“En fin, señores, es mejor no hacer nada. ¡Mejor una inercia consciente! Y, por tanto, ¡viva el subsuelo”. Escribe tal declaración F. Dostoievski en sus Memorias del subsuelo. Es posible que yo mismo haya caído bajo la seducción de esta red ataráxica cuando leí este libro hace ya casi treinta años. Desde entonces me intriga el carácter del hombre que intenta desaparecer vía la inmovilidad y que renuncia a despertar la atención o la mirada de los demás. De esta forma encuentra una paz interior incomparable y también renuncia a añadir su voz a la confusión propia del enfrentamiento de ideas e intereses personales que acompañan la vida humana en casi todas sus épocas. Después, y a lo largo del tiempo, me he preguntado si este ascetismo o renuncia a la acción política podría considerarse cercano a alguna clase de anarquismo, puesto que se opone a participar en la lucha por el poder o la autoridad cualquiera que ésta sea. En 1846 Henry David Thoreau escribió un breve libro, Desobediencia civil, en el que se preguntaba: “¿Hasta qué punto estamos obligados a obedecer al gobierno cuando sus leyes o medidas nos parecen injustas?”. Thoreau no avala la apatía ni la renuncia cuando se trata de oponerse a los fundamentalismos políticos o a la tiranía de cualquier gobierno que comete abusos y crímenes en nombre del Estado. A raíz de ello propone la desobediencia civil como una forma política de luchar contra la mala autoridad. El escritor y activista nacido en Concord, Massachusetts, bosquejó dicha desobediencia civil del siguiente modo: “Se trata de una forma de participación política que, a través de la violación de la ley, denuncia una injusticia con el fin de remediarla por vías pacíficas, siempre en el marco general del respeto al derecho”. Me ahuyento de la definición política precisa para decir que Thoreau no fue precisamente un anarquista burdo o tradicional, sino que era un hombre que se revelaba ante las injusticias cometidas por un mal gobierno y, movido por ese fin, proponía desobedecer las leyes para remediar los males que se cernían sobre su comunidad. Apreciaba como bien trascendental la autoridad del individuo y denostaba la autoridad del Estado y el gobierno que propiciaban y mantenían la injusticia e inequidad entre los ciudadanos. Quiero imaginar que a mí me habría condenado por apático, holgazán y mal pragmatista. Yo, en cambio, tomaría y haría míos alguno que otro de sus juicios e iría conformando una idea del bien político que podría denominar de cualquier manera, incluso anarquismo.

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Es hasta cierto punto común, o normal, que se considere anarquista a aquel que rechaza la autoridad en general, se opone a ella y se encuentra atento y a toda hora dispuesto a cuestionar los gobiernos, sean de la índole que sean. Y ello incluye también al gobierno del pueblo, la democracia o cualesquiera de sus variaciones políticas afines. No por otra razón William Godwin, tal vez el más romántico de los anarquistas, consideraba que “decidir sobre la verdad por la suma de los números es un asunto intolerable a toda razón y justicia”. Y Pierre Joseph Proudhon, el más filósofo y extremista, creo, de todos ellos, rechazaba el derecho de la mayoría a imponer su voluntad sobre la minoría. Y no obstante esta defensa de la minoría, Proudhon señalaba a la riqueza y a la propiedad como un hurto y cimientos para desarrollar la autoridad más despótica. “Los ricos —escribió por su parte Thoreau— están siempre vendidos a la institución que los beneficia. El dinero silencia muchas preguntas que de otra manera los hombres tendrían que hacerse. Y así los principios morales se desfondan bajo sus pies”. Quienes se hallen cercanos a las distintas posturas del anarquismo saben que podríamos escribir cientos de páginas acerca de las preguntas y respuestas que hicieron y propusieron estos hombres a los contundentes hechos de la autoridad, la riqueza y el poder que socavan la libertad humana. Max Stirner, Mijaíl Bakunin, Errico Malatesta, Carlo Cafiero, Piotr Kropotkin, Tolstoi, Proudhon (por cierto, en enero pasado se cumplieron 150 años de su muerte) y varios más han edificado una tradición contemporánea de la pasión y de la razón anarquista. Las contradicciones y disputas afloran en sus idearios, como también su desconfianza para crear sistemas acabados o científicos de pensamiento libertario. Lo que los une es la conciencia de los males que acarrea una sociedad gobernada de manera autoritaria e injusta; su amor por la determinación del individuo, sea éste campesino, obrero, ciudadano, etcétera…; y la vehemencia con que se oponen al poder y a la riqueza que lesiona el desarrollo de los individuos. En la obra de estos escritores puede encontrarse crítica política, determinación moral e incluso vehemencia religiosa e idealista, además de que tuvieron razón en cuanto a la perniciosa autoridad del Estado burocrático o comunista, y también respecto al horizonte destructivo de la abusiva concentración de la riqueza como fuente de los mayores males sociales. Yo añadiría que el anarquismo de inspiración romántica o pragmática aún tiene sentido como herramienta de crítica social y como horizonte ético hacia el que avanzar como individuos. Cualquiera que se llame anarquista a sí mismo tendría definitivamente que explicarse y responder ¿qué es lo que entiende por el término anarquismo?; debe conocer la obra de algunos pensadores que se denominaron de tal manera; y tendría que evitar cultivar el aspecto totalitario de una doctrina. Nadie encontrará un libro, un sistema o un ideólogo que muestre o demuestre la forma de resolver todos los problemas a los que se enfrenta una sociedad o un individuo. Recuerdo que a mis quince años de edad mi familia conservaba como mascotas a una pareja de gatos que procreó seis cachorros en una misma camada. A mí se me encomendó bautizar a las tres crías macho y no dudé en hacerlo sin darle demasiadas vueltas al asunto. Se llamaron Sacco, Malatesta y Vanzetti. Ya desde entonces.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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