05-quinceletras

Ojo. ¿Por qué el ojo ve más segura la cosa en los sueños que con la imaginación estando despierto?: Leonardo da Vinci.

Judío. “Ser judío, en principio, es tener una relación especial con este asunto de la persecución. Ser judío, para la mayoría de ellos, es un pasaporte automático para una visión de uno mismo como vulnerable, precario, nunca del todo en su sitio, secuaz de antisemitismo. […] Lo cierto es que nunca he tenido el sentimiento de luchar por mi propia salvación cuando lucho por los judíos. Lo cierto es que no me acuerdo de haber tenido que sufrir, ni de niño ni después, en mi carne o en mi alma, discriminación, afrentas contra las que protesto y me sublevo. Hay judíos que sufren; yo soy un judío que pelea”: Bernard-Henri Lévy. (Michel Houellebecq, Enemigos públicos, Anagrama, 2008.)

Freud. Cuenta Jordi Doce, el traductor de El mundo no se acaba, que este libro de Charles Simic ocupa un lugar central en su obra: “Hay un antes y un después de este libro, y no sólo para su autor, pues es el único conjunto de poemas en prosa que ha merecido el Premio Pulitzer de Poesía en sus noventa años de existencia”. Y califica a la poesía de Simic como “capaz de sonreír o bailar con todo lo que llama su atención”. En efecto:  “‘Todo el mundo sabe lo que me pasó con el doctor Freud’, dice mi abuelo./ ‘Estábamos enamorados del mismo par de zapatos negros del escaparate de la misma zapatería. Por desgracia, la tienda siempre estaba cerrada. Había algún cartel del tipo cerrado por defunción o vuelvo después de comer, pero por mucho que esperara, nadie venía a abrirla./ Una vez sorprendí al doctor Freud admirando aquellos zapatos con descaro. Nos fulminamos con la mirada antes de partir en direcciones opuestas, para nunca volver a encontrarnos’”. (Vaso roto, edición bilingüe, 2014.)

Amherst. El poeta Jorge Esquinca realizó un viaje relámpago al pueblo de Amherst, lugar donde vivió Emily Dickinson y el resultado fue el libro Cámara nupcial. Dentro de él, este retrato: “Año de 1846. Invierno. Emily Elizabeth Dickinson Norcross, ‘La belle de Amherst’, está sentada frente a mí. Tiene el cabello espeso, castaño, recogido en un juicioso nudo. Los ojos húmedos, semejantes al resto del jerez que alguien dejó en una copa. Mueve la cabeza de un lado a otro, como un gorrión. Nerviosa. Altiva. No me teme. Tal vez sí. Es apenas una muchacha. Le pido que sostenga unas flores. Traje las violetas, me dice. Le pido que apoye su brazo derecho sobre la mesa. Que se mantenga erguida. También traje un libro. Ahora no se mueve. No sonríe. La miro de cabeza en la cámara oscura. Tenía el rostro de una hermosa piedra blanca, anotaré después en la bitácora. Disparo. Ya no está”. (Era/Instituto Veracruzano de la Cultura, 2015.)

Prenda. “Con el riesgo de desmentir la parábola de Tolstoi, el hombre feliz debe tener camisa para serlo. Lo demuestran los usos corrientes del lenguaje: cuando perdemos todo, perdemos hasta la camisa. Quien se dice nuestro mejor amigo, no vacilará en despojarse de ella por nosotros. Sin metáforas, la camisa es la prenda de vestir más próxima al corazón, el termómetro más fiel de nuestro pecho. La luz de un hombre vestido comienza en su camisa. Cuando se nos conceden cielos limpios y vastos, parece que Dios se pone su mejor camisa. […] Vittoria de Buzzacarini, en su erudito tratado En camisa, la atribuye a la voz persa camis. Según ella, la prenda fue traída de Oriente por los cruzados, acaso seducidos por su forma en T, evocadora de la cruz. […] Camisa suena a su nombre y, acaso porque su nombre es femenino, las mujeres no apaciguan los celos que les causan sino poseyéndola. Entonces, sólo entonces, la camisa es tan feliz como su dueño. […]”. (Vicente Quirarte, “La camisa del hombre feliz”, Enseres para sobrevivir en la ciudad, Luna Libros, 2012.)

