El 5 de abril de 1932 una bala cambió para siempre el destino de la música mexicana. Fue disparada en el mismo bar donde 30 años antes se encontraban cada noche los poetas modernistas del porfiriato: tal vez cuando sobrevino la descarga por ahí seguían flotando las sombras clásicas de la bohemia y el dandismo: los pálidos espectros de José Juan Tablada, Amado Nervo, Ciro B. Ceballos, Bernardo Couto, Julio Ruelas y Rubén M. Campos. El bar aquel se llamaba Salón Bach.

Publicidad del mes de octubre de 1928 del restaurante y cantina Salón Bach, ubicado en el Edificio Santacilia, diseñado en 1925 por Carlos Obregón Santacilia en el número 32 de la calle de Madero; los muros del salón fueron decorados por Juan O’Gorman, con dibujos y leyendas alusivos a las bebidas alcohólicas.

Publicidad del mes de octubre de 1928 del restaurante y cantina Salón Bach, ubicado en el Edificio Santacilia, diseñado en 1925 por Carlos Obregón Santacilia en el número 32 de la calle de Madero; los muros del salón fueron decorados por Juan O’Gorman, con dibujos y leyendas alusivos a las bebidas alcohólicas.

 

Para 1932 casi todos los poetas que he mencionado habían muerto. La poesía ya no estaba de moda, o no lo estaba, al menos, de la misma forma. La encargada de moldear ahora el paisaje sonoro de la urbe era una estación de radio: la XEW. Se hallaban en boga canciones que hablaban de ojos tristes, rosales enfermos y bocas de púrpura encendida. Canciones que venían de la llamada trova yucateca, una forma de hacer música que había nacido en el siglo XIX en los salones elegantes de Mérida, y que se veía a sí misma como una prolongación del viejo arte de la poesía (no en vano eran poetas quienes escribían su letra: Antonio Mediz Bolio y Ricardo López Méndez, entre otros).

La XEW metió la trova en los núcleos urbanos. En la ciudad de México causó furor. Los primeros intérpretes en alcanzar la fama fueron Ricardo Palmerín, Pepe Domínguez y —de manera señalada— el cantante, guitarrista y compositor Augusto Cárdenas Pinelo, un yucateco de 26 años, mejor conocido como Guty Cárdenas.

Guty Cárdenas procedía de un tiempo en el que Mérida era la arcadia de los trasnochadores. Las serenatas “al pie de la reja florida” se sucedían en toda la ciudad. Cárdenas había estudiado una carrera comercial, pero pronto se reveló como “un guitarrista de estilo personal” y “compositor de fecunda inspiración”.

En una parranda a la que asistieron el pintor Roberto Montenegro, el caricaturista Ernesto García Cabral y el compositor Tata Nacho, Guty Cárdenas logró una invitación para probar suerte en México.

Debutó en una comida de aniversario de Excélsior, que se celebró en el restaurante El Retiro, y logró que los periodistas se convirtieran en sus apologistas principales. En el concurso “La fiesta de la canción” derrotó a Tata Nacho y conquistó el primer premio con un bolero que hoy sigue hechizando: “Nunca”.

En 1927 inició la gira que lo consagró de modo definitivo —culminó en la Casa Blanca con el presidente Hoover aplaudiéndole a rabiar.

En esos años Guty Cárdenas se adueñó del espectro radioeléctrico. “Ojos tristes”, “Flor”, “Para olvidarte a ti”. El único capaz de competir con él era el músico poeta Agustín Lara.

La noche del 5 de abril de 1932 Cárdenas cruzó las puertas del Salón Bach —se hallaba en Madero 32, donde actualmente existe una librería Gandhi— y pidió un reservado para beber y cenar en compañía de algunos amigos. Una nota de prensa recuerda que el compositor se había vuelto célebre “por su carácter jovial y sus simpáticos desplantes”. Al terminar de cenar pidió una guitarra y divirtió a los parroquianos con frases picantes y boleros melancólicos. Al poco tiempo llegaron al Bach los hermanos Ángel y José Peláez, y el cantante Jaime Carbonell, conocido como El Mallorquino. Pidieron una botella de coñac e invitaron un trago a los presentes.

No hay una idea clara de lo que ocurrió después: el alcohol rehuye siempre las explicaciones. Los amigos notaron que Guty Cárdenas y José Peláez se habían enfrascado en un duelo de vencidas, del que emergieron “haciéndose de palabras”. El reportero de nota roja Eduardo El Güero Téllez escribió que Cárdenas llevaba entre las ropas el revólver de utilería que acostumbraba lucir en sus presentaciones. Lo desenfundó para amagar a su oponente.

Peláez llevaba en la cintura una escuadra verdadera. La ráfaga de una bala partió en dos la oscuridad. Una vieja prostituta recordó que la última canción de Guty Cárdenas había sido “Dile a tus ojos”.

A las 12 de la noche el ministerio público levantó el acta correspondiente, que era en realidad el acta de defunción de un estilo (la música quedaba a merced de Lara). Decía el documento:

Sobre el piso y cerca de un pequeño aparato para juego, se encontró el cadáver de un individuo de sexo masculino como de 25 años de edad […] con el cuello de la camisa y chaleco desabrochados. En el lugar fuimos informados por el cantinero Enrique del Valle que el cadáver pertenecía a Guty Cárdenas.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

4 comentarios en “Bocas de púrpura encendida

  1. Què bonito articulo: Yo se que nunca besare tu boca, tu boca de púrpura encendida, yo se que nunca llegare a la loca, apasionada fuente de mi viida. Yo se que inutilmente te venero, que inutilmente el corazón te evoca, pero a pesar de todo yo te quiero, pero a pesar de todo yo te adoro, aunque nunca besar pueda tu boca. “Hijo e’sù”. Y ahora se enamoran hombres con hombres y mujeres con mujeres. Cuestiòn de época y de tipos “progresistas”. Vale.