Las mujeres motivaron a Javier del Razo a volverse rescatista. El 19 de septiembre de 1985 el chico de 22 años sólo iba a buscar a su hermano menor a Tlatelolco tras el terremoto de 8.1 grados que acababa de azotar a la ciudad de México y terminó convertido en uno de los “topos”: el grupo de voluntarios que se sumó a los mineros de Hidalgo para rescatar personas de entre los escombros.

La primera fue una mujer que encontró en su camino a Tlatelolco, totalmente cubierta de cal, el rostro bañado en sangre y pidiendo ayuda. Esa impresión inicial de los efectos del sismo lo impactó, pero tenía que buscar a su hermano así que siguió su camino. Cuando volvió a casa ya estaba toda la familia reunida y a salvo, pero el rostro de aquella mujer y la apocalíptica imagen del edificio Nuevo León desvanecido hacia el Paseo de la Reforma no lo dejaban tranquilo, así que regresó a ver en qué podía ayudar. Improvisado, temeroso y sin ninguna herramienta —igual que todos los voluntarios que ayudaron en el rescate— Javier se sumergió en aquella neblina de cal y metió las manos a las ruinas, pero sólo pudo encontrar partes de cuerpos humanos. Desanimado y horrorizado, optó por ofrecer ayuda en la guardería de enfrente y la directora lo puso a clasificar cadáveres por género y edad, así que tuvo que presenciar el indescriptiblemente doloroso momento en que los familiares acudían en busca de alguno y lo reconocían.

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Así pasó todo el jueves 19 de septiembre. Volvió a su casa devastado. Ante la imposibilidad de conciliar el sueño decidió volver a Tlatelolco en la madrugada, con la esperanza de hallar a alguien vivo esta vez. Al llegar coincidió con la segunda mujer que lo empujó al altruismo: una chica tan joven y delgada como él, que mirando los escombros le dijo “¿entramos?”. Asombrado por el valor de la chica se sintió comprometido a seguirla y ambos se internaron en las ruinas del Nuevo León.

Lo primero que vieron fue un rostro y un brazo que se asomaban entre el mar de polvo y piedras. Se disponían a sacar el cuerpo cuando el rostro gesticuló. “¡Está vivo!”, gritó la chica y se apresuraron a liberarlo. Luego Javier halló a un doctor de nombre Óscar, que perdió un brazo en el derrumbe y, cuando salió, pidió que cerraran su casa. Horas después, Javier encontraría a la tercera mujer que inspiró su labor: Martha.

En un hueco entre los restos del departamento 302 Javier halló a una mujer que sostenía entre sus brazos a un niño pequeño. “Aguante, señora, aguante, ya vamos”, le gritaban los rescatistas, pero al quitarle de encima los escombros y pedirle que saliera, ella titubeó… Estaba desnuda y no quería ser vista por todos. Javier le estiró los brazos y le pidió al niño para sacarlo y después ayudarla a salir, pero ella se rehusaba, no había forma de hacer que soltara a Fernando, su hijo de tres años de edad. Cuando finalmente la convencieron, se lo entregó a Javier. Él puso al niño a salvo —fuera de esa “bomba de tiempo” que podía colapsar de nuevo en cualquier momento— y regresó por Martha. Ella pedía que apagaran la luz para que nadie la viera desnuda. Todos comprendieron el shock en el que estaba. Javier le prestó su pantalón y la ayudó a salir.

Con su hijo nuevamente aprisionado entre los brazos Martha Ongay caminó hacia Reforma, donde encontró un taxi. El conductor la miró de arriba a abajo y le preguntó si tenía con qué pagarle. Ella le espetó todas las groserías que conocía hasta entonces, se subió y le dijo que la llevara a la glorieta de Insurgentes.

Era una mujer semidesnuda, con un revestimiento de cal y sangre encima, cargando un niño con un solo brazo, caminando, mirando hacia todas partes. Otra mujer que estaba en ese lugar la vio y le dijo a sus acompañantes “mira esa pobre mujer, sin ropa y con su bebé; está herida, hay que ayudarla”. Al llegar hasta ella pudo distinguir su rostro detrás de la máscara de cal: era su hermana. Esta involuntaria y extraordinaria coincidencia, sumada al hecho de haber sobrevivido el derrumbe del Nuevo León, hacen que ese pequeño se sienta, hoy, el hombre con más suerte del mundo. Por ello tiene tatuado un trébol de cuatro hojas con la frase “Lucky star” (Estrella de la suerte) en el antebrazo derecho.

La familia Ongay Mosses vive en Tampico, Tamaulipas, así que a partir de ese momento el pequeño Fernando se fue a vivir a esa ciudad. Pero Martha se quedó en el campamento instalado en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco a esperar que rescataran a su prima Nancy, quien vivía con ella pero no corrió con la misma suerte: fue hallada sin vida 17 días después entre los escombros.

