Un cabo del regimiento de dragones descubre en la plazuela de Tenexpa, a unos pasos del templo de Santa Catarina, un lujoso carruaje abandonado. Es el 24 de octubre de 1789. Comienza a amanecer en la ciudad de México: los portones de las casas aún permanecen cerrados. El militar espera el paso de los primeros transeúntes porque sabe que algo anda mal. Tenexpa no es el barrio en el que podría encontrarse un carruaje de este tipo. Se halla, a todas luces, en el sitio equivocado.

La residencia de estilo ecléctico construida a inicios del siglo XX en el número 94 de la calle de Donceles, antigua calle de Cordobanes, entre la primera calle de Santo Domingo, hoy República de Brasil y la primera calle del Relox, actual República de Argentina. Este inmueble se conserva hasta la actualidad y se encuentra justo enfrente del Hotel Catedral.

La residencia de estilo ecléctico construida a inicios del siglo XX en el número 94 de la calle de Donceles, antigua calle de Cordobanes, entre la primera calle de Santo Domingo, hoy República de Brasil y la primera calle del Relox, actual República de Argentina. Este inmueble se conserva hasta la actualidad y se encuentra justo enfrente del Hotel Catedral.

 

Un cochero informa al cabo de dragones que aquel carruaje elegante es bien conocido en la ciudad: pertenece al comerciante español don Joaquín Dongo.

El dragón vislumbra la posibilidad de obtener una buena recompensa y camina hasta un alto caserón de tezontle rojizo ubicado en el número 13 de la calle de Cordobanes (actual Donceles). La puerta de madera labrada está apenas recargada: el hombre empuja con los dedos, asoma la cabeza y deja escapar una exclamación. En el patio, sobre las baldosas de piedra, yace el cadáver atrozmente acuchillado de don Joaquín Dongo.

El alcalde del barrio es llamado a la casa y halla en las habitaciones y en el entresuelo, revolcados en su propia sangre, con la cabeza y el cuerpo partidos a machetazos, los cadáveres del tesorero de Dongo, Nicolás Lanuza, y de otros nueve sirvientes —entre los que figuran mujeres y ancianos. El reconocimiento de la escena del crimen (un travelling espeluznante, escribirá un siglo después el historiador Enrique Flores), culmina con el hallazgo de la vela de cera que los asesinos emplearon para alumbrarse mientras iban realizando la matanza. En las habitaciones hay varios baúles descerrajados. No se sabe cómo, alguien calcula que el robo asciende a veinte mil pesos: una fortuna a fines del XVIII.

Carlos María de Bustamente recordaría años después que el crimen “llenó de pavura la nación”. Sacudida por la naturaleza atroz del multihomicidio, la ciudad entera se agolpa frente a la casa de Dongo. De acuerdo con la Gazeta de México, la policía espulga las garitas (“por si pasase o hubiese pasado alguno o algunos fugitivos”), recorre los hospitales (“para ver si ocurriese algún herido”), visita los mesones (“para tomar razón individual de los que se hallaban posados”) y husmea en las platerías (“por si alguien llegara a tasar o vender”).

Cordobanes se puebla de lloros y gritos de espanto cuando los muertos son conducidos en tablas al edificio de la Acordada.

No hay rastro de los asesinos. Los vecinos son interrogados en busca de pistas. Se hace declarar a una mujer en cuya tertulia Dongo había estado la noche anterior. Alguien recuerda que a la medianoche escuchó un carruaje que partía a galope.

Los “inescrutables juicios de la Omnipotencia” —otra vez la Gazeta de México— permiten que un vecino atestigüe la discusión entre un sujeto que lleva la cinta de atarse el cabello manchada de sangre, y un joyero o relojero llamado Ramón Blasio.

Blasio es prendido esa misma tarde en su local de la calle de Plateros. Su declaración conduce al capitán de comisarios hasta la casa del hombre con el que el joyero había conversado. Se llama Felipe Aldama y se dice “español decente, noble, notorio hijodalgo”. Jura por todos los cielos que la sangre hallada en su cinta proviene de una salpicadura adquirida en una pelea de gallos. En el barrio tiene, sin embargo, fama de hombre vago. Aldama admite que vive “de la caridad de unos amigos”, puesto que de momento se encuentra sin trabajo.

Sus respuestas quieren ser prontas y persuasivas. Lo hunde, sin embargo, el hallazgo de una capa y un sombrero, sucios también de sangre, y el descubrimiento de una hebilla que tiene grabadas las iniciales “J.D.”.

Los comisarios buscan entonces a los amigos caritativos que se han echado a cuestas la manutención de Aldama. Después de varias pesquisas llegan al primero de ellos: se llama José Joaquín Blanco, ¡como el querido escritor de nuestros días! Nuevas investigaciones conducen a las autoridades al domicilio de un segundo amigo: Baltasar Dávila Quintero. Las “mutaciones en su semblante” hacen que su habitación sea registrada. Bajo las vigas del suelo aparecen varias talegas. Contienen veintiún mil seiscientos pesos en monedas de plata. A los asesinos no les queda sino confesar: “Señor, ya no tiene remedio… no quiero cansar más la atención de vuestra señoría pues Dios lo determina, y me han hallado el robo en mi casa. ¿Qué tengo que decir sino que todo es verdad? Que me alivien las prisiones, ya que lo he confesado, fuerza es pagar”, declara Dávila Quintero.

El relato de los asesinos marea. Provoca náuseas entre los habitantes de la Nueva España. “Fingiéndose justicia”, es decir, haciéndose pasar por comisarios que investigaban un robo, los tres cómplices entraron en la casa de Dongo. “Con tal prontitud que no dieron voz”, asesinaron a machetazos a un indio mensajero, al tesorero Lanuza, a cuatro sirvientas (“dos han quedado, una tú y otra yo”), al portero y a un anciano ayudante. Al terminar la matanza se sentaron en el patio a esperar la llegada de Dongo.

Don Joaquín llegó en su carruaje hacia las nueve y media de la noche. Le acompañaban un lacayo y un cochero. Aldama abrió la puerta y retomó por un instante su papel de comisario:

—Caballero —le dijo a Dongo—, dispense el atrevimiento que se ha tenido de perder los respetos de su casa. Usted tiene su lugar. Sírvase subir a hablar con estos caballeros [Blanco y Dávila Quintero], que yo tengo quehacer con sus criados.

El comerciante obedeció, pero advirtió que la casa estaba demasiado silenciosa, que los cuartos de los criados se hallaban cerrados, que algo estaba fuera de lo normal. Hizo intento de sacar la espada. Dávila y Blanco se lanzaron contra él. Su cadáver sería encontrado con cortaduras en la cabeza, el pecho y las manos (con las que había intentado cubrirse la cara). Los asesinos le arrancaron la hebilla, las charreteras y un reloj de oro. Tras ultimar a los dos criados restantes (uno de ellos sobrevivió durante cinco indescriptibles minutos), forzaron los baúles y pasaron un par de horas trasladando talegas y monedas de plata al interior del carruaje. El vehículo iba tan cargado que al correr por las calles empezó a crujir. Crujió de tal modo, “que sueños de bronce que hubieran tenido los vecinos, se hubieran alborotado y despertado”, recordó uno de ellos.

Nadie advirtió, sin embargo, el paso de los asesinos. “Para mejor alucinar discursos”, declaró Dávila, decidieron abandonar el coche en una plazuela apartada.

Al llegar la medianoche se separaron. Blanco y Aldama se refugiaron en la vecindad en la que vivía el primero; dijeron a la portera que regresaban de un baile. De acuerdo con la Gazeta, cuando la noticia del crimen se extendió, tuvieron la sangre fría de acercarse a la casa de Dongo: ambos “fingieron asombro y aun detestaron su delito”.

El 7 de noviembre de 1789, Aldama, Dávila y Blanco fueron ejecutados en una plaza pública. El verdugo les cortó “las manos ofensoras” y las expuso, unas en el lugar del crimen, otras en la casa en donde el plan se había fraguado.

1789 había sido un año espantoso. En Querétaro nació un niño que poseía cuatro nalgas, dos miembros viriles y veintitrés dedos en los pies. En Oaxaca había ocurrido un violento terremoto. El pueblo de Texcoco lloraba la muerte del indio Juan Cayetano, de 130 años de edad, a quien se consideraba el hombre que más cosas había visto en Nueva España. La ciudad de México había despertado temblando de pavor una noche en la que aparecieron en el cielo unos rayos misteriosos, “blanquizcos, en forma de escoba”.

De aquel largo rosario de calamidades, sin embargo, ninguna fue tan recordada como el execrable crimen de don Joaquín Dongo. En 1835 Carlos María de Bustamante decidió publicar los papeles del proceso. Tres décadas más tarde, Manuel Payno recreó en El libro rojo los pormenores del caso. José T. Cuéllar dedicó al asunto una novela: El pecado del siglo (1869). Cien años después de los sucesos, el propio Payno volvió a inspirarse en el multihomicidio durante la escritura de uno de los capítulos más escabrosos de la novela Los bandidos de Río Frío.

Ignoro en qué año desapareció la casona donde se cometió el asesinato. Desde los años treinta del siglo pasado hay en su lugar (Donceles 98) un edificio “moderno”, tan carente de gusto como de relevancia arquitectónica. “En esta casa fue asesinado don Joaquín Dongo, 1789”, se lee en una placa.

Pero en el tráfago de la ruidosa calle de Donceles nadie, casi nadie la advierte.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

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