La devastación que dejó en el Distrito Federal el sismo del 19 de septiembre de 1985 rebasó por mucho la capacidad de los gobiernos federal y local. Se necesitaron las manos solidarias de miles de ciudadanos mexicanos y extranjeros para arrebatar a las ruinas un número incierto de vidas que, de otro modo, se habrían extinto por la asfixia, el dolor, las hemorragias, la sed, el hambre.

Entre los países que enviaron brigadas de apoyo a México estuvieron Francia y España. El Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Zaragoza llegó unos cuatro días después del terremoto y gracias a ellos —y a un perro francés— se logró el espectacular rescate de una costurera que sobrevivió nueve días bajo los escombros.

Enrique Valdearcos era un miembro de esa brigada, con apenas 27 años pero ya especializado en espeleología. Antes de 1985 no tenía experiencia en sismos y después de ese desastre, dice, no volvió a ver algo igual; aunque ha realizado rescates en cuevas y montañas y ha presenciado otras catástrofes provocadas por terremotos, como la de Turquía 1999, donde la cifra oficial de muertos fue de 18,000 personas.  

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El Distrito Federal, agrega, es una ciudad demasiado grande y con un tipo de construcciones que tampoco ha vuelto a ver. Lo sorprendió, por ejemplo, que hubiera “fábricas verticales” (en edificios altos), pues lo común es que las industrias se alojen en espacios horizontales, adecuados para albergar maquinaria pesada; pero San Antonio Abad estaba lleno de casas y edificios habilitados como talleres de costura, lo que los hizo frágiles y más vulnerables al movimiento del suelo.

Treinta años y mucha experiencia después, Enrique no ha vuelto a trabajar en condiciones tan adversas, pues la altura de Ciudad de México resultó un reto para su corazón y pulmones, que quedaban exhaustos con cualquier escalera o escalada. Entre el calor, la altura y la comida picosa que la gente le daba, Enrique rescató decenas de cuerpos mexicanos con mucho, mucho sudor de su frente.

Lo primero con lo que se topó fue la burocracia y cerrazón que caracterizan a las autoridades, pues ni en un estado de emergencia como ese —el peor que la ciudad de México ha vivido en su historia moderna— pudieron dispensar los trámites a las brigadas de ayuda extranjeras: a todos se les pidió declarar —y pagar— por el ingreso de las pertenencias que traían a México…. para el rescate.

Horas más tarde se los llevaron al Juárez, “un hospital que se colapsó por completo”, recuerda sin poder ubicar bien nombres y avenidas. “De ahí sacamos puros cadáveres”, lamenta. Algo que tampoco volvió a ver es la reacción de los mexicanos frente a la muerte de sus familiares: “les decías que su hijo había muerto y lo aceptaban. Estaban tristes pero lo aceptaban, había mucha resignación”, describe con asombro.

Después fueron a San Antonio Abad. El derrumbe de la empresa textil Amal fue del tipo “sandwich” —los expertos lo llaman igual que todo el mundo— así que los ocho pisos se convirtieron en tres o cuatro. Los brigadistas españoles y franceses se turnaban para ir removiendo escombros y sacando lo que podían. Era una labor prolongada que requería fuerza y paciencia, no sólo quitar pedazos de loza: era romper concreto, madera, metal, con la fuerza que implica pero con la delicadeza suficiente por si hallaban en el camino algún cuerpo. Llegó el turno de Enrique. “El espacio era tan reducido que me tuve que quitar el casco para poder entrar”, ilustra y de paso explica por qué algunos rescatistas mexicanos, muy delgados y de baja estatura, lograron colarse entre los escombros con más facilidad que otros.

Los perros entrenados para rescates —explica el bombero— actúan distinto cuando encuentran un cuerpo vivo que un cadáver: si chillan, gimen o ladran, está vivo. Si olisquean, observan y se alejan, ya está muerto. Un perro de la brigada francesa chilló. “Primero pensamos que el perro se había equivocado, porque al entrar lo que hallamos fue una mujer muerta, pero luego sentí otro cuerpo debajo que no tenía rigor mortis, así que empezamos a escarbar”, relata el español.

Un diario del 28 de septiembre de 1985 da cuenta en su primera plana del insólito rescate y los nombres de la víctima y su rescatista: Rosa Luz Hernández y Enrique Valdearcos. Durante el derrumbe, ella y otras costureras se resguardaron debajo de una larga mesa de trabajo, por lo que sobre ella estaban el mueble y el cuerpo inerte de una compañera. Rosa Luz sobrevivió casi nueve días bajo cinco pisos de concreto, la pesada mesa y un cadáver.

La joven costurera estaba inconsciente. Respiraba, pero su ritmo cardíaco era de 30 latidos por minuto, cuando el promedio normal es de 60. Cubierta de polvo y sangre, golpeada en todo el cuerpo, había perdido un ojo. Los paramédicos trataban de ponerle una sonda con suero para hidratarla pero era imposible, estaba atrapada en un enjambre de lozas, varillas, polvo y objetos propios de los talleres de costura. Hubo que cortar la madera de la mesa que la protegió del derrumbe pero que al mismo tiempo se clavaba en su abdomen, por lo que el retiro de escombros duró alrededor de tres horas y requirió varios turnos. Al momento de sacarla era el turno de Enrique, por lo que fue él quien la extrajo; quien acaparó la atención de los medios y, posteriormente, de los seres queridos de Rosa, que entregaron una carta de agradecimiento a la Brigada Zaragoza con una mención especial para Enrique.

El rescatista de sólo 27 años no supo ocultar la emoción. “Todo valió la pena”, dijo a la prensa después del rescate y reiteró en agosto de 2015 desde España, vía Skype, el hombre que puso en riesgo su vida y padeció de todo para rescatar un centenar de cuerpos… muertos. En 12 días que estuvo en México, del hospital Juárez y los edificios Nuevo León (en Tlatelolco) y aquella fábrica textil, había sacado alrededor de 100 muertos y una sola mujer viva. Pero esa sola vida fue suficiente para compensarlo.

Enrique, actualmente Jefe de Compras del Cuerpo de Bomberos de Zaragoza, siente un especial afecto por México “por haber acogido a tantos españoles” durante el exilio de la dictadura franquista. Aunque no tuvo familiares exiliados en México, sus padres migraron a Francia cuando él era niño, por lo que siente gran empatía por los países que acogen a quienes se ven obligados a abandonar su país. Por ello no dudó en venir a la Ciudad de México cuando se enteró de la tragedia, “al país que había recibido a miles de españoles, yo sentía una deuda con tu país y sobre todo con la población que sufría en esos momentos”.

También tiene anécdotas sobre México que a muchos parecerán vergonzosas, pero que para él son curiosas: policías que le querían canjear un reloj europeo por una pistola; brigadistas universitarios que le ofrecían llevarlo con “unas chicas”; las instrucciones de su embajada de no comer lo que le ofreciera la gente… indicación que tuvo que ignorar, pues todo el mundo les ofrecía comida e —incluso la ruda comida Mexicana— es irrenunciable cuando se trabaja por tantas horas en una labor tan difícil, y cuando te la ofrecen “con tanto cariño”.

 

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