Este ensayo —ejercicio de apropiación de múltiples voces— está constituido en su totalidad por líneas intercaladas que el autor subrayó en distintas fuentes literarias

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Los libros están hechos de frases, obvio, que son como los ladrillos de la construcción, y del mismo modo que es difícil reparar en la hermosura de un ladrillo, las frases, cuando leemos, pasan relativamente inadvertidas, arrastradas por el flujo del discurso, como debe ser. ¿Pero por qué uno subraya? Los subrayados varían en cada libro y en cada lectura. Tomar un libro entre las manos es dejarse seducir y subrayarlo, seducir al texto. Al principio me conformaba con tímidas, casi imperceptibles señales en los márgenes, y con discretos corchetes; pero enseguida empecé a subrayar —literalmente— líneas, primero, y luego párrafos enteros, con el añadido ocasional de signos de todo tipo y, a menudo, anotaciones que por lo común ni yo mismo soy capaz de descifrar pasado un tiempo. Los subrayados se complementan, a su vez, con todas esas notas que el lector deja adentro del libro y que marcan nuestros paseos por él. Intuyo por qué subrayo. Quizás la razón más útil del asunto es la de acumular posibles epígrafes, pero creo que es mucho más que eso. Es algo más profundo y personal.

Es bien sabido que, quien empieza a subrayar, no puede detenerse; los subrayados se multiplican, una plaga se apodera del libro, surge otro libro en su interior, una república autónoma. De ahí que cada subrayado sea el andamiaje de lectura de determinado intérprete. De un tiempo a esta parte capto que, con los libros, ya no me basta leerlos, necesito algo de interactividad. El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en franca controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables. Siempre he pensado que el buen crítico es un lector que sabe subrayar adecuadamente, y que, por virtud de ello, sabe construir una lectura representativa del texto, basada en citas oportunas. Un bibliófilo seguramente se apropiará gustoso de su biblioteca, a la cual, lejos de reverenciar, tachará y marcará hasta el cansancio para hacerla verdaderamente suya. Subrayo como homenaje y celebración al autor del libro, pero también subrayo para recordar el trayecto que yo hice a través de él. Como a todos los lectores, me gusta subrayar los párrafos o las líneas que resuenan en mi cabeza mientras leo. Subrayar es quizás la manera de hacer que ese viejo invento llamado el libro se actualice y se vuelva interactivo.

Los variados y diversos acercamientos que emprendemos de un texto producirán múltiples subrayados que  formarán una masa compacta en la comprensión de ese libro. El subrayado desmiente el edificio y realza el ladrillo, el humilde tabique comprimido entre mil tabiques idénticos; es una suerte de operación de rescate, como si cada subrayado dijera: salven esta frase de las garras del libro, liberen esta joya del pantano que la rodea. Y es que subrayar un libro viene a ser, según cómo, un acto íntimo, que puede llegar a delatar bastantes cosas, algunas muy pintorescas, de quien lo ha cometido. Subrayo para hacer el libro mío, para darle mi sello, para apropiarme de él. Si el libro no nos gusta tanto, es posible que los subrayados sean esporádicos o nulos.
Queda una huella. Una huella en extremo particular y personal. Ese rastro de libros subrayados, esquinas dobladas, apostillas y papeles —hojas de calendario, recortes de periódico, un pedazo de cartulina garabateado— que dibujan un retrato imaginario.

Deduzco que subrayo aquellas frases que resumen, perfectamente, cosas que estoy pensando o he pensado. En un gesto tan simple y espontáneo nos descubrimos sin tapujos, pues decimos más profundamente lo que sentimos cuando lo decimos con palabras de otros. Y por ello cada lectura es como un libro subrayado en el que el lector marca sólo aquellos pensamientos que, por alguna razón, han encontrado un sitio para acomodarse en su interior; cada quien subraya lo que cada quien es y aquello con lo que se identifica.

Muy malos mis subrayados de adolescencia. Había libros abiertos y cerrados, algunos con veinte tiras de papel entre sus páginas; pasajes subrayados, anotados, tachados. Un revoltijo de revistas y recortes de periódicos lo cubría todo. El caso es que comencé a subrayar los libros y ya no he dejado de hacerlo. Todos ellos se hallaban igual y demencialmente subrayados. De cada cinco palabras aparecían marcadas a lápiz dos o tres, y de cada diez líneas, ocho, con lo cual era más fácil leer lo que no estaba subrayado que lo que sí lo estaba.

Todos hemos leído en alguna ocasión un libro con los subrayados de otro, ya se trate de un conocido, ya de un lector anónimo que lo tuvo antes que nosotros (en el caso de un libro de segunda mano, o cedido en préstamo por una biblioteca). Es impresionante lo que uno puede enterarse e intuir por los subrayados ajenos. Una extrañeza de naturaleza semejante ha podido invadirnos al releer un libro subrayado tiempo atrás por nosotros mismos, con énfasis e intenciones que en el presente se nos escapan.

Los libros subrayados funcionan como un cuaderno de notas porque están hechos de papel y reclaman la tinta del lector. Siempre escribo en mis libros. Cuando releo, la mayor parte de las veces no me explico por qué pensé que merecía la pena subrayar determinado pasaje, o cuál era mi propósito con determinada observación. Dentro, decenas de subrayados y anotaciones. A veces sueño con ser más ordenado y fichar todos mis subrayados. Algo imposible, por cierto. Pero es que hay libros de los que bastaría subrayar la portada. Son aquellos que estamos obligados a releer.

No sé cómo los libros retratan a sus propietarios. No sé si los definen. Al ojear las páginas ligeramente amarillentas me encontré con la complicidad de otra clave para abrirme a su mirada: sus subrayados. Cada subrayado de ese lenguaje ajeno no está develando otra cosa que algo muy personal y cercano. El subrayado hace a los libros, pues consigna todos aquellos rasgos que fueron significativos y contribuyeron a generar el sentido en el texto.

Subrayaba de manera compulsiva como un sustituto de la escritura misma. Subrayar es escribir un libro. Uno subraya desde su propia herida, desde sus carencias y entusiasmos, desde el lugar donde, en ese momento, está parado. Mientras no renuncie a subrayar, habrá esperanza. Si no subrayas, no vale.

Adenda. Este ensayo —ejercicio de apropiación, amalgama de diversas voces— está constituido enteramente por líneas intercaladas que subrayé en los siguientes libros y revistas, y en un suplemento cultural español:
Aguilar, Luis Miguel, Todo lo que sé, Cal y arena, México, 1990, p. 83.
Echevarría, Ignacio, “Libros subrayados”, en El Cultural, Prensa Europea del Siglo XXI, Madrid, 20 de mayo de 2011, p. 23.
Fuguet, Alberto, Apuntes autistas, Alfaguara, Santiago de Chile, 2013, pp. 198-201.
Gaddis, William, Los reconocimientos, traducción de Juan Antonio Santos; prólogo de William H. Gass (traducción de Mariano Peyrou), Sexto Piso, Madrid, 2014, p. 605.
Gordon, José, “Las cartas de Esther Seligson”, en Revista de la Universidad de México, UNAM, México, marzo de 2010, p. 20.
Juárez González, Delia (selección y edición), Gajes del oficio, Cal y arena, México, 2007, p. 11.
Manguel, Alberto, Diario de lecturas, traducción de José Luis López Muñoz, fotografías de Ana Obiols, Alianza Editorial, Madrid, 2007, p. 90.
Marchamalo, Jesús, Cortázar y los libros. Un paseo por la biblioteca del autor de Rayuela, Fórcola Ediciones, Madrid, 2011, pp. 17-18, 40.
Morábito, Fabio, El idioma materno, Sexto Piso, México, 2014, pp. 18, 77-78, 95-96.
Rivero Weber, Paulina, “Nietzsche. Un buen europeo malentendido”, en Revista de la Universidad de México, UNAM, México, mayo de 2005, p. 49.
Solana, Ingrid, Barrio Verbo, Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2014, pp. 169-170, 172-173.
Trapiello, Andrés, El fanal hialino, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2002, p. 92.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.