En 1935 se decidió entregar la avenida San Juan de Letrán al automóvil. En unos meses la ampliación de la calle eliminó el pasado: los implacables derrumbes borraron para siempre el Colegio de San Juan de Letrán, que desde 1529 daba nombre a la avenida; se llevaron el templo y convento de Santa Brígida, última orden contemplativa de la Nueva España, cuya construcción databa de 1744; abatieron el edificio en donde estuvo el Hospital Real de Naturales (1557), y al llegar a la esquina de la actual Artículo 123 (que antiguamente se llamó calle de los Rebeldes) no dejaron piedra sobre piedra de una pequeña y misteriosa capilla dedicada al Divino Salvador.

Luis González Obregón tuvo el cuidado de recoger una inscripción situada en la entrada de esa capilla: “Reynando el Sr. Dn. Fernando VI y siendo Virrey el Ex. Sr. Conde de Rebilla-Gigedo se encargGO // desTA obra el Sr. Contador Dn. Joseph de Cárdenas, Administrador deste ospital Real // y se empezó el año de 1753 y se aCaBO en el de 1754”.

Un hombre aborda un tranvía en la esquina de Artículo 123 y la avenida San Juan de Letrán, hoy Eje Central, a inicios de los años treinta. Del lado izquierdo se encuentra el edifico Hoja de Lata, uno de los primeros rascacielos de la ciudad, que fue demolido poco después para ensanchar San Juan de Letrán; en su lugar se construyó el edificio de General Electric, que perdió varios pisos tras los sismos de 1985.

Un hombre aborda un tranvía en la esquina de Artículo 123 y la avenida San Juan de Letrán, hoy Eje Central, a inicios de los años treinta. Del lado izquierdo se encuentra el edifico Hoja de Lata, uno de los primeros rascacielos de la ciudad, que fue demolido poco después para ensanchar San Juan de Letrán; en su lugar se construyó el edificio de General Electric, que perdió varios pisos tras los sismos de 1985.

 

En esa esquina de San Juan de Letrán y Artículo 123 se alojó la imprenta más legendaria del siglo XIX, el taller de Ignacio Cumplido. No sólo eso: en ese sitio se editó El Siglo Diez y Nueve, el periódico más longevo e influyente de aquel siglo tumultuoso (publicado entre 1841 y1896).

Una foto de junio de 1935 muestra el edificio en los instantes previos a su demolición. Frente al pequeño templo se aprecia la curva que dibujan en el pavimento las vías plateadas de un tranvía; los cables del alumbrado se enmarañan en la parte alta de los postes; mujeres de ropaje elegante caminan protegidas bajo sombrillas, ciertos hombres del pueblo conversan, se aprestan a cruzar la avenida. Es un instante único. Nada volverá a ser jamás de aquel modo. En la foto aparecen varios anuncios publicitarios, que hoy podemos leer como verdaderas reliquias: “Wagner y Levien venden victrolas en abonos fáciles”; “Cognac Madero, siempre el primero”; “Protéjase contra sangre impura, reumatismo, gota y ácido úrico con Elixir Paya”.

Quienes dieron a conocer la fotografía —los autores del libro México en el tiempo, editado por Excélsior en 1945— apuntaron que el año de la demolición de la avenida San Juan de Letrán “las canteras de los edificios sintieron de cerca el peligro. Creyeron que su solidez y su edad impondrían algún respeto a las jóvenes generaciones, pero se equivocaron”.

Nada había entonces que recordara la existencia en ese sitio del mítico taller de Cumplido. Nada que indicara que en aquella imprenta fueron editados muchos de los libros centrales de la literatura mexicana, volúmenes que, tal vez, usted y yo adoramos: El fistol del diablo, de Manuel Payno, en 1859; la colección de novelas conocida como La linterna mágica, de José T. Cuéllar, en 1871; El Cerro de las Campanas y El sol de Mayo, de Juan A. Mateos, aparecidos ambos en 1868.

Los cuentos de Ignacio Rodríguez Galván, las poesías de Juan de Dios Peza, los libros de filosofía de José Miguel Guridi y Alcocer, las colecciones de piezas literarias en prosa y verso de José Joaquín Pesado, las oraciones cívicas y los caprichos dramáticos de Guillermo Prieto, la Historia de la Conquista de México de William Prescott, los Cuentos de Navidad de Charles Dickens, la Historia general de las cosas de la Nueva España de fray Bernardino de Sahagún. Noticias estadísticas, descripciones geográficas, discursos, reflexiones, calendarios, catálogos, reglamentos, manifiestos, crónicas, tratados científicos, documentos para la historia de México… Es imposible hurgar en el siglo XIX mexicano sin encontrar, una y otra vez, la frase: “Imprenta de Ignacio Cumplido, calle de los Rebeldes n. 2”.

