En 1843, a los 23 años de edad, Manuel Payno ha comprendido lo que escribirá varios años más tarde al asumir la dirección de El Siglo Diez y Nueve: en México no hay asunto político que no haya sido puesto en tela de juicio por el periodismo. En un país despedazado por sus querellas internas, y en el que nadie nunca, al parecer, va a lograr ponerse de acuerdo, aquellos papeluchos que cada mañana salen de la imprenta escurriendo tinta han logrado sólo que la fe se desvanezca “hasta convertirse en abulia y desconcierto”.

A comienzos de octubre de ese año, apesadumbrado por esa certeza, Payno sale a la calle y busca inútilmente algo nuevo que criticar. Pero sus compañeros, los chicos de la prensa, parecen haberlo destrozado todo; no han dejado aquella mañana cosa alguna para él. “Hay entre nosotros muchas costumbres —se quejó—, tales como la de pretender empleos, la de ser ricos de la noche a la mañana, etcétera, pero eso me daría para materia para un renglón, ¿y después…?”.

Payno ignora que en los 51 años que le quedan de vida seguirá padeciendo la ansiedad de encontrar “un asunto”, seguirá llevando artículos de costumbres a la mayor parte de los diarios que existan de aquí a 1894.

Por ahora está aburrido y decide meterse a un café.

Vista de la calle de San Francisco, hoy Madero, y la esquina de Vergara, hoy Bolívar, captada por el fotógrafo Guillermo Kahlo alrededor de 1904. Del lado izquierdo se aprecia el edificio de la cantina La Fama Italiana, célebre por ser el punto de reunión de “los lagartijos” de la época; cruzando la calle se aprecia el inmueble que casi una década después alojaría al famoso cabaret Mata–Hari Dancing Hall, en cuya planta baja se encontraba una dulcería y chocolatería. Al fondo se alcanza a ver el templo de La Profesa.

Vista de la calle de San Francisco, hoy Madero, y la esquina de Vergara, hoy Bolívar, captada por el fotógrafo Guillermo Kahlo alrededor de 1904. Del lado izquierdo se aprecia el edificio de la cantina La Fama Italiana, célebre por ser el punto de reunión de “los lagartijos” de la época; cruzando la calle se aprecia el inmueble que casi una década después alojaría al famoso cabaret Mata–Hari Dancing Hall, en cuya planta baja se encontraba una dulcería y chocolatería. Al fondo se alcanza a ver el templo de La Profesa.

 

La Guía de Forasteros en la Ciudad de México, editada en 1842 por Mariano Galván, informa que Payno pudo haber elegido entre el café La Gran Sociedad, en Espíritu Santo número 1; la Fonda Francesa, en la calle del Refugio número 10; el Café Astrea, en la esquina de San José del Real y 2ª de Plateros; el café de Veroli, en Coliseo Viejo número 11 —que “mejoró el ramo de los helados, pues antes de él sólo se conocía la nieve de rosa y de limón de la antigua nevería de San Bernardo; nieve áspera y cargada de azúcar”—; el café del Hotel de la Bella Unión, en Refugio y Palma, y el Café del Cazador en el Portal de Mercaderes número 1.

Afortunadamente no es así. Esa mañana en la que se halla peleado con el periodismo, algo lleva a Manuel Payno a cruzar las puertas del Café Paoli, en la 2ª. calle de Plateros número 3.

En dicho establecimiento, uno de los más elegantes y concurridos de la capital, se sirve a toda hora un platillo poco conocido en México: el beff-steak. Por sólo tres y medio o cuatro reales es posible saborear “tan agradable mercancía”.

En la 2ª de Plateros número 3 (actual calle de Madero) hoy existe un Centro Joyero marcado con el número 59. Cuesta imaginar, en el tropel de escaparates cargados de relojes, pulseras y otras joyas, las sencillas vidrieras que Payno, de levita y sombrero de copa, cruzó hace 172 años.

—¿Bistec, señor? —le pregunta un mozo bien aseado, que se acerca con una servilleta, una copa, un cubierto “y una torta de pan”.

—Sí, pero recomienda al cocinero que esté blando.

El diálogo queda consignado en el artículo que Payno escribirá esa noche. Un año antes, durante la Semana Santa de 1842, el periodista se había visto obligado a admitir su rotundo fracaso en la búsqueda de un asunto. Optó por presentar a los lectores el cuento titulado “El matrimonio”.

