creí ver la cabeza de un niño con los ojos abiertos. A la derecha, en otra fotografía, una mujer que podría ser Helena estaba dentro de la cajuela de un coche, en posición fetal. Tenía las manos y los pies atados. Debía haber otras quince o veinte imágenes similares, tomadas con flash e impresas con descuido, lo que les daba un aire aún más sórdido, como luciérnagas trágicas que aparecían en la penumbra. Todos los muertos se parecen, me dijo Drago, leyéndome la mente. Vamos por un café.

Subimos las escaleras y atravesamos un pasillo tapizado con información oficial. Llegamos hasta una máquina de café y sin preguntarme Drago sacó dos exprés y me dio uno. Había decidido no cenar y el café bajó hasta mi estómago como una cascada de lava. ¿Por qué te gusta este trabajo?, le pregunté. Por lo mismo por lo que quieres venir.

La noche está despejada, increíblemente limpia. A veces la única forma de sentirte vivo es viviendo con la muerte encima. Pase lo que pase quédate cerca de mí. Me lo dice de forma amable, casi paternal. En ese momento me doy cuenta de que debo ser diez años mayor que él.

Suena un pitido e inmediatamente alguien del otro lado de un radio repite un código. Drago saca el aparato de la cintura y contesta con otro código. Luego me da unas palmadas en la espalda: vamos. Su mano se apoya sobre mi hombro, esperando.

Atravieso al otro lado de la noche. Calculo la adrenalina, anticipo el insomnio, los días de sombra. Veo con nitidez los cuerpos calcinados, las tripas del atropellado, los cortes en el cuello de la joven con las uñas rotas. Veo a varios hombres cubriéndose la boca con pañuelos. Me veo a mí mismo, de pie en medio de esa deflagración, mis zapatos están manchados pero no me importa, mi ropa apesta, tengo el pelo pegado a la cara, pero nada de eso me preocupa. Lo que me preocupa, lo que verdaderamente me aterra, es que mis manos no tiemblan.

Me imagino perdido en un cuartucho sofocante; una luz amarillenta parpadea en algún rincón de la ciudad. Estoy fumando en la cama, desnudo. Escucho a Helena al otro extremo del teléfono. Me dice que Drago lleva días tratando de localizarme, que él entiende por qué pasan esas cosas. También habló tu editor, quiere saber si va a poder contar contigo. Yo también. Por primera vez en mucho tiempo su voz es tierna, me recuerda otra época, una tierra extraña. Por favor vuelve.

El silencio se rompe cuando uno de los dos empieza a llorar.

Drago aprieta ligeramente mi hombro. Mi estómago se contrae, una diminuta masa de aire sube por mi cuerpo, sube hasta mi boca como una pastilla atragantada y entonces cierro por un momento los ojos, a la espera de que todo pase.

 

César Blanco
Editor y traductor.