Por una crónica de Fernando Ramírez de Aguilar se sabe que cuando los catrines de 1930 tenían la necesidad de visitar el barrio de Tepito cambiaban sus ropas por trajes viejos y pasados de moda, e incluso amarraban su dinero en paliacates, para que carteristas y ladrones no lo hallaran.

Ramírez de Aguilar, cronista fabuloso de El Universal, había decidido mostrar a los lectores cómo era “el mundo de los grifos”. Tepito había fincado ya su leyenda negra de “mundo aparte”, una zona de excepción, desconectada del resto de la ciudad, donde lo ilegal era lo común. El refugio conocido del hampa. Hoy diríamos, un sitio sin Estado, al que la policía rara vez se atrevía a entrar.

El cronista relató cómo en aquel arrabal el “tueste y refine” de “Doña Juanita” se verificaba no sólo en los cuartuchos infectos de que hablaban las crónicas, sino también al aire libre, en la vía pública, en cualquier esquina.

Unos años antes, en 1911, el cronista Adolfo Dollero se había internado en Tepito y había encontrado un barrio compuesto por casuchas de adobe a punto de derrumbarse. En su recorrido por calles que incluso carecían de nombre, Dollero advirtió que en las puertas de aquellas casuchas asomaban “caras de delincuentes, mujeres que más bien parecen brujas y ancianos de aspecto siniestro y enfermizo por la crápula”. Más que familias, razonó, los espectros que habitaban aquellas pocilgas eran “amasios, concubinas, meretrices de las últimas capas sociales, y frutos de uniones ilegítimas”. Una contra-sociedad en toda regla. Tepito era la corte de los milagros de México.

¿Cuál fue el proceso que convirtió a Tepito en barrio bravo, y a ojos de sus cronistas, en el peor de los mundos posibles? Un libro de Ernesto Aréchiga Córdoba (Tepito: del antiguo barrio de indios al arrabal) demuestra que no hubo proceso. Que Tepito fue desde sus orígenes el peor de los mundos posibles. En lugar de mutación, continuidad.

Al formar Cortés la nueva ciudad de México, se decidió que esa ciudad estaría habitada únicamente por “gente de razón”. Los indios fueron lanzados más allá de la traza, en el perímetro externo de las acequias que rodeaban la metrópoli. Ahí se conformaron los primeros “cinturones de miseria” de la urbe recién levantada.

Los barrios que conforman el actual Tepito —San Francisco, la Concepción y Santa Ana— quedaron marginados de la ciudad moderna. En 1777, después de lo recorrer con ojos radiantes La Ciudad de los Palacios, el cronista Antonio de Ulloa se internó en los barrios donde las casuchas de los indios se sucedían sin orden formando intrincados laberintos, y en donde el paisaje corriente era de atraso, olvido y suciedad.

Tepito y el resto de la ciudad, escribió Ulloa, “casi parecen dos ciudades diferentes en un mismo lecho, como esposos de distinta clase social que comparten sólo a determinadas horas una misma inquietud”.

Las parcialidades o “barrios de indios” existieron hasta 1857. Desde la refundación de México esos barrios permanecieron olvidados por las autoridades, conformando los ambientes, mitad rurales, mitad urbanos, que luego lamentaron y explotaron en sus crónicas Manuel Payno, Guillermo Prieto e Ignacio Manuel Altamirano.

Cuando las parcialidades fueron extinguidas, la capital se aprestaba a iniciar su expansión al occidente. Vendrían Santa María la Ribera, las colonias Juárez y Roma. Los recursos oficiales fueron destinados a dotarlas de servicios. Según Aréchiga Córdoba, ante el abandono ancestral, los barrios de indios resolvieron sus necesidades desde la marginalidad.

En el siglo XIX la identidad de Tepito ya estaba asociada a un tianguis, nacido en la plazuela de San Francisco, que luego se derramó por las calles aledañas. Ahí se vendían zapatos de remiendo, ropa usada y fierros viejos, “muchos de los cuales provenían del hurto”. Con ánimos de “mejora”, el gobierno permitió que en vez de “sombras” de tejamanil, los comerciantes levantaran barracones de madera desde los cuales expender sus productos. En 1897 un funcionario advirtió que aquellos barracones funcionaban de noche como dormitorios. “En aquellas barracas inmundas —reportó— los comerciantes habitan, hacen sus necesidades y aun crían animales como los cerdos”.

Cuando en 1885 inició la construcción de la Penitenciaría de Lecumberri, el gobierno descubrió que harían falta avenidas que conectaran el nuevo recinto con las calles del centro. El Ayuntamiento autorizó entonces al fraccionador Ignacio Hernández para que desarrollara una nueva colonia: la Morelos. El Ayuntamiento se abstuvo, sin embargo, de introducir atarjeas, albañales, banquetas y empedrado.