Ahora la musa nuevamente se ha escapado y mientras espera su pedido Payno se acerca a la mesilla en que descansan los periódicos del día.

El café es en el siglo XIX el sitio preferido de reunión. Espacios de boato y maledicencia que habitan la ciudad a partir de 1790 —año en que se abre el Café de Manrique—, en ellos se reúnen “cócoras” que se cuentan anécdotas picarescas, “pollos” aprendices de hombres de mundo, viejos rabo verdes que se presentan dando el brazo a las actrices de teatro y aun recuerdan “los robos ingeniosos de Garatuza, las chispeantes coplas del Negrito Poeta, los dichos agudísimos de la Güera Rodríguez”. Jugadores permanentes de dominó y ajedrez, viajeros que beben chocolate para paliar el ajetreo de la diligencia, y payos que no salen de su asombro al ver el comportamiento de los asistentes. Hay también —según la enumeración de Guillermo Prieto, José Joaquín Fernández de Lizardi y Enrique Fernández Ledesma— caballeros de industria, vagos, desempleados, conspiradores, espías, militares y literatos que admiran al poeta del momento, sea fray Manuel Martínez de Navarrete, o José Bernardo Couto, o bien Manuel Carpio.

Una especie aparte la constituyen los lectores de periódicos que —informa Clementina Díaz y de Ovando— el 5 de marzo de 1832 produjeron en El Sol la siguiente queja:

Sres. Editores: Concurren a los cafés tan poco cultos, necios o malcriados, que luego que llegan se apoderan de los periódicos como si los hubiesen de leer todos a un tiempo, privando a otros de que ínter ellos leen uno puedan hacerlo con otros.

Payno debe pertenecer a esta especie. Comienza a hojear los diarios —pone especial atención en el que colabora—, y entonces alguien se le acerca con este comentario:

—¡Pero si ese papel no vale ya un comino: no habla fuerte ni dice picardías! Es un engaño manifiesto el que quieran hacerle a uno creer que es periódico de oposición.

Es un anciano regordete con antiparras. Payno vuelve a su mesa y hunde la nariz en el plato aromático que le han servido. Está escrito que ese día hay que odiar el periodismo. Sin embargo, “a medida que mi estómago se iba llenando, se disipaba el mal humor de que estaba poseído”, escribirá.

En 1843, de las puertas del Café Paoli sale el llamado “ómnibus de Tacubaya”, en realidad, una carretela jalada por mulas en la que caben ocho o diez personas. Como Payno no encuentra qué hacer, y en el ómnibus sobra aún un asiento, decide comprar un boleto y aborda el vehículo con desgano.

Comienza el viaje y los pasajeros parlotean. El periodista mira el paisaje, pero aquel día tampoco está “por lo sentimental”, lo que lo priva de describir a sus lectores el frondoso bosque de Chapultepec y las lomas pintorescas de Santa Fe.

El viaje es un desastre. Fastidiado de dar vueltas por la plaza de Tacubaya, sin hallar asunto, lleno de mal humor y “con un cielo de plomo y un viento húmedo y desagradable”, el periodista frustrado vuelve a meterse al ómnibus y regresa solo a México.

Para cumplir con el editor de El Siglo Diez y Nueve se inventa un diálogo… ¡en el que el ómnibus le cuenta los secretos de los pasajeros que han viajado en él!

Tal vez tenía razón el viejo de las antiparras que aquella mañana le gruñó:

—¡Nada traen esos papeles que merezcan la atención!

Porque su artículo es un fracaso. Y sin embargo, casi 180 años después, nos permite poseer un dato inútil: la fecha en que en un restaurante de la calle de Plateros apareció en México la novedad del bistec.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

3 comentarios en “Novedad del bistec

  1. Me trasladè a un lugar que conozco muy poco. El centro Històrico de la Ciudad de Mèxico (Calle Madero). Dibujè en mi mente imàgenes que me hacen sentir bien. Cuando visite pedirè en el centro joyero… un bistek

  2. Maestro què bella época aùn con todos su inconveniente propios, acá en el norte todavía saboreamos, hasta en las fiestas familiares, buenos cortes de carne que, como en aquel entonces, no están al alcance de los bolsillos del comùn, aunque la carne asada tampoco falla con cualquier pretexto. Recordar es vivir. Vale.