En la esquina de Tacuba e Isabel la Católica se yergue un palacio de tezontle y cantera cuyos bajos han sido tomados por letreros que anuncian zapaterías, tiendas de ropa y perfumerías: Bandolino, D’Vargas, Mishka, Fraiche, Zapaterías León. Cuando esa marejada de signos permite fijar la mirada en la belleza simple y desnuda del edificio, aparece como de golpe un portento del siglo XVIII: un caserón que sólo pudo ser habitado por nobles, por condes, por virreyes.

Ahí vivió doña Josefa Sánchez Barriga, la última virreina de la Nueva España.

Tras esos muros se tejió una de las historias más trágicas, sórdidas y olvidadas de México. No está mal pensar en ella mientras uno se prueba unos zapatos.

La esquina de la calle de Tacuba e Isabel la Católica, antes calle de San José Real, en una fotografía de los años cuarenta, donde se aprecia una de las casas de Cortés, en la que predomina el mexicanísimo tezontle, en cuya parte superior se ubica un llamativo torreón en el que destaca la hornacina de una virgen cargando a un infante sobre un nopal.

La esquina de la calle de Tacuba e Isabel la Católica, antes calle de San José Real, en una fotografía de los años cuarenta, donde se aprecia una de las casas de Cortés, en la que predomina el mexicanísimo tezontle, en cuya parte superior se ubica un llamativo torreón en el que destaca la hornacina de una virgen cargando a un infante sobre un nopal.

 

Que doña Josefa Sánchez Barriga fue la última virreina de la Nueva España es un decir, porque cuando desembarcó en Veracruz en compañía de su esposo, don Juan de O’Donojú, los realistas habían perdido la última batalla y las Cortes de Cádiz acababan de suprimir el virreinato. O’Donojú era un ser destinado al infortunio. Atravesó un mar cargado de peligros y al desembarcar se enteró de que el puesto para el que había sido llamado no existía más. En un gesto de nobleza accedió a estampar su firma en el Acta de Independencia. No pudo cosechar, sin embargo, reconocimientos ni aplausos porque un mes después de la entrada triunfal del Ejército Trigarante murió repentinamente a consecuencia de una pleuresía, o acaso envenenado por Iturbide, como apuntó en su Diario el historiador y periodista Carlos María de Bustamante.

Su esposa doña Josefa, que había llegado para ser virreina, se encontró de pronto completamente sola. No podía volver a España porque Fernando VII había declarado traidor a O’Donojú (“Lo envié a que me conservase esos reinos, no a que los diese a los enemigos de la Corona”), y porque la ira del rey la había tocado también a ella: quien prestara ayuda alguna al matrimonio sería perseguido por traición a la Patria.

La viuda de O’Donojú halló cierto alivio en el imperio fugaz de Iturbide: en pago por los servicios que su esposo había prestado a la Independencia, Agustín I le destinó una pensión de mil pesos mensuales. La repentina abdicación del emperador, en marzo de 1823, provocó que aquel pago se suspendiera.

Vino lo peor. El país quedó en bancarrota. Se sucedieron las revoluciones, las asonadas, los pronunciamientos. En medio de la orgía de sangre que envolvió a la República en los primeros años de su vida independiente, nadie volvió a recordar a la virreina fallida.

Un siglo después, en 1930, Joaquín Meade y Trápaga localizó, en unas cajas amontonadas en el Archivo General de la Nación, un paquete de cartas escritas por doña Josefa. Localizó, también, los documentos del juicio de desalojo que se siguió a la viuda cuando le fue imposible pagar la renta del palacio donde había muerto O’Donojú (está en Tacuba 65).

Durante 12 largos años, Josefa Sánchez se había sostenido con pequeños capitales obtenidos de la venta de sus muebles, sus trajes, sus joyas. En 1833 había acabado con todo y comenzaba a perseguirla el hambre.

El dueño de la casa en que habitaba, el duque de Terranova y Monteleone, descendiente de Hernán Cortés, contrató a Lucas Alamán para que le llevara el juicio. La virreina fue demandada por dos mil 387 pesos de los de antes. Como le era imposible pagarlos, fue echada a la calle.

En 1838 un antiguo combatiente de la Independencia, el general Mariano Michelena, pasó a formar parte del gabinete del presidente Anastasio Bustamante. Michelena se condolió de la viuda, le envió seis pesos con un criado y prometió realizar las gestiones necesarias para que el gobierno le entregara “una pensión rebajada”: 500 pesos mensuales.

“¡Ojalá se pueda conseguir! —escribió  doña Josefa—. Los quinientos pesos me sacarán del cruel purgatorio en que me hallo padeciendo tanto tiempo hace”.

El país había perdido Texas. La hacienda pública se hallaba en bancarrota. No era posible pagar siquiera el sueldo de los burócratas. Los 500 pesos prometidos no llegaron nunca. Doña Josefa emprendió una peregrinación, primero a través de casas cada vez más modestas, y luego de cuartos de vecindad cada vez más pobres, más oscuros, más sórdidos. Si su antiguo rango le autorizaba algunas consideraciones por parte de los propietarios, la bondad de éstos se desvanecía invariablemente cuando las deudas comenzaban a aumentar.

El 20 de agosto de 1842 Carlos María de Bustamante anotó en su Diario: “Murió víctima de indigencia la señora María Josefa Sánchez de O’Donojú, la cual subió a tal punto que hubo días en que sólo se alimentó con café”.

El nombre de O’Donojú es el tercero que aparece en el Acta de Independencia. Pero aquel nombre fue olvidado pronto. Con la misma rapidez, la ciudad borró el fantasma de su viuda: de doña Josefa no quedó otro rastro que unas cartas enterradas en un archivo.

En 1912 se estableció en Tacuba la perfumería Novelty, cuyo éxito inmediato atrajo en cascada numerosos comercios de la misma índole. Desde entonces la calle donde vivió la última virreina se halla inundada de fragancias. Contra lo que quería Proust, a veces los olores hacen olvidar las cosas.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

5 comentarios en “La virreina fallida

  1. Excente artículo, muy interesante siempre revelando los secretos que guardan esas viejas casonas que se encuentran ocultas tras letreros de comercios que han robado la identidad de las viejas calles del centro histórico.