Los habitantes de esa nueva colonia tuvieron que hacer lo que habían hecho siempre: rascarse con sus propias uñas, continuar el modelo que les hizo comprender que no eran, no habían sido, no serían otra cosa que un eterno barrio de indios: un tumor horrible, que odiaba y era odiado por la ciudad.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Su más reciente libro es La ciudad que nos inventa (Cal y arena).

 

8 comentarios en “Tepito: Un eterno barrio de indios

  1. Hèctor, acá en El Paso, Tex., también tienen su Tepito en la esquina de la calle del Paso y Paisano, no es una tienda de lujo, pero la mexicanà, la frecuenta y quienes vienen de allá donde tù estàs, al ver el letrero de la citada tienda, lanzan una leve sonrisa y recuerdan el barrio bravo, cuna del inolvidable Raùl “Ratòn” Macìas. Vale.

  2. Yo soy de entremedio los barrios de Peralvillo y Tepito. Al poniente, la Avenida Peralvillo albergaba a un conglomerado mas distinto que el que empezaba en la Avenida Jesús Carranza y, al oriente enmarca al propiamente nombrado Barrio de Tepito. Este fue el mundo en el que me moví desde mi nacimiento en 1940 hasta que me casé y abandoné la Ciudad de México en 1970. Sobre la Avenida Peralvillo estaban los cines Granat y Máximo y, poco mas adelante, la Arena Coliseo. Sobre la Avenida Jesús Carranza estaba el Cine Bahía y ahí, merito enfrente, empezaba el auténtico Barrio de Tepito. Mas adelante. al sur, estaban, además, los cines Victoria y Alarcón. En Peralvillo convivían lo mismo truhanes y prostitutas que profesionestas en distintas carreras: doctores, ingenieros, licenciados, militares de rango de coronel para abajo y todavía quedaba (en Tepito) algún establo donde se podía comprar leche recién ordeñada. Todos convivíamos (mas o menos) en sana armonía y nos guardábamos respeto. Había escuelas primarias como la Dr. Leopoldo Río de la Loza, República Dominicana, José María Pino Suárez, Díaz de León y otras. Los niños jugábamos en la calle sin ningún temor y, a veces, sosteníamos encuentros a “ligazos” lo mismo al ras del suelo que en las azoteas de los vecinos; en sus calles jugábamos lo mismo beisbol que futbol y futbol americano y sabíamos quien eran Joe Walcot y Joe Louis; el Santo, Black Shadow, Blue Demon, El Cavernario Galido, Ciclón Veloz, El Murciélago Velázquez… Añoro mi barrio y sus alrededores y lamento en lo que se ha convertido desde 1970 hasta 2015. Ya no es ni sombra de lo que fue. Seguro que algunos de sus nuevos habitantes dirán lo mismo de él dentro de 30 o 40 años.

  3. Muy interesante tu ensayo, aunque incompleto. Te faltó mencionar que en lo que ahora es el barrio, ahi fué donde se libró el ultimo encuentro entre españoles y mexicas, acabando el sitio. por eso hay un lugar llamado la “conchita” ó plaza de la concepcion tequispehuca- tambien te faltó mencionar que en el mexico prehispanico, no había hoteles ni posadas. asi que los atresanos que venían a la NUEVA TENOCHTITLAN a vender sus mercancías o a cambiarlas, se hospedaban en este barrio, ya que ahi habitaban otros artesanos. tanto para ser mercadeadas en Tlatelolco o en otros sitios del valle. no te puedo dar mi bibliografía ya que hace años que no vivo en México y no tengo aqui mis libros. pero me gustó mucho tu ensayo y sé que no es posible contar todo en tán poco espacio. Saludos y felicitaciones

  4. Sres recuerden que en la iglesia de la conchita existe un cuarto donde le quemaron los pies a cuahutemoc, esto no es leyenda urbana, es real solo que no se comenta porque el lugar esta intacto y tambien soy de ahi y tambien tiene muchos años que deje el barrio, y mucha culpa la tienen los dirigentes y gobiernos corruptos que dejaron que proliferara la droga y terminaran con el futuro de tantos y tantos niños asi como la gente honesta y trabajadora del barrio.

  5. Pues habrá que revisar el libro de donde parece extraerse este capítulo, pero en principio me parece errónea lectura histórica y del libro de Ernesto Arechiga, al afirmar que el barrio no tuvo proceso, en lugar de mutación, continuidad. Lo malo es que el libro de Arechiga es poco accesible, al ser una edición obrera, no se encuentra sino en poquísimas bibliotecas….

  6. Siento muy tendencioso este capitulo de tu libro Héctor, sólo mencionas aspectos negativos y denigrantes del barrio, ¿no hay nada bueno que decir en todos los años de existencia del barrio? también han salido personalidades importantes y el tianguis es folclórico y tradicional de la cd. de México, no solo vende ropa cochina y usada… ¿tienes algo personal en contra de Tepito?