Cumplido fue un editor estelar. Entre muchas otras cosas, le fue dado publicar el “Proyecto del primer camino de hierro a la República, desde el puerto de Veracruz a la capital de México” (1837); el “Detalle de las operaciones ocurridas en la defensa de la capital de la República, atacada por el ejército de los Estados Unidos del Norte” (firmado por Santa Anna en 1847); el “Tratado de Paz, Amistad y Límites”, con el que México perdió en 1848 la mitad de su territorio, y la “Historia del Congreso Constituyente de 1856-1857”, escrita nada menos que por Francisco Zarco.

Se le requería también para imprimir avisos y volantes que contenían opíparos asuntos de la vida diaria. Este es uno de mis favoritos:

Aviso: Remate al mejor postor de curiosidades naturales y artísticas que fueron del difunto Mariano Sánchez Mora, ex-conde del Peñasco, y se verificará en su casa, calle del Correo Mayor, casa sin número al torcer para el Parque de la Moneda, en los días necesarios, siendo el primero el 2 del prócsimo [sic] septiembre, comenzando a las once de la mañana en adelante si hubiere concurrentes [1846].

En 1829 Cumplido era un muchacho de 18 años al que se le había confiado la dirección del establecimiento que publicaba ø, un órgano del partido liberal. En las prensas del Correo se definieron, simultáneamente, su vocación y su ideología. Pocos años más tarde editó El Fénix de la Libertad y un diario conocido como El Atleta. Desde 1833 comienza a aparecer en libros y revistas la frase mágica: “Ignacio Cumplido, impresor”, así como la dirección “Rebeldes n. 2”.

1833 es el año en que Cumplido ha instalado entonces su propia imprenta. La calle de los Rebeldes se encontraba en ese tiempo a las afueras de la ciudad, haciendo esquina con un San Juan de Letrán que no podemos siquiera imaginar. Lo componían portadas, cúpulas, muros de templos, colegios y conventos. Las pocas imágenes de aquellos días muestran una calle terregosa escoltada por poquísimas casas habitación.

Cuando Cumplido abrió su establecimiento tipográfico en un rincón del viejo Hospital Real de Naturales, esta institución colonial llevaba más de 10 años cerrada. Había dejado de funcionar, poco después de la Independencia, en 1822. El editor fue de los primeros en aprovechar los antiguos espacios que la Corona española abandonaba en América.

Sus contemporáneos lo definieron como un maniático de la perfección. En sus trabajos privaban siempre el buen gusto, la limpieza, la simetría, la corrección. Vicente Quirarte afirma que era capaz de hacer fastuosas ediciones cuando se le presentaban los recursos, “o de resolver limpiamente un problema cuando el cliente sólo contaba con dinero para tinta y papel”. Uno de sus biógrafos, Ramiro Villaseñor y Villaseñor, cuenta que el mayor disgusto de Cumplido “era oír a otros trabajadores quejarse de fatiga o de cansancio”.

Este tirano hizo de la tipografía mexicana un arte mayor. De Rebeldes número 2 salieron las revistas más bellas de la época, El Mosaico Mexicano, editado a partir de 1837 y decorado con elegantes grabados en madera y poderosas litografías (ahí colaboraron Manuel Payno, Guillermo Prieto, José María Lacunza, Manuel Carpio, José Bernardo Couto: los miembros más destacados de la Academia de Letrán); La Ilustración Mexicana, órgano de los escritores agrupados en torno del Liceo Hidalgo (Ignacio Manuel Altamirano, Francisco Zarco, Manuel M. Flores, José T. Cuéllar), y El Presente Amistoso Dedicado a las Señoritas Mexicanas, que por sus virtudes tipográficas el crítico Emmanuel Carballo situó como la mejor revista de su tiempo.

El 7 de octubre de 1841 los papeleritos de la ciudad de México vocean por primera vez El Siglo Diez y Nueve, el diario liberal y doctrinario por excelencia, en cuya fundación participan Juan Bautista Morales, Mariano Otero, Juan Rodríguez Puebla y el propio Cumplido. La ciudad de México no puede saber que en aquellas planas quedará su retrato, la fotografía de un siglo, el daguerrotipo de un país.

Desde la tarde de su primera aparición pública —comenzó como un vespertino que costaba un real—, hasta el 15 de octubre de 1896, fecha fatal de su extinción, este diario tirará 17 mil 638 números: 55 años del siglo XIX están cifrados en sus páginas.