El 15 de enero de 1986 Martha Ongay se reunió con la Brigada de Rescate “Topos de Tlatelolco”, que para ese momento ya era una asociación civil. Les escribió ahí mismo una carta de agradecimiento en una hoja de cuaderno: “Por medio de ésta hago amplio y constante mi agradecimiento a esta H. brigada, que sin la ayuda de ellos no sería posible haber extendido esta carta de mi puño y letra, ya que su ayuda no fue solamente en el rescate sino en días posteriores proporcionándome abrigo y alimento, así como atención en cuestión de información sobre los cadáveres hallados por ellos. No dejo de seguirles agradeciendo el hecho de seguir viviendo, lo cual lo agradeceré toda la vida”.

Por una asombrosa coincidencia Martha pudo volver a dar las gracias a Javier en persona… 30 años después.

El rescatista dejó de ser “topo” a los tres años del terremoto y, de unos pocos a la fecha, se dedica a la carpintería. Conservó todo este tiempo la carta de Martha: inmaculada, el papel amarillento pero liso como si la hoja hubiera sido arrancada ayer, con cada letra todavía marcada a la perfección, “Martha Ongay Mosses” es un nombre difícil de olvidar, inconfundible para Javier, y desconcertante al momento de escucharlo en voz de Marlene, su sobrina.

Después de pasar por muchos empleos en los que no lograba sentirse bien, Marlene consiguió un trabajo en un call center. Su jefe, Fernando Ongay, la apoyó desde el principio en la complicada tarea de ser madre trabajadora, por lo que hicieron una entrañable amistad, así que cuando la madre de su jefe pidió referencias porque necesitaba un mueble, sin dudarlo la conectaron a través de Facebook con el tío Javier.

Cuando el ex rescatista la agregó a sus amigos, en 2014, no pudo evitar hacerle —en privado— una pregunta muy íntima e incómoda: “¿Usted vivía en el edificio Nuevo León de Tlatelolco? ¿Es sobreviviente del terremoto?”… Con temor, Martha lo confirmó e inquirió con desconfianza: “Sí, ¿usted quién es?”.

“Yo la rescaté”.

Para probarlo y paliar la desconfianza, Javier tomó una foto a la carta de Martha y se la envió. Cada uno en su casa, frente a su computadora, lloraron como si fuera 20 de septiembre de 1985. Como si, 29 años después, la vida finalmente les concediera el momento de desahogo que cualquiera necesita después de un evento traumático, una vez pasada la emergencia. Martha ni siquiera recordaba haber escrito esa carta, pero Javier decidió, a partir de ese momento, entregársela a Fernando, como constancia de la lucha de Martha por su hijo y de su calidad humana.

Pero no se reunieron. Martha deseaba organizar una gran comida con su familia y la de Javier, pero no lo hizo. La madre de Javier falleció en enero de 2015, pero sólo Fernando acudió al velorio de la mujer que lo adoptó como “nieto” por su amistad con Marlene. Javier también evadía el encuentro. Ambos estaban llenos de miedo, de dudas, los recorría el mismo escalofrío de imaginar que, al verse, pudieran destapar la caja de Pandora de la memoria y no pudieran volverla a cerrar. Los paralizó el mismo miedo que los hizo sudar, temblar, sentirse “como novios de secundaria” al momento de, finalmente, reencontrarse: 7 de agosto de 2015.

Javier tocó el timbre del departamento de Martha. “¿Qué hago?”, suplicaba ella por el autocontrol que la abandonaba segundo a segundo. Tenía tanto miedo de su propia reacción que estuvo a punto de cancelar el encuentro una hora antes. Por su parte, Javier había pensado llevar puesto el overol que usó en el rescate, pero en su lugar se puso un pantalón de vestir y una impecable camisa azul. Muy peinado, reluciente, con una sonrisa nerviosa se acercó a ella.

Los últimos 30 años quedaron reducidos al aire que cabía en su abrazo. Martha lloraba rodeada por los brazos que cargaron a su hijo y lo pusieron a salvo; las manos que la expulsaron del limbo de concreto en el que cayó y permaneció un día y medio, tras la “explosión”, los incesantes golpes, la oscuridad. Javier tenía en sus brazos la vida a la que ayudó a tener otra oportunidad, arriesgando la suya, sin ser un rescatista preparado. Sólo era un chico de 22 años que salió a buscar a su hermano.

“Es el destino”, concluyó Javier del Razo tras un par de horas de conversar con Fernando y Martha Ongay; de ayudarla a reconstruir, con su memoria, lo que la de ella borró. Cumplió su deseo de entregar a Fernando la carta, “para que sepas la gran mujer que es tu madre, que en todo momento te protegió”. “Sí, yo sé que es una chingona”, respondió aquel bebé —hoy de 33 años— que cada 19 de septiembre agradece públicamente por su vida a Dios, a su madre, y desde 2014 también a Javier.

 

Claudia Altamirano
Periodista.

 

3 comentarios en “Epílogo del terremoto

  1. Hola tengo el placer de conocer a fernado y martha son excelentes personas muy humanas y con una humildad enorme, dios les dio la oportunidad de estar con nosotros y vaya si la aprovecharon siendo como son los felicito.