Una de las grandes fascinaciones del escritor norteamericano recientemente fallecido, E.L. Doctorow, fue la ciudad de Nueva York. Entre los temas que son recurrentes en su obra, y pasan de una novela a otra, tal como algunos de sus personajes, está la manera en que la urbe se apodera del alma de la historia, y la reina de esa ecuación es “la ciudad que nunca duerme”. Billy Bathgate, por ejemplo, acude a una escuela primaria mucho más ruda que la convencional: las calles del Bronx, el barrio donde creció E.L. Doctorow. Billy es el único sobreviviente de la banda de Dutch Schultz, el capo que lo adoptó como mandadero y “chico de confianza”. Dutch, “el salvaje”, le decían en la vida real a este personaje que a pesar de estar sentenciado por Lucky Luciano logró controlar las apuestas, el tráfico de alcohol y en general las actividades criminales del Bronx durante dos décadas (1920-1930), antes de ser ejecutado por los secretos jerarcas del crimen (lo que se conocía como The Commission) cuando apenas contaba con 34 años de edad. Billy Bathgate, la novela publicada en 1989, cuenta esta historia, de la que ya hay trazas en un libro de cuentos muy temprano de Doctorow: The Songs of Billy Bathgate (1968). Al final de la novela, Billy trata de pasar inadvertido ante la reestructuración de la organización criminal de un barrio que en algún momento se rindió a sus pies tanto como a su jefe Dutch Schultz. Tiene miedo de salir a la calle, pero no pierde la calma, desde la rutina hogareña en la que se refugia, al abrigo de su madre, descifra dónde se encuentra el mítico tesoro que, según cuenta la leyenda, el capo escondió, y aprende a esperar mientras deja poco a poco de ser un muchacho para siempre. “Me dejaba caer en un sillón con la pistola en el cinto —cuenta Billy un poco antes de ingresar al colegio, para que se aburrieran de seguirlo los nuevos regentes del Bronx—. Pensaba que si me quedaba dormido tendría pesadillas espantosas, pero la verdad es que se me cerraban los ojos de inmediato y dormía profundamente. Entretanto, el otoño empezó a volar por el Bronx. Pero él [Dutch Schultz] seguía muerto. Todos seguían muertos”.

03-ciudadd

“He contado la verdad de lo que he contado con palabras y la verdad de lo que no he contado y reside en las palabras”, dice Billy casi al final de su relato. Y mientras me preguntaba a qué se refiere con “la verdad que reside en las palabras”, leí el último párrafo del libro, en el que Billy da un paseo con su madre por el mercado de la calle Bathgate, “con los vendedores gritando sus precios, los puestos cubiertos con montones de naranjas, uvas, duraznos y melones, los ventiladores eléctricos de la panadería lanzando al aire el olor a pan caliente, la lechería con sus envases de madera llenos de quesos de granja, el carnicero, con un grueso suéter debajo del delantal, sacando del refrigerador media docena de chuletas sobre papel encerado, la florista de la esquina regando los jarrones llenos de flores recién cortadas, y los niños que pasan corriendo, y las viejas con sus cestas de la compra llenas de verdura y pollos, y las adolescentes de vestidos blancos con hombreras, y los camioneros en camiseta descargando sus productos, y el escándalo de los cláxones y toda la vida de la ciudad volviéndose para saludarnos como en aquellos días en que éramos felices, antes de que se fuera mi padre, cuando la familia solía ir a pasear por ese mercado, ese bazar de vida, Bathgate, en la época de Dutch Schultz”. Y lo comprendí: Doctorow había contado con palabras la historia de un capo de la Prohibición, pero la verdad que residía ahí, latente, era el pulso de la ciudad de Nueva York.

En otro de los libros de Doctorow, The Waterworks, el homenaje a la ciudad es explícito. El narrador, Mr. McIlvaine, editor en jefe del diario neoyorquino Telegram afirma muy al principio: “El alma de la ciudad fue siempre mi tema, y era un alma turbulenta, que se agitaba y retorcía sobre sí misma, que se daba nuevas formas, que se recogía para luego abrirse nuevamente como una nube alcanzada por el viento”. Aquí se cuenta la historia de una ciudad que comienza a nacer, impulsada por el combustible turbo-cargado del final del siglo XIX. Estamos en 1872. La Guerra de Secesión no tiene ni media década de haber pasado, y es evidente que a partir de la derrota de la economía sureña el centro de Estados Unidos, en todos sentidos, se encuentra ahí. No existe el Central Park sino como una idea, un poco loca y un tanto desagradable por los montones de lodo para su construcción apilados fuera de los márgenes de lo que en ese entonces era la mancha urbana de la isla de Manhattan. Lo que hay es The Waterworks, el lago en el que convergían los canales de agua que alimentaban la ciudad, en la Quinta Avenida y la Calle 42, donde hoy se encuentra la biblioteca central y donde estaba el nudo secreto de este relato detectivesco.

Mr. McIlvaine nos conduce a través de una ciudad misteriosa, oscura, llena de energía modernizadora, pero también llena de supersticiones. Y nos lleva de la mano para descifrar un enigma, como el mismo Doctorow confiesa en una entrevista, usando el lenguaje a la manera de “The Murders in the Rue Morgue”, de Poe, y Bartleby, the Scrivener, de Melville. Se habla de una “hermandad funeraria”, de un hombre importante y rico (cuya fortuna proviene del tráfico de esclavos no en el sur, sino desde los puertos de Nueva York), de un médico (un poco científico visionario y un tanto loco de atar) que ofrece tratamientos no sólo impensables en esa época sino en contra de la ley de Dios (como diálisis y transfusiones de sangre proveniente de niños huérfanos criados ex profeso) para alargar la vida de hombres influyentes desahuciados. En suma, lo que ofrece Doctorow es una novela de suspenso al estilo del siglo XIX cuyo protagonista es una ciudad de Nueva York “más creativa, más ambiciosa y original que la de hoy —la delínea Doctorow en un ensayo publicado en Architectural Digest en 1992, con frases que se repiten textuales en la novela—. […] Con una rara cultura basada en la adoración de los antepasados y en permanente revisión de sí misma […] Su tema era el exceso, en todo: en el placer, en la ostentación, en el afán interminable, en la muerte […] Lo sorprendente de esta ciudad, célebre por demolerse a sí misma y edificarse de nuevo con cada generación, es lo mucho que aún queda visible de la que fue en el siglo XIX”.

Por si no fuera suficiente describir las calles y los hechos históricos de Nueva York en el siglo XIX para hacer a esta ciudad el protagonista de su novela The Waterworks (libro que incluye, por cierto, un mapa de época, como referencia, para seguir las acciones de la narración), Doctorow se aventura en las páginas finales a descifrar su alma desolada: “Recuerdo el gran silencio de la ciudad mientras volvía de la iglesia —dice Mr. McIlvaine—. El día era diáfano, soleado, terriblemente frío y las calles estaban desiertas. Las aceras eran traicioneras. La capa de hielo era espesa… los tranvías de tiro se habían congelado sobre sus rieles… y también las locomotoras en sus vías de hielo… en los muelles, los mástiles y las velas de los barcos parecían embarrados de hielo… flotaban témpanos en el río turbio… al sol, los edificios de Broadway parecían de hielo ardiente… los árboles en las aceras eran de cristal”.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.