El Siglo propagó ideas liberales y enarboló la defensa de las libertades democráticas. Fue cerrado, multado, amonestado. Sus directores fueron perseguidos. Desapareció durante la invasión norteamericana, las guerras de reforma y la invasión francesa, pero regresó siempre listo para meterse en la política, la literatura y todas las formas del combate. Zarco lo dirigió en uno de sus momentos más brillantes. A él se debe una frase espléndida: “Un pueblo puede agitarse por lo que la prensa diga, pero puede morir por lo que la prensa calla”.

Guillermo Prieto relata que aun los articulistas más solicitados “percibían una mísera soldada por sus colaboraciones”. Contra la costumbre de la época, afirma Ramiro Villaseñor y Villaseñor, la mayor parte de los colaboradores solía prescindir del uso del seudónimo, “cosa que constituye un mérito en tiempos de borrasca política”.

La nómina de autores que escribieron en sus páginas haría palidecer a cualquiera.

En donde estuvo ese periódico, ahora pasan los autos.

San Juan de Letrán se llama, desde fines de los años setenta, Eje Central, y Artículo 123 es una calle que prodiga ruido, tráfico, contaminación visual.

En una fotografía borrosa alguien verá en el futuro estas reliquias de nuestra época: embobinado de motores, reparación de aspiradoras, refacciones para aparatos domésticos, venta de licuadoras, taladros y pulidoras.

Convertida en un montón de piedras desmoronadas, olvidada en algún rincón antiguo del Panteón Francés de la Piedad, la tumba de Cumplido es acaso la representación exacta de todo esto.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

5 comentarios en “El año en que se borró el pasado

  1. Hector, me ha llamado mucho la atencion tus articulos y me han gustado mucho. Gracias por “recuperar” parte del pasado de la ciudad de Mexico (“La ciudad de los palacios”). Despues de leer estos articulos ya no sera lo mismo volver a caminar por el centro de Mexico. Ya que andas en esos temas podias encontrar la letra completa y el autor de “Las Pelonas” esta es una parte de la cancion: “Se acabaron las pelonas
    Se acabó la diversión
    la que quiera ser pelona pagará contribución ”
    PS ya encargue tu ultimo libro, que sigan mas recuerdos y que encuentres mas fotos de ese Mexico antiguo

  2. Hector, soy asiduo lector de tus reportajes en el Universal y en Nexos y auque no vivo en la cd.de mexico me gustan tus coolaboraciones ademas de tu programa en el canal 40.

  3. Estimado Héctor:
    Ingenioso y ameno su texto. El título es sensacional. solamente me queda una duda: recuerdo en muchas ocasiones a mi madre hablar (con cierto rencor) de que el nombre verdadero del Eje Central Lázaro Cárdenas en “Niño perdido”. Cuando hube de preguntarle el origen de esa denominación, ella no supo qué contestar. Así se le llamaba entonces, alcanzaba a mascullar. Entiendo que “entonces” para ella, constituían los años de su juventud plena: los años de la década que va de 1950 a 1960. Me quedó la curiosidad y lo que pude hallar respecto a “Niño perdido” es: una historia de la época colonial en la que un escultor de Castilla, Don Enrique Verona, se enamoró de Estela de Fuensalida. Producto de ese amor fue un matrimonio y, posteriormente el nacimiento de su hijo. Vivieron, cuenta la historia, “más allá del Río de la Piedad” (Viaducto) con su recién nacido.
    Ocurrió un fuego descomunal y entre la confusión, la madre no encontró a su hijo y gritaba angustiada “Mi hijo se ha perdido”, “madre mía, devuélvanme al niño perdido”. De ahí el nombre no sólo de la calle que comentamos, sino del rumbo en el que el niño supuestamente se habría perdido. Mi duda sigue siendo la misma: ¿en qué momento San Juan de Letrán pasó a ser Niño perdido? ¿se trató de solo un tramo de la avenida o cobró ese nombre en toda su extensión?
    Le mando un cordial saludo.

  4. Hèctor, se que estoy mal, pero hasta el día de hoy, yo todavía le siga llamando al eje Làzaro Càrdenas, San Juan de Letràn; fue el estúpido y paranòco Luís Echeverrìa, el que cometió semejante burrada de cambiarle el nombre a tan histórica calle o avenida; ojalá la asamblea legislativa cuando cambie de imbéciles, vuelven a pònerle su nombre històrico. Soñar no cuesta nà. Vale.