Estigma. Empiezas a navegar y nunca sabes dónde vas a anclar el barco. Esta vez di con el sitio digital www.60watts.cl, con buenas reseñas de libros y entrevistas, y un artículo de Simón Soto sobre el primogénito de Juan Carlos Onetti donde cuenta cómo descubrió a ese otro Onetti, también escritor, que Juan Carlos tuvo a los veintidós años con su prima María Amalia Onetti, al que vio poco en su vida, y que apenas le sobrevivió cuatro años. “Alguna vez el periodista Juan Cruz le sugirió a Jorge Onetti cambiarse el primer apellido y ponerse el segundo, el de su madre. Jorge le hizo caso y siguió entonces llamándose Onetti, como su madre. Bueno, si no funciona con el segundo apellido, insistió Cruz, entonces ponte el tercero, mira que Onetti pesa mucho. Sería peor, confesó Jorge, mi tercer apellido, el segundo de mi padre, es Borges; tendría que llamarme Jorge Borges”.

Drama. A la escritora chilena Carla Guelfenbein, Alfaguara la premió por su novela Contigo a la distancia. No la he leído. Tengo cierta reticencia a las obras “premiadas”. Pero sí leí un libro anterior, una insólita historia trágica muy bien escrita y sin melodrama: El resto es silencio. El protagonista es un niño con una condición de salud delicada que intuye que lo que le contaron sobre la muerte de su madre no es cierto. Él se aplica a desentrañar ese misterio. Cuando su padre, que es médico, reflexiona sobre un niño al que atiende, prácticamente deshauciado, jamás se le ocurriría que está hablando también de su hijo: “A diferencia de los adultos que bombardean con preguntas, los niños, cuando intuyen algún peligro, prefieren pensar en otros asuntos. Ignorando la realidad, la hacen desaparecer. La primera vez que Cristóbal llegó a mi consulta, apenas despegó los ojos de su aparato electrónico. Cuando en un momento me miró vi en su expresión el más profundo de los desprecios […] se hubiera dicho incluso que sus padres vivían en una adormecida credulidad, mientras él ya había descubierto la naturaleza brutal de la vida”. (Alfaguara, 2015.)

Reacción. En una entrevista que le hizo Lynne Fox en 1991 a J. G. Ballard éste le confesó: “Nunca imaginé que alguien como tú podría  llegar a ser lectora de mi obra. A diferencia de los pintores o los dramaturgos, los escritores no tenemos la posibilidad de acudir a una galería o a un teatro para saber quiénes constituyen nuestro público. Un cineasta puede ir al cine y observar a la gente viendo sus películas; lo mismo pasa con los actores, los bailarines y los coreógrafos: todos pueden enfrentarse a su audiencia en directo y ver cómo reacciona la gente frente a sus obras. Los escritores no tenemos esa posibilidad”. (J. G. Ballard, Para una autopsia de la vida cotidiana. Conversaciones, traducción de Walter Cassara,  prólogo de Pablo Capanna, Caja Negra Editora, 2015.)

Mirada. Ante un fenómeno urbano y masivo como el de los grafitis, esta es la mirada del  calígrafo y profesor de diseño en la Universidad de Sunderland, Ewan Clayton: “En su forma más pura, los grafitis siguen siendo un tag, una firma: aseveran la presencia y la habilidad de un grafitero para otro. Como la antigua escritura cuneiforme o la jeroglífica, ésta tiene que ver con los nombres. En los grafitis la escritura vuelve en cierto modo al contacto con sus raíces, afirmando el poder de la presencia, la exhibición y la personalidad, y recuperando la excitación que suscita la actividad misma de escribir”. (La historia de la escritura, traducción de María Condor, El Ojo del Tiempo, Siruela, 2015.)

Semillas. “Hacer palomitas es un sortilegio preferido. Dos cucharadas de aceite hacen brillar el fondo de la olla donde esparces las semillas doradas. Con la olla a fuego lento, escuchas la primera explosión, seguida de una pirotecnia de juguete, tormenta de estallidos diminutos que poco a poco amaina. La destapas, a punto de derramar su contenido de nubes pequeñísimas, el cielo aborregado que sirves en los platos y que, fugaz, se disuelve en tu boca como un sacramento cotidiano”. (Carmen Villoro, “Jugo de naranja”, en Cuentos sobre la mesa, Edición de Sara Poot Herrera, UNAM/Instituto de Cultura de Yucatán, 2010.)

Bailar. Alfaguara publica ahora el Quinteto de Mogador, que reúne los libros de Alberto Ruy Sánchez: Nueve veces el asombro, Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador y La mano del fuego, en un solo volumen. Más de 800 páginas en las que por azar encuentro: “Quien baila revela una parte nada simple de sí mismo. Nos dice en el baile cómo conoce y goza su cuerpo y qué capacidades tiene para conocer y gozar otros cuerpos. No se trata simplemente de darse cuenta de qué tan bien baila sino de cómo se puede adaptar su ser a nuevas situaciones controlando o dejando fluir espontánea y oportunamente algo de lo que en el fondo es”.

Gajes del oficio. En El oficio de editor, Jaime Salinas, uno de los editores españoles más reconocidos, conversa con el periodista y también editor Juan Cruz: ¿Qué es un editor? Un editor es (o mejor dicho, era) una especie de go-between, de intermediario, entre el escritor y el lector, el que tiene, por una parte, con-tacto con la persona que escribe y, a su vez, traslada o traduce esa escritura a un objeto encuadernado, impreso, con letras, cuyo destino es ser leído por una, dos o un millón de personas. ¿Qué es lo peor de la literatura? Lo peor de la literatura es que sea mala. ¿Cuándo acaba la gratitud del escritor? Cuando no te necesita. (Alfaguara, 2013.)

Maravilla. El escritor y editor español Javier Fernández tuvo el tino de preparar una antología de lo mejor de la narrativa “samperiana”, Maravillas malabares, que incluye relatos, una novela corta y algunas prosas poéticas además de una breve y original autobiografía de Guillermo Samperio a manera de introducción. “Para escoger” es un texto fantástico, en todas sus acepciones. “Las coladeras son bocas con sonrisas chimuelas. Las coladeras han perdido los dientes de tanto que las pisamos. Sin coladeras la vida sería hermética. Las coladeras son las bocas de fierro de la ciudad. Las pobres coladeras están ciegas. Las coladeras son pura boca. Las coladeras se ríen de los nocturnos solitarios. De coladera en coladera se llega a la colonia Roma. Las coladeras son amigas de los borrachos. Por las coladeras se entra al otro Distrito Federal. Las coladeras envidian a las ventanas. Las ventanas nunca miran a las coladeras. Las coladeras son simpáticas, aunque eructen muy feo”. (Cátedra, 2015.)

Chaplin. “Hay, básicamente, dos tipos de payaso. En el circo clásico está el payaso con la cara pintada de blanco, gorra también blanca, pantalones cortos y medias de seda. Tiene las piernas bonitas y es muy elegante. Todos sus movimientos son perfectos. El otro payaso, que trabaja con él, el auguste, lleva los pantalones caídos y zapatones. Lo que hizo Chaplin fue fusionarlos, fundir en uno los dos payasos clásicos y crear uno nuevo. Ese era su secreto… Al menos, esa es mi teoría”: Orson Welles. (Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Wells, edición de Peter Biskind, traducción de Amado Diéguez R., Anagrama, 2015.)

Teléfono. Del libro de Aurelio Asiain La fronda: “Las tres de la mañana: suena el teléfono con insistencia. Alguien habrá muerto. Apenas lo descuelgo, cesa. A alguien habría que matar”. (Posdata Editores, 2013).

 

Delia Juárez G.
Autora del libro Gajes del oficio. La pasión de escribir y coordinadora de las antologías colectivas Y sin embargo yo te amaba. 12 autores interpretan a José José, Mudanzas y Anuncios clasificados.