“Yo no hablo de estas cosas con nadie porque la gente se burlaría de mí, pero le aseguro que aquí suceden cosas muy extrañas. Esos rumores de rezos y esas pisadas en las escaleras de gentes que no se ven, me dan ciertos temores. Yo me sobrepongo, y muchas veces salgo a buscar esos fantasmas o esos espíritus o lo que sean, a ver qué quieren. Me figuro que han de ser almas en pena de algunos frailes enterrados aquí dentro…”.

Los magníficos arcos del claustro del ex convento de la Merced en una fotografía de los años veinte. En esta época el pintor Gerardo Murillo más conocido como el Dr. Atl, adoptó el patio más bello de México como su casa y estudio, contribuyendo a evitar su destrucción. Aquí vivió su romance con Carmen Mondragón, “Nahui Olin”; una apasionada historia que terminó pocos años más tarde.

Los magníficos arcos del claustro del ex convento de la Merced en una fotografía de los años veinte. En esta época el pintor Gerardo Murillo más conocido como el Dr. Atl, adoptó el patio más bello de México como su casa y estudio, contribuyendo a evitar su destrucción. Aquí vivió su romance con Carmen Mondragón, “Nahui Olin”; una apasionada historia que terminó pocos años más tarde.

 

Era 1915, el peor año de la Revolución. Gerardo Murillo, Dr. Atl, había regresado a la ciudad de México huyendo de los horrores de la contienda. Tras un breve periodo de indigencia, “dos semanas de prisionero y una escapada venturosa que me llevó sin rumbo por calles y plazas”, Atl logró instalarse al fin en uno de los lóbregos y abandonados cuartuchos del ex convento de la Merced.

Mientras recorría por primera vez los pasillos del que iba a convertirse en su nuevo hogar, oyó decir al portero:

Por allí he oído los rezos de los frailes y he sentido el viento helado que dejan cuando pasan. Muchas noches los niños se sienten sofocados como si tuvieran un peso encima… Una vez traté de cambiarme a otro cuarto de los corredores de arriba, pero había más espantos que aquí abajo.

Murillo se quedó a vivir ahí a pesar de las sombras. Y lo hizo durante varios años. Pintó un mural en las paredes. Más tarde resumiría de este modo lo ocurrido en el edificio desde que éste quedó en poder del brazo de la Reforma:

Los soldados del Benemérito de las Américas […] desalojaron a los rollizos mercedarios de su viejo convento, se convirtieron en los primeros profanos que pisotearon la santa morada, que ocupaba un área de casi cuarenta mil metros cuadrados y fue, durante centurias, un centro de intensa propaganda religiosa. Cuando el gobierno la incautó, las construcciones de la parte norte fueron demolidas para hacer un mercado público, y la mayor parte de las celdas se convirtieron en casas para habitación y locales para comercios, quedando en pie el gran patio, la escalera monumental, dos salones, un refectorio, la iglesia en ruinas y algunas celdas aisladas. Antiguamente, los tonos rosas y azules, verdes y grises, resaltaban sobre el fondo rojo oscuro de los corredores. Pero los soldados del Benemérito no fueron partidarios de los colores chillantes, y se dedicaron a limpiar los complicados labrados hasta dejar la cantera viva. Largos años ocuparon el edificio, y cuando lo abandonaron, el convento de la Merced, mutilado, despintado y deshabitado, se había convertido en una ruina.

Dr. Atl intervino ante Venustiano Carranza para que el edificio fuera rescatado. Logró que se le hicieran tímidas mejoras. Atl estaba preparando el escenario de lo que sucedió en el convento años después.

 

En 1976 o 1977, Carmen Mondragón, conocida como Nahui Olin, solía merodear las avenidas de la Alameda enfundada en deshilachados vestidos de colores brillantes: tenía el rostro blanqueado por plastas grotescas de maquillaje, acostumbraba dirigirse en francés a los gatos callejeros y abordaba con frases insinuantes a los jovencitos que hallaba a su paso. Sus ojos verdes “de mar embravecido” sobresaltaban a menudo a los paseantes. En la Alameda le llamaban “la perra”; muchos la confundían con El Fantasma del Correo, una prostituta decadente que durante años recorrió de noche los alrededores del viejo palacio postal, y de la cual José de la Colina ha hecho un retrato memorable.

Pocos sabían su verdadero nombre. Menos aún, que alguna vez había sido modelo de Diego Rivera: la rubia “de gigantes ojos de agua y expresión entre desolada y fúrica” que representa la Poesía Erótica en el célebre mural del Anfiteatro Bolívar.

Nahui Olin murió en el olvido a principios del 78. Adriana Malvido la trajo de regreso en los años noventa: nos recordó a Carmen Mondragón como la modelo con que Edward Weston logró una de sus mejores series de desnudos; como la pintora naíf que al lado de Lupe Marín, Tina Modotti, Lola Álvarez Bravo, Antonieta Rivas Mercado y Frida Kahlo nutrió el extraordinario ambiente cultural del México posrevolucionario; como la muchacha de belleza hipnótica que despertó en Murillo la pasión que enmarcó los mejores años de su producción artística.

Cuando camino ante a los muros del ex convento de la Merced pienso en Nahui Olin bañándose desnuda en los tinacos de la azotea, y pienso también en la tarde de 1975 o 1976 en la que mi abuelo me la mostró, convertida en un desastre natural bajo las árboles de la Alameda:

—Mira, es Nahui Olin. En mi tiempo fue la mujer más bella que hubo en México.

Su vida fue un desastre natural desde el principo. Hija del general porfirista que dirigió el golpe militar contra Francisco I. Madero y desató el horror de la Decena Trágica, Carmen Mondragón tenía 20 años cuando se prendó durante un baile del pintor Manuel Rodríguez Lozano —a cuya apostura se atribuiría más tarde el suicidio de Antonieta Rivas Mercado. Se cuenta que al mirar por primera vez al entonces joven cadete, ella le pidió a su padre que se lo regalara.

Se casaron a los pocos meses y fue uno de los matrimonios más desgraciados de México. Él era homosexual. Y sobre ella cayó la leyenda de que era ninfómana, y también la leyenda de que había asfixiado a su propio hijo. El qué dirán les hizo soportarse durante ocho años. Hasta que en 1921 asistieron juntos a la fiesta en que Dr. Atl vio a Nahui Olin por primera vez. Atl escribió: “Entre el vaivén de la multitud que llenaba los salones se abrió ante mí un abismo verde como el mar, profundo como el mar: los ojos de una mujer. Yo caí en ese abismo instantáneamente”.

Al día siguiente se encontraron en la Alameda, y Atl los invitó a su casa para que vieran sus “cosas de arte”. Rodríguez Lozano no quiso ir, pero Carmen sí lo acompañó. ¿El encuentro tuvo la fuerza de los volcanes que a Murillo le gustaba pintar? Al poco tiempo Carmen Mondragón hizo sus maletas y se fue a vivir al convento.

Con un torrente de champaña, Leopoldo Lugones había bautizado a Murillo como Dr. Atl. Del mismo modo Murillo bautizó a Carmen Mondragón como Nahui Olin (nombre nahua que significa “Cuatro movimiento”), para que ambos pudieran amarse “como seres míticos”.

Murillo narra que ante la alarma de los vecinos se bañaban desnudos en los tinacos de la azotea, y luego se tendían al sol para contemplar los volcanes nevados, el cerco lejano de las montañas.

Cada uno por su lado admitió haber tocado en ese tiempo la cumbre de su vida. “Los gusanos no me darán fin. Y la madre tierra me parirá y naceré de nuevo, de nuevo para ya no morir”, escribió Carmen. Es la época en que Antonio Garduño la retrató desnuda y provocó un escándalo descomunal al exhibir las imágenes, que fueron calificadas como perversas.

 

Una noche, mientras Atl dormía, ella se tendió desnuda sobre él, y le puso una pistola en el pecho. Aunque los cinco tiros que Carmen disparó se incrustaron en el suelo, fue como si esos tiros hubieran asesinado algo: el único testimonio de que alguna vez la vida corrió a raudales entre los pesados muros del convento. “Las discusiones, los gritos y los insultos cargados de odio eran cada vez más frecuentes […] Algunos amigos comenzaron a evitarlos ante el temor de verse involucrados en estos altercados”, escribió Tomás Zurián.

Una tarde, Nahui Olin dejó una nota en el buró: “Te he puesto los cuernos con veinte enamorados de verdad”. Hizo de nuevo su maleta y desapareció.

Había comenzado a recorrer sin darse cuenta el largo camino de la locura.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

4 comentarios en “Gentes profanas en el convento

  1. Hector,hemos leido lenta,detenidamente La ciudad que nos inventa y te agradecemos habernos llevado a recorrerla por sus siempre asombrosas venas llenas de energia,para sentirla mas viva que nunca,malgre tout.Un abrazo siames bien chilango de los artistas siameses Marisa Lara y Arturo Guerrero /Siameses Company

  2. Magnífica historia Don Héctor. Entendemos mejor las bases de la cultura de nuestro país, sus contradicciones y los enormes huecos, abismos, en la formación que no hemos cubierto